Carlos Reyes Sahagún / Cronista del Municipio de Aguascalientes

Para Ceci Pérez y Óscar López Velarde

Por si algún día tiene usted el privilegio de ir a Santiago de Compostela, la capital de Galicia, esa provincia ibérica situada en el extremo noroccidental de España; tan en esa zona que bastaría respirar profundo en la plaza del Obradoiro, la explanada de la catedral, pararse ahí, en el mero centro, para aspirar el aire de inmenso mar profundo del muy cercano Océano Atlántico… Digo que si algún día va por aquellas tierras, que pareciera fueron pintadas con el pincel de cerdas suaves y delicadas de algún experto paisajista decimonónico, y más aún insisto en que si se apersona por allá en estos días, en que se celebra la fiesta del combativo apóstol -25 de julio-, no estaría de más que le echara un ojito al más reciente trabajo del doctor Alfonso Pérez Romo, su libro “Galicia. Un derrotero sentimental”, publicado hace unos meses por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, y que sería como un aperitivo para tan afortunado viaje.

Y si no tiene pensando ir por aquellos rumbos, igual vale la pena leerlo, y luego cerrar los ojos, para dejar que las palabras sabiamente organizadas por el médico hagan efecto en su espíritu y lo lleven hasta aquellos lares porque, en efecto, siempre da gusto leer un buen texto, bien escrito, y es que se trata de un volumen altamente estimulante; un libro que da pena que sea tan corto, y más pena aún sentir cómo van agotándose las páginas hasta llegar al final, ese momento en que inicia su misteriosa desaparición la emoción primigenia que semejantes líneas despertaron en este servidor de la palabra que soy.

El volumen está dividido en tres partes, que llevan por título “Primeras impresiones”, “Encuentro” y “El Camino de Santiago”, respectivamente, y en su conjunto es una conversación preñada de confesiones íntimas dichas casi al oído, declaraciones envueltas por las luces suaves de una muy grata poesía, que el ex rector de la UAA obsequia al lector. Es como si quien lee el libro estuviera con el autor, entre cuadros y libros, en la sala de su casa; o en su cubículo de la universidad, acompañados de un buen vino, un café, o quizá de una queimada, una agüita que ataranta que se produce en Galicia.

De veras que se trata de una conversación en la que el escritor comparte con su interlocutor; su lector, los orígenes de sus padres, ella de estos lares, y él, gallego que vino a México “a hacer la América”, precisamente el año en que a punta de cañonazos y balazos se inauguró la modernidad de nuestro siglo XX mexicano -desde luego 1910-, y se instaló originalmente en San Luis Potosí, para de ahí pasar a Parral, Chihuahua, en donde nació el autor y, finalmente, recalar en Aguascalientes, justo el uno de enero de 1930. Marginalmente nos ofrece algunos destellos que iluminan el pasado de nuestra ciudad y, por tanto, permiten establecer comparaciones con las circunstancias que vivimos.

Fíjese, por ejemplo, en lo siguiente. Pérez Romo llegó a esta ciudad en que nos amontonamos, en una época en que la forma más segura y rápida de transitar por el país, y casi única, era el tren. Entonces, para aquel niño fue la estación del ferrocarril la carta de presentación de la ciudad -¿cuánta gente no se daría una idea de lo que era Aguascalientes nomás de ver el majestuoso edificio de la terminal desde la comodidad de su asiento en un coche de primera clase?-. De ese momento recuerda el autor que la edificación “anunciaba una ciudad amable y amiga de la paz y de las cosas bellas”, y agrega que había en el andén de la estación un par de postes con anuncios, uno del Hotel París y otro del Hotel Francia, los principales de la urbe, y bajo cada uno de ellos esperaba un automóvil de esos de aquellos años. Completaba el parque vehicular de la estación un viejo camioncillo de redilas, que servía para acarrear los pesados equipajes con que entonces se viajaba”.

Esta cita corresponde al capítulo inicial, el de Primeras impresiones, en donde Pérez Romo rescata de las brumas del tiempo perdido el recuerdo de sus ancestros, sus padres y abuelos, y en particular el paterno, una sombra; una figura velada, que sólo adquiría corporeidad en las cartas que le escribía allende el mar, desde Galicia, dado que no alcanzó a conocerlo. Desde luego están también su esposa, la señora Carmen Talamantes Ponce, y la familia que procrearon, hasta llegar a los bisnietos.

Los otros dos capítulos, “Encuentro” y “El camino de Santiago”, evocan a Galicia, esa tierra remotamente relacionada con nosotros no sólo por pertenecer a la nación que conquistó este territorio sino porque, seguramente usted recordará, lo que hoy es Aguascalientes estuvo enclavado en aquel que fue el territorio virreinal de la Nueva Galicia, esto aparte de la conmemoración de Santiago Matamoros, que también se celebra por acá, en la vecina demarcación de Jesús María.(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).