Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Termino ahora con estas reflexiones en torno a Galicia, un derrotero sentimental, el más reciente libro del médico de niños Alfonso Pérez Romo, que publicó hace unos meses la Universidad Autónoma de Aguascalientes, y lo haré con una referencia al tercer capítulo del volumen, dedicado al Camino de Santiago.

Como toda peregrinación; como ir a San Juan, o a Roma, a la basílica de Guadalupe o a Jerusalén, esta de Santiago nos ofrece una metáfora de la vida que pone de manifiesto su carácter fugaz. Dice Pérez Romo que “hacer el camino acababa revelando al peregrino el verdadero sentido de la vida, dejando al descubierto los más profundos aposentos del alma, para poder llenarlos de luces nuevas”.

Como ocurre frecuentemente que los países que tienen mayor presencia en el mundo son los llamados desarrollados, los lugares de peregrinación más famosos son los de Tierra Santa, Roma y Santiago.

Comento esto porque nosotros tenemos también nuestros lugares de peregrinación que quizá –y sólo quizá- sean más frecuentados que aquellos. Lo que ocurre es que no son tan renombrados como aquellos, ni se han documentado y/o estudiado tanto, aparte de que no son tan antiguos. Estoy pensando en los santuarios de la Virgen de Guadalupe, la de San Juan, la de Zapopan, y el Santo Niño de Atocha.

En fin, que en torno al Camino de Santiago –o quizá debiera decir los caminos, porque son varios: el inglés, el francés, el cantábrico-, se ha generado una extensa cultura que abarca diversas manifestaciones humanas, desde luego religiosas, pero también arquitectónicas, artísticas, etc., o historias que aderezan la piedad y/o la imaginación.

Hay dos milagros que el escritor hace constar en su derrotero, y que vale la pena recordar aquí, un par de historias conmovedoras. Se trata de los milagros del gallo y la gallina, y el de Cebreros.

Se los cuento muy rápidamente, porque el espacio apremia. En el primero una familia llega a una hospedería. Una muchacha que trabaja en ese lugar se prenda del hijo de los peregrinos, y lo hace a un grado tal que se le insinúa; se le ofrece. Este se niega a rendirse a los brazos de la muchacha, por lo que esta torna su deseo en despecho, y se las arregla para que el joven sea acusado de robo. Condenado a muerte, es colgado, pero el apóstol Santiago lo mantiene vivo. Se enteran los padres de semejante prodigio, y van a suplicarle al juez, que está a punto de cenarse un gallo y una gallina, muy satisfecho por haber impartido justicia. En tono sarcástico, el jurisconsulto afirma que el hijo está tan vivo como las aves que están en el plato. Diciendo y haciendo, las aves recobran la vida y se ponen a cacaraquear. Gracias a ello la trampa de la muchacha es descubierta y el joven recupera su libertad.

El milagro de Cebreros es más interesante. Una noche de invierno, en medio de una tormenta de nieve, un pastor llega a un monasterio en solicitud de misa. El sacerdote se siente contrariado por semejante demanda, teniendo en cuenta lo inhóspito del clima, y exclama que no vale la pena semejante esfuerzo a cambio de pronunciar unas palabras ante un pedazo de pan y una copa de vino. Entonces se produce el milagro: aparece Cristo en medio de un chorro de luz y dice al sacerdote: “anda: oficia la misa, que yo también soy pastor”.

Antes de concluir, permítame usted un par de por ciertos…Por cierto número 1: No quiero terminar con esto, que no ha sido sino un admirativo homenaje al doctor Pérez Romo, sin recordar unas palabras del escritor gallego Salvador de Madariaga –siempre son de agradecerse las buenas ideas-, un autor que me es familiar por su novela Corazón de piedra verde, un relato de la mal llamada Conquista de México; uno de esos libros que quizá le enseñan a uno más que si tomara un texto académico.

Pérez Romo cita de Madariaga lo que podría considerarse una declaración de fe política, o un credo, que de esta forma hago mío. Aquí se lo dejo de tarea, a ver que le parece.

Dice el gallego: “soy liberal, porque pienso que la libertad es el mayor bien, y un derecho esencial de los hombres. Soy socialista porque no admito que el bienestar de unos pocos se logre en perjuicio de las mayores; y, soy conservador, porque sin un mínimo de orden, no hay libertad ni hay justicia”.

Por cierto No. 2, me tomé la molestia de buscar la etimología de Compostela, pensando en sustentar el título de estas líneas. Consulté la xacopedia.com, una página de indudable veracidad a la hora de tratar estos temas.

La entrada correspondiente a la palabra Compostela ofrece una amplia explicación sobre su etimología, y concluye de manera lapidaria con lo siguiente: “En lo que existe casi total unanimidad es en rechazar el topónimo latino Campus Stellae como origen de Compostela. Se considera una creación tardía fruto de las ansias de identificar la ciudad con el motivo que dio lugar a la misma: el descubrimiento de la sepultura de Santiago al observar resplandores que algunos acabaron citando como estrellas.

Pues será el sereno, pero yo me quedo con la referencia, aun a sabiendas de lo anterior, que además es campo de la estrella, y no como lo escribo. De hecho recuerdo; ahora, con la lectura del texto del doctor Pérez Romo, me acuerdo haber leído hace más años de los que puedo recordar, una referencia a la Vía Láctea, la galaxia que tira del Sol como en aquel juego de La víbora de la mar, como El camino de Santiago. ¿Se imagina? Regadero de estrellas por todas partes; algo en verdad hermoso. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).