Por J. Jesús López García

La manera de ocupar un espacio habitacional de modo temporal se modificó por completo en el pasado siglo XX. En el mundo occidental, los «hospitales» medievales no tenían una finalidad médica sino la de brindar hospitalidad a los viajeros, muchos de ellos en ruta hacia algún santuario. A partir del siglo XVIII, en pleno desarrollo industrializado, con los medios de comunicación cada vez mas eficientes, los viajes y con ellos los sitios para permanecer hospedado experimentaron una fuerte transformación.
De las posadas españolas -de las que podemos leer cómo eran gracias a las narraciones de Miguel de Cervantes en su Quijote, por ejemplo-, a los mesones que existían en nuestra ciudad todavía hasta la primera mitad del siglo XX, no había una diferencia sustancial: personas y mercaderías eran alojados en dependencias con suficiencia de espacio, y esa ocupación era periódica.
Sin embargo, el viaje menos sujeto a la compraventa de productos y más enfocado a tareas más diversas -no sólo el de negocios sino también el de recreo, el de encuentro, entre otros-, comenzó a demandar espacios más estandarizados, más eficientes y más sencillos de mantener ordenados y limpios. Los bodegones de antaño ya no eran solución; una cama, un baño y los servicios subsidiarios debían contenerse en edificios que ya no contaban para su disposición, de lotes tan grandes como los de los mesones -la viabilidad inmobiliaria es un rasgo urbano de la industrialización hacia nuestra época-.
Los hoteles comenzaron a manifestarse en toda una gama de servicios, costos, tipologías, fines, propósitos y características. Los de paso, con una cochera a la mano, los de recreación, los temáticos, los familiares, los destinados a visitas de negocio, y así varios más. La arquitectura con ellos también fue amoldándose a esa miríada de situaciones y circunstancias: hoteles de lujo con un planteamiento espacial y constructivo destacado -como el Camino Real en la Ciudad de México, del arquitecto Ricardo Legorreta (1931-2011) o el edificio SAS/Royal Hotel en Copenhague, Dinamarca del arquitecto Arne Jacobsen (1902-1971), por poner dos casos-, hasta los hoteles que se configuran a partir de una estructura simple revestida de tablacemento y tablaroca, casi iguales todos, destinados a una clientela que se mueve muy rápido y que sólo se les usa para pernoctar y realizar labores de aseo.
Buena parte de la población mundial está en tránsito y los hoteles se convierten así en una forma de edificio habitacional por derecho propio y con reglas diferentes a las de las casas, digamos «permanentes». Eso es la nota característica del hotel: espacios genéricos, muchas veces anónimos y neutrales pero a la vez cómodos, prácticos, y en algunos casos, suficientemente susceptibles de evocar algo cercano a un hogar, posiblemente la excepción sea los ‘hoteles cápsula’ de Japón.
Las Suites Álamo en la calle La Alameda en Aguascalientes, casi frente al costado sur del templo de La Purísima, son un hotel realizado hacia los años sesenta del siglo pasado. Muy reconocibles sus características tardomodernas de reminiscencias claramente internacionales: al paño del paramento, vanos amplios y con vidrio, balcones-marquesina pautando de manera horizontal la organización de los cuatro niveles del edificio.
Un hotel como tantos otros realizados desde mediados del siglo pasado hasta la fecha -si bien marquesinas y balcones parecen ser reducidos al mínimo, es de suponerse que por fines de mantenimiento o incluso por la reciente tipología y plástica de la nueva arquitectura-. La finca ha cambiado poco, tal vez sólo en recubrimientos y en la cancelería, sin embargo continúa estando en una zona de la ciudad que, aunque más transitada por vehículos que en las fechas en que se construyó, sigue siendo una de las zonas más características de nuestra capital aguascalentense. Quien lo haya visitado en alguna ocasión,seguramente le pareció un lugar sencillo, sobrio y limpio, la arquitectura funcionalista a la que se puede adscribir el inmueble, tiene esos rasgos y su permanencia de alguna manera da fe de su viabilidad actual, a varias décadas de su construcción.
Las maneras en que se da el hospedaje hoy en día se ha diversificado aún más de la fecha en que se erigieron las Suites Álamo. Los modos de viajar, de desplazarse en el territorio y la configuración ecléctica de los grupos de excursionistas van a continuar incidiendo en las formas de los edificios resultantes de esa industria que es el trasladarse de un sitio a otro. La construcción más elaborada o más desechable, sólo va a seguir dando testimonio de las actividades y los tiempos de los habitantes y de los que visitan el lugar. Viene esta nota a colación de la construcción de hoteles en nuestra ciudad, aumentada de tal manera en el último lustro, que ya no generan una expectación especial. Quedan edificios como las Suites Álamo, como pioneros de una industria de rápido crecimiento y más rápida transformación.
En Aguascalientes debemos congratularnos por contar, aún hoy, con vastos ejemplos como las Suites Álamo, que nos dan noticia de la modernidad arquitectónica que hizo su arribo en los años cincuenta del siglo XX.