Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

La Universidad Autónoma de Aguascalientes publicó recientemente el libro Galicia, un derrotero sentimental, debido a la inspirada pluma del doctor Alfonso Pérez Romo. Se trata de un texto en el que el autor hace una cálida remembranza de sus ancestros, así como de Galicia, la región española de la que provino su padre, el señor Ramón C. Pérez que, establecido aquí, se convirtió en un importante comerciante en el ramo automotriz. De seguro usted recuerda la Proveedora Automotriz, primero en la Plazuela Juárez, y después en la esquina nororiente de Barragán y Avenida de la Convención.

La obra está dividida en tres capítulos. El primero de ellos, al que me referí hace 15 días, lleva por título “Primeras impresiones”. Le sigue “Encuentro”, que se refiere no sólo a Galicia la tierra, y su capital, la ciudad mágica de Santiago de Compostela, sino también a la parentela que permanece allá; la raíz paterna, y desde luego a la cultura gallega, en un recuento de lo que esta provincia le ha dado al mundo, que en verdad no ha sido poca cosa.

En las páginas de este derrotero sentimental aparecen Santiago de Compostela con su catedral, ese edificio monumental que se enfrenta de manera exitosa a la acción demoledora del tiempo; el hostal de los Reyes Católicos, sus pequeños restaurantes, las tiendas de suvenires, la gastronomía, la presencia etérea de las meigas, como llaman por allá a las brujas. Santiago y sus calles peatonales, silenciosas; ciudad inmersa en la lluvia, “cortina de minúsculos diamantes”, etc.

Santiago de Compostela, ciudad internacional, babélica. Por todas partes aparece la figura del hijo de Zebedeo, hermano de Juan, uno de los discípulos más interesantes de entre los doce que reunió a su alrededor Jesús de Nazareth; aquel que por la cultura que se ha desarrollado a su sombra, evoca de manera particular la idea profunda; humana, de la peregrinación. Santiago peregrino, Santiago matamoros. Tan interesante es este personaje que hasta aquí, en la vecina demarcación de Jesús María, existe una fiesta que lo recuerda.

Entre todo lo interesante que se puede encontrar en esta ciudad, está la joya de la corona, la obra que atrae a personas de todo el mundo, su catedral, una edificación casi milenaria, que muestra en sus fachadas, en sus paredes, la huella de los estilos arquitectónicos que se han sucedido en Europa desde hace casi mil años.

Por cierto que, si me permite la digresión, la sede episcopal de Santiago es distinta de otras edificaciones con esta jerarquía. No me refiero a su arquitectura, ni al hecho de reunir los estilos arquitectónicos señalados, o a casi ser una isla en el espacio urbano en que se encuentra. No me refiero a todo esto, sino a su espíritu.

Uno va, digamos, subiendo por la geografía española, y visita las catedrales de Toledo, Segovia, Ávila, Zamora, Burgos, y en general se siente que se han convertido en museos; monumentos de otra época, extraordinarias obras maestras que la piedad popular ha levantado en homenaje a su fe, como si la secularización que vivimos las hubiera despojado de su carácter sagrado, dejando únicamente su naturaleza artística, y desde luego el asombro que provoca su edificación, la admiración por quienes las concibieron y poco a poco les fueron dando forma con piedras, ladrillos, hierro forjado y vidrio.

La catedral de Santiago es distinta. Aparte de sus joyas artísticas; del portento arquitectónico de su construcción, la presencia de rumor antiguo del románico, el majestuoso gótico y el desbordante barroco, con sus torres que parecen árboles de los que surgen ramas y follaje; de la pintura y la escultura, el Pórtico de la Gloria en primer término, una de las obras culminantes del románico, ese estilo artístico que predominó en Europa entre los siglos X y XIII, por desgracia ahora vedado a los ojos clamorosos del peregrino por encontrarse sometido a un profundo proceso de restauración. Digo que aparte de todo esto, y junto con lo anterior, campea en ese espacio el espíritu de la esperanza, del asombro por el misterio de la vida; la peregrinación que uno espera culminar de manera por demás gozosa en su objetivo celeste, el campo de estrellas…

En verdad me interesa mucho el tema de la peregrinación, tanto porque creo que la vida lo es, pero también porque Aguascalientes está en uno de estos caminos de peregrinos; una escala de la peregrinación a San Juan de los Lagos, que por la cantidad de personas que lo recorren cada año, no le pediría nada a otros. Y bueno, también me conmueve prácticamente todo edificio histórico, independientemente de su belleza arquitectónica, porque se me figura que es el testimonio de hombres y mujeres de tiempos perdidos, el clamor por la trascendencia que los poseyó en el momento de imaginar, planear y ejecutar, y que ha llegado hasta nosotros en desafío del tiempo, la muerte y el olvido, y en cuanto a las catedrales, son la muestra de lo que el amor a Dios puede lograr, el celo que inspira la piedad, la gratitud por todo lo creado.

Pero este encuentro al que se refiere el doctor Pérez Romo en el segundo capítulo de su libro no sólo lo es con estas y otras cosas, sino también con su cultura, y quizá más que nada con esta última. Lo que Galicia le ha dado al mundo en materia de literatura, principalmente, Rosalía Castro, Alejandro Pérez Lugín, Ramón del Valle Inclán, Salvador de Madariaga, Emilia Pardo Bazán y otros, autores que yo sabía españoles, pero no gallegos, que no es lo mismo aunque sea igual…  (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).