RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

El día de mañana celebraremos el 152 aniversario de la heroica batalla del 5 de mayo de 1862 en la ciudad de Puebla. Batalla en la que se vio obligado a enfrentar, por las circunstancias, el gobierno mexicano al decretar en julio de 1861 la suspensión del pago del servicio de la deuda. Como represalia, Francia, que contaba entonces con el ejército más poderoso de Europa, desembarcó en Veracruz avanzando hacia la capital, las fuerzas intervencionistas se enfrentaron en los Fuertes de Loreto, en el estado de Puebla, con un ejército animoso que las derrotó el 5 de mayo de 1862.

A mediados del siglo XIX, México sufría terribles problemas económicos. Guerras, y luchas políticas entre el partido Conservador y el partido Liberal dejaron al país en bancarrota. La deuda externa estaba fuera de control. En Europa, España, Inglaterra y Francia mantenían esta situación bajo vigilancia. Francia en particular se encontraba en un período de expansión colonial y veía ésta como una oportunidad excelente para entrar al continente Americano y con la ayuda de su afamado ejército establecer una base en México.

El 31 de Octubre de 1861, las naciones europeas se reunieron en Londres para demandar del gobierno de Benito Juárez, Presidente de México, el pago total de la deuda externa, a la vez amenazando con una invasión armada si sus demandas no eran cumplidas. De esta manera, se estaba preparando el escenario para lo que vino enseguida. A principios de 1862, las fuerzas francesas bajo el mando del General Lorencez llegaron a Veracruz, México; 6,000 veteranos de la guerra, siendo la mayoría miembros de la Legión Extranjera.

Al General Ignacio Zaragoza comandante del ejército mexicano se le dio la responsabilidad de parar el avance de los franceses. Seleccionó la ciudad de Puebla para enfrentar al enemigo. Después de varios días de luchas, los franceses rodearon a Puebla, sitiándola. El General Zaragoza se enfermó de gravedad pero entre sus generales estaba el joven Porfirio Díaz, recientemente ascendido a General Brigadier. Díaz, tenía poco que se había presentado ante el Congreso Mexicano donde sus palabras, definieron su destino. “Soy soldado. Pido permiso para ir a pelear!” Cuando el General González Ortega ascendió a Díaz también advirtió que éste tenía un carácter rebelde ante sus oficiales superiores.

Y en la Batalla del 5 de Mayo el General Díaz confirma estas evaluaciones de su oficial superior. Y estando el General Zaragoza postrado en su lecho enfermo, Porfirio Díaz desobedeció las órdenes de no atacar a los franceses y movilizó a las fuerzas mexicanas para romper el Sitio. En su Parte de Guerra, Zaragoza mencionó la “tenacidad y valor” demostradas por el General Díaz al pelear contra los franceses. El enemigo fue atacado tres veces hasta que el Sitio finalmente se rompió y las fuerzas invasoras se echaron a correr. “Nuestros soldados se han cubierto de gloria en esta batalla” terminó diciendo Zaragoza.

Lo anterior es parte de la historia de esa heroica batalla que con orgullo celebramos año con año. El triunfo sobre los franceses. Y observando el papel relevante de Porfirio Díaz en dicha batalla, quiero hoy compartir con usted algunas anécdotas de este oaxaqueño que forma parte importante de la historia de México.

“No hay que caer como harapo”

Gobernante individualista y lleno de argucias, cuando Porfirio Díaz debía resolver algún problema que no admitía demoras, él mismo se ocupaba de su análisis y solución. En cambio, si juzgaba que era materia de interés, más no de urgencia, lo turnaba al ministerio correspondiente. Pero si creía que era preferible que el asunto no se resolviera jamás, procedía a nombrar una comisión de estudio –igualito a como se hace en la actualidad-, con la certeza de que de ese modo iba a dormir el sueño de los justos.

Decidido partidario de las obras públicas, al concluirse las del ferrocarril del Istmo de Tehuantepec, acudió a inaugurarlas en medio de un gran séquito civil y militar.

Un periodista se permitió comentarle:

-Señor Presidente, se dice que estas obras han costado mucho.

-Es verdad, pero se hicieron –repuso Don Porfirio con sequedad-. Mucho más caras le cuestan al país las obras que no se hacen.

Así mismo se sabe que poco después de que nombrara gobernador de Guanajuato a su compadre Manuel González, éste fue a pedirle consejo, preocupado por la mala situación de las finanzas de la entidad.

-No hay casi dinero en la Tesorería y los ingresos son escasos. Indíqueme por favor que debo hacer.

-Haga obras, compadre, con lo poco que tenga haga obras. Ya verá cómo con el tiempo y maña el dinero empieza a aparecer, a moverse y a cubrir con desahogo los gastos de su gubernatura. Recuerde, Manuel, al gobernante que hace obra tras obra, al fin el dinero le sobra –dijo Don Porfirio con sentencia digna del refranero y que ha sido llevado a la práctica con mayor entusiasmo por los mandatarios posteriores haciendo de México un país de eterna construcción ( y por lo mismo en destrucción constante) y a diario inaugurado o reinaugurado. Por lo demás es conocida la fórmula de “poca política y mucha administración”. Y en lo que toca a su punto de vista sobre la actitud que debe observar el político en desgracia, son ilustrativas estas palabras que en cierta ocasión dijo a Ramón Corral:

-¡No hay que caer como harapo! ¡El político que se deja caer como harapo, no tiene derecho a levantarse jamás en su vida!

EL ETERNO DON PORFIRIO

En 1901, cuando tenía setenta y un años de edad, Don Porfirio enfermó de gravedad, suscitándose las esperanzas de todos los que estaban cansados del anciano dictador.

Pero Díaz parecía eterno. Y pronto volvió a erguirse, altivo y férreo.

El escritor italiano Carlo De Fornaro, quién estuvo en nuestro país allá en la primera década del siglo pasado, refería la singular plática que tuvo con un mexicano.

-Ay, Don Carlo, ya estamos de don Porfirio hasta la coronilla.

-Lo entiendo, mi amigo. Pero deben ustedes tomar en cuenta que, dado lo avanzado de su edad, no puede durarles mucho.

-No se crea. Ese viejo es demasiado astuto y sabe darse maña para que las cosas salgan siempre a su favor. El día que sienta la llamada de la muerte, se las arreglará para lanzar un decreto que prolongue su vida por veinte o treinta años más.

“córramelo por tarugo”

Un hombre que se había alistado en las filas de Porfirio Díaz, en 1872, el año en que el general oaxaqueño proclamó el Plan de la Noria, solicitó audiencia con su antigüo jefe militar, cuando éste ocupaba por segunda vez la Presidencia de México, en 1885.

El viejo subordinado, ex capitán de caballería, explicó a Díaz que su situación económica era desastrosa. Don Porfirio, recordando que el capitán le había sido un elemento leal, quiso ayudarlo. Y dio instrucciones al respecto.

-Secretario, haga que por orden mía se asigne a esta persona la jefatura de aduana que tenemos vacante.

Luego dirigiéndose al capitán, le dijo:

-El sueldo es malo. Pero además, toma en cuenta que en un puesto como ése cualquiera se hace rico. Todo está en que te pongas listo y te agencies tus “buscas”.

El hombre se marchó agradecidísimo. Y meses más tarde, Porfirio Díaz, acordándose de él, preguntó a su secretario:

-¿Y que ha sido del capitán al que le dimos una jefatura de aduana?

-Señor Presidente, contestó el secretario, el caso del capitán es inusitado. Se atiene a su sueldo. No toma un centavo de más, ni deja que otros lo tomen.

Don Porfirio frunció el gesto con desagrado, quedó pensativo unos minutos y dispuso:

-Haga que le regalen al capitán dos mil pesos en oro para premiar su honradez. ¡Y córramelo por tarugo! En esta administración necesitamos buenos funcionarios; pero salen sobrando los idiotas.