Noé García Gómez

El COVID-19 nos está generando una nueva dinámica y los países que están sorteando la crisis recomiendan realizar un aislamiento de la mayor parte de la sociedad en la etapa de mayor probabilidad de dispersión.

Tenemos que entender que aislarse por un lapso de dos semanas en la actual sociedad acostumbrada a la movilidad y libertad es algo que en lo individual y familiar será difícil de asimilar. Pero también hay que entender que no todos lo pueden hacer, la economía mexicana no es la italiana y las condiciones sociales de los mexicanos no son las mismas que la de los alemanes, Jorge Zepeda Patterson dice “A estas alturas de la crisis desatada por Covid-19 está claro que habrá más víctimas por el brutal impacto económico por las medidas tomadas para combatirlo que por los decesos que pueda provocar el horrible bicho.” Con esto tenemos que entender que en México hay distintas realidades, la de quienes tiene un trabajo estable, han formado un patrimonio o una empresa consolidada que sin problemas podrían realizar compras de despensa y enseres anticipados y parar un mes; pero hay otro México el que vive al día, que tiene que salir a la calle, abrir su negocio a buscar el sustento prácticamente para comer y satisfacer lo más básico de ese día, que es un lujo extremo e inimaginable comprar la despensa de un mes y parar sin trabajar.

Escucho y veo cómo muchos exigen y demandan medidas más drásticas casi, casi un toque de queda, y  juzgan a quienes siguen realizando sus labores cotidianas. Que para expiar un poco su conciencia, comparten cadenas para regalar arroz o una propina extra al anciano.

Pero también me veo al otro lado, a quienes se resignan a su destino, esos  que trabajan arriesgando su vida, como el albañil que tiene mínimas condiciones de seguridad o el pepenador que convive con basura para ganar unas monedas, el chofer de camión que durante años a manejado por jornadas de 12 horas sin descanso, ¿usted cree que ellos que todos los días dejan en su trabajo un poco de su salud temen al COVID-19? Temen a no llevar de comer a sus casas, temen el no poder dar las condiciones mínimas de vida a sus hijos para que ellos tengan un mejor futuro y den el salto de su línea económica a una mejor cuando sean adultos, pero el COVID-19 no lo ven como una enfermedad distinta a la influenza o pulmonía que pudieran adquirir en los fríos días de invierno cuando salen en su bicicleta en la madrugada para llegar a tiempo a la fábrica; saben que tienen el riesgo de enfermarse, pero no pueden arriesgarse a perder su trabajo.

¿Podremos juzgarlos?  ¿En verdad hay alguien que se sienta con la autoridad para tildarlos de irresponsables? En cambio a la inversa he escuchado quien dice que la cuarentena o resguardo preventivo es un privilegio de clase, y el COVID-19 es una enfermedad de la clase media. En ambos casos creo prudente moderar nuestros juicios de valor.

Lo que sí será una realidad es que el golpe que dará esta pandemia será duro, pero no solo en cuestión de salud, el gran golpe y que todavía no dimensionamos es el del impacto económico, no solo en lo individual sino en la macroeconomía, creo que en México será mayor que en los países europeos, no solo por las condiciones económicas de aquellos países, sino porque una parte de nuestra sociedad exige a las autoridades y a todos los demás medidas de países europeos; Zepeda Patterson lo dice bien “el coronavirus es el mismo, los países no”.

Si usted amigo lector, puede atender las medidas, compre con moderación, resguárdese, hable con su familia y sobre todo los niños pequeños que ven un desconcierto en las figuras que les deben transmitir seguridad y protección, implemente las medidas de higiene, y por favor no juzgue a quien no puede dejar de trabajar.