Luis Muñoz Fernández

La alimentación y la reproducción son las dos funciones esenciales de cualquier ser vivo, desde la célula más primitiva hasta el individuo más sofisticado (“Tres cosas hay que observar: comer sin hartar, trabajo no rehusar y la simiente conservar”), y cualquier animal sabe cumplir ambas obligaciones de una manera instintiva (“Comer e beber, todos o saben facer”). Es tan importante para los seres vivos la reproducción y la nutrición que la naturaleza premia su cumplimiento con la recompensa del placer. Un colega suele decir que comer es la cosa más divertida que se puede hacer con la ropa puesta.

 José Enrique Campillo. Comer sano para vivir más y mejor, 2010

En principio, el cultivo de la Bioética es un ejercicio de reflexión. Y digo en principio porque no se queda ahí, sino que de las conclusiones de ese ejercicio se pasa, por un lado, a la acción para impulsar iniciativas legales que intenten modificar la realidad imperante (de ahí que la Bioética y el Derecho estén estrechamente relacionados) y, por otro, al cambio de los hábitos y los pensamientos que tras la reflexión se han revelado erróneos e, incluso, nocivos.

Aunque los seres humanos somos animales racionales, el pensar sobre un tema, sobre todo profunda y prolongadamente, concentrarnos en él, a la mayoría no se nos da con facilidad. Y hoy menos que nunca, porque la omnipresencia de las pantallas y de sus alarmas sonoras, que reclaman constantemente nuestra atención, nos mantiene en un estado constante de disipación intelectual. Muchos vivimos distraídos. Además, no solemos reflexionar sobre lo que damos por sentado o lo que llevamos a cabo de manera automática. Como el comer, por ejemplo.

Las implicaciones éticas de la alimentación están cobrando una relevancia creciente. Tan es así, que el Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona inició en 2017 el Master en Alimentación, Ética y Derecho entre cuyos objetivos se encuentra el de “capacitar a los alumnos para la reflexión crítica de los aspectos éticos y jurídicos vinculados a la investigación agroalimentaria y gastronómica, así como sobre el propio funcionamiento de la cadena alimentaria”.

La reflexión ética sobre la alimentación parte de una pregunta muy sencilla: ¿Qué como? Es como lo que uno se pregunta cuando se levanta todas las mañanas: ¿Qué me voy a poner hoy? Así como todos los días nos hacemos esa pregunta y escogemos la indumentaria con la que vamos a salir a la calle, deberíamos hacer lo mismo en lo que respecta a nuestra alimentación. No es un tema menor ni una reflexión ociosa. Como dice la periodista y escritora canadiense Élise Desaulniers en su libro Comer con cabeza. Cómo alimentarse de manera sana, sostenible y respetando el bienestar animal (Errata Naturae, 2016):

Y, poco a poco, me fui dando cuenta de que los problemas relacionados con la alimentación no se reducían a cuestiones de ética animal. Temas como el calentamiento global, la malnutrición, la explotación laboral o la degradación del medio ambiente tenían un denominador común; podíamos considerarlos consecuencias de nuestra decisiones alimentarias.

Evidentemente, nuestras decisiones alimentarias no dependen solamente de nosotros mismos. Es indiscutible que se ven influidas, muchas veces de manera determinante, por el bombardeo publicitario. Es decir, hay poderosos intereses detrás de lo que seleccionamos para comer y beber. Basta observar el consumo inmoderado de refrescos que es un hábito inveterado y muy extendido en nuestra población. Levantamos la voz de alarma ante la epidemia de obesidad y diabetes, culpamos por sus hábitos a quienes las sufren, pero miramos hacia otro lado en relación a los intereses económicos de la industria refresquera. Justamente ahí, donde parece estar la clave.

Desaulniers nos invita a seguirles la pista a los animales de los que provienen nuestros platillos cotidianos y lo primero que nos señala es el hermetismo que opera en torno a los métodos de crianza de la industria alimentaria. No es casualidad. Son métodos que implican una crueldad que, si la trasladásemos a nuestros niños, nos resultaría por completo inaceptable. Al hablar de la alimentación de los pollos para consumo humano, nos explica lo siguiente:

Su alimentación se regula con precisión y se enriquece con antibióticos, enzimas y vitaminas que previenen enfermedades infecciosas y contribuyen a un crecimiento más rápido. Los suplementos son esenciales en su dieta; sin ellos, las aves caerían enfermas. Los antibióticos también se utilizan como factores de crecimiento. Pues bien, los pollos engordan tan rápido que, proporcionalmente, son como niños que alcanzaran los 135 kilos a los diez años comiendo sólo barras de cereales y multivitaminas (las negritas son mías). Ese crecimiento fulgurante causa problemas de huesos y articulaciones a los pollos, ya que su estructura ósea no es lo bastante resistente como para sostener tanta carne.

En relación a la producción de carne de cerdo, el panorama no es menos desolador. A diferencia de las aves que nacen de huevos, “para producir cerdos hacen falta cerdas”, nos dice Desaulniers:

Esas madres de alquiler a tiempo completo empalman una gestación con otra. Permanecen, durante todo el tiempo que están preñadas, en “cajas” de sesenta centímetros de ancho, un espacio que no les permite darse la vuelta. Sin embargo, los cerdos son animales sociales, necesitan interactuar y distraerse. Encerradas en sus jaulas de gestación, las cerdas se hastían. Están obligadas a dormir y a hacer sus necesidades en el mismo lugar, mientras que en su medio natural prefieren dormir en un sitio limpio. Justo antes del parto, las colocan en otra caja donde se quedan tumbadas de costado, inmovilizadas sobre el suelo de cemento. Allí es donde parirán y amamantarán sin poder moverse ni tocar a sus crías.

Eso sin entrar en los detalles de la castración de los machos, la mutilación de los bovinos y de las propias gallinas para que no se lastimen entre sí (cuando los hacen por el estrés derivado de las terribles condiciones en las que se les obliga a vivir) y en los métodos utilizados para el sacrificio.

Es muy difícil pensar en ello y cambiar nuestra forma de alimentarnos, en especial cuando, como es nuestro caso, lo hemos hecho de la misma manera por varias décadas. Sin embargo, queda claro que es un imperativo moral. Volvamos nuevamente a las reflexiones de Élise Desaulniers:

En resumen, no comemos cualquier cosa ni de cualquier manera: la ética ya está en nuestros platos, máxime cuando tomamos decisiones tres veces al día. Y estas decisiones tienen consecuencias: en el medio ambiente, en el bienestar de los animales, en el hambre mundial y en la vida de muchos trabajadores. Comer también es llevar a cabo acciones éticas.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com

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