Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del Municipio de Aguascalientes

En aquel tiempo, por estas fechas iba uno a las papelerías del Centro, y pedía los catálogos de tarjetas de Navidad. La empleada ponía en el mostrador una o más carpetas rectangulares, parecidas a los viejos álbumes fotográficos, y entonces uno se ponía a verlas, considerando la textura del papel, la calidad de la imagen y la imagen misma, los adornos, la certeza del mensaje. Se sopesaba todo eso, buscando siempre el equilibrio entre el gusto, el precio y el bolsillo. Adquiridas las 10, las 20, las 50, se iba después a una imprenta. Otra vez un catálogo, pero ahora con tipos de letra, para que en la tarjeta constara quién deseaba una Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo. Días después se entregaban, inmersas en el aroma industrial de la tinta, evocador de historias y poesía. Luego venía la rotulación y finalmente la visita al correo, la compra de estampillas y el depósito en los buzones.
Listo. Entonces, en los últimos días de noviembre y primeros de diciembre menudeaban en los diarios los anuncios; pequeñas notas en las que el administrador del correo pedía; suplicaba a quienes enviaban tarjetas de Navidad, que por favor lo hicieran con toda anticipación, porque luego el personal de correos no se daba abasto para darle salida al torrente de felicitaciones, y es que la gracia de esto radicaba en que las tarjetas llegaran antes de la fecha mágica, porque después, ¿ya para qué? A final de cuentas con la Navidad ocurre, ¡oh, misterio de esta vida!, como en aquel cuento que consta en el volumen Los amores difíciles, de Ítalo Calvino, en donde la espera de un hombre y una mujer para encontrarse; para estar juntos, resultaba más estimulante; más excitante y amorosa, que el momento mismo del encuentro.
Pero al mismo tiempo que se enviaban las tarjetas, se recibían. Tarjeta que llegaba, tarjeta que se colocaba en el árbol sajón que brillaba con luces de colores en la sala, e incluso recuerdo haber visto un tarjetero, hecho con tela y adornos de temporada, en el que se colocaban las postales recibidas.
El envío de tarjetas de Navidad era como una especie de declaración de amistad; la renovación anual a que la temporada invitaba, una especie de termómetro de cómo andaba uno con sus querencias… o malquerencias, lo que ocurriera primero, porque luego resultaba bochornoso recibir tarjetas de personas a las que ni siquiera se tenía en mente; menos aún se les había enviado una.
Sin embargo todo esto pasó a la historia, y el correo sucumbió ante el embate de los correos electrónicos, las llamadas redes sociales, que en los últimos años se convirtieron en vehículos de toda clase de comunicación, incluidas las felicitaciones navideñas, etc. Desde luego también hay que considerar la pérdida de interés en estas prácticas. Lo que sí continúa ocurriendo es el hecho de que los potentados de esta vida envían cientos de felicitaciones a quienes ni siquiera conocen y que tampoco les importa a los receptores, porque son como llamadas a misa, o como recordatorios maternos.
En fin. Que se acercan la Noche Buena y la Navidad, y algo hay que hacer con ellas: comprar, imaginar, consumir, comer, beber, añorar, unirse, separarse, suspirar, compartir, intercambiar, perderse, llorar, recuperar la esperanza.
Navidad… ¿Qué sería de nosotros sin ella? Cuando los años apuntan a su fin; cuando inician su decadencia y los vientos se van enfriando, nos acordamos de este tiempo mágico, y comenzamos a desearlo; a saborearlo, imaginando lo que haremos, lo que querremos, y tal vez, pero sólo tal vez, pensaremos, porque el tiempo es propicio para ello, en la manera como la vida se nos va; se nos escapa de las manos, y con ella la ilusión, la inocencia. Poco a poco, conforme avanzamos y nuestro cuerpo sufre las consecuencias de los años, se va deteriorando, vamos perdiendo la luz, volviéndonos opacos hasta que la muerte se apodere de nosotros, sople sobre nuestras vidas y las apague…
Navidad… ¿Qué hacemos con ella? Por lo pronto, y dimensión espiritual aparte, disfrutar de una tarde en la Plaza de la Patria. En primer lugar está la gente, que se posesiona de los espacios públicos; que los hace suyos, los niños hipnotizados por las luces, los ojos iluminados con el brillo de una estrella que apenas comienza a surcar el firmamento, cuajados de inocente pureza. ¿Ha visto la proyección que se realiza en la fachada de Catedral, con esa técnica de figuras y colores; movimiento, que llaman mapping, debidamente acompañada de un audio?
Y luego están también los árboles aprisionados por redes de luz, las luces que se derraman lentamente desde las ramas como lluvia luminosa, las elegantes coronas que penden del muro del Palacio de Gobierno; las luces vibrantes del Palacio Municipal, el nacimiento, el árbol sajón, la pista de hielo, la nevada, el árbol refresquero, confinado al llamado Jardín de los Palacios.
Para acabar de configurar esta navidad extranjera, de nevadas y hielo y patinaje; de coronas y frío intenso, en el Parián cuelgan estalactitas de hielo de a mentiritas, como si el Niño Dios hubiera venido al mundo en las Rocky Mountain, o en New York.
Pareciera que la Navidad, la auténtica, fuera la anglosajona; la de los ricos del norte, con todos estos rasgos que su origen nos son tan ajenos, tanto por razones culturales como climatológicas, pero que a fuerza de películas -¿ya vio usted “La Navidad de las madres rebeldes”; la última gringadera por el estilo?-, canciones, mercadotecnia, etc., han terminado por integrarse a nuestra cultura, e incluso han desplazado a algunos signos antiguos de la Navidad mexicana. ¿Por qué? Como si no supiera todo el mundo que el Niño Dios nació en Belén, Estado de México, o estado de Oaxaca, o en el de Chiapas. Aquí mismo, en cualquier lugar donde la pobreza, la ignorancia y la violencia degradan la dignidad de las personas. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).