52. Vivienda neo barroca en la calle LibertadDe manera paradójica, el patrimonio arquitectónico como un fantasma, es un bien que revela su presencia al ausentarse. Ello, al margen de favorecer una nostalgia útil para iniciar una conversación de café, puede detonar actividades culturales variadas y atrayentes aunque corre el riesgo de propiciar la creación de un imaginario colectivo con base en la imprecisión de los múltiples enfoques, de la memorización inducida y de la información incongruente.

Esa paradoja se fortalece ante la preeminencia de la idealización abstracta representada por la imagen frente a lo que consideramos la realidad concreta y experimentable en primera persona. Pareciese que más que la unidad de análisis, es lo que manifiesta su fotografía lo que merece respeto y añoranza. Por eso mismo tan importante como prevenir la destrucción de nuestro patrimonio arquitectónico, es un cambio en nuestra percepción de él, pues el objeto concreto, el edificio, es fuente rica en lecturas, enseñanzas en diseño y construcción, historia y vivencias particulares personales de quienes lo habitaron o en alguna ocasión pasaron cerca del inmueble y apreciaron las cualidades plásticas y espaciales que fijarían en sus recuerdos para el resto de su vida.

Como con las personas, lo entrañable de un edificio al final, es precisamente la experiencia de su existencia, más que su memoria, que al final es efímera y arbitraria.

En la ciudad de Aguascalientes además de esas glorias patrimoniales que todos podemos evocar, como los templos de Guadalupe, el Señor del Encino, la Catedral, San Antonio, Palacio de Gobierno, la Casa Terán, entre otros, existen también edificios sobre los que se habla con cierto interés pero que de cualquier manera su destrucción, deterioro abandono e incuria parecen ser inevitablemente fatales: el castillo Ortega –Douglas–, el templo del Señor de la Salud y tantos ya inexistentes son muestras de ese fenómeno en que ante la complejidad que plantea el objeto real, la facilidad de digerir su imagen es más apreciada que el objeto original.

Pero esos últimos ejemplos son cada vez menos –pasando paulatinamente al grupo de las imágenes evocadoras de “lo que hubo”–. Hay edificios que ni siquiera alcanzan a ser mencionados en las antologías de las ruinas apreciadas. Inmuebles que no logran la pátina que otorga la palabra “ruina”. Esta arquitectura, no considerada patrimonial en catálogos autorizados, no va a ser extrañada públicamente y no quedarán testimonios de su existencia. Con ella irán a parar a los tiraderos de escombro las experiencias que a lo largo de los años acumuló en ella y con ella, incontables personas… tal vez. Algunos de esos edificios han experimentado su abandono por más tiempo que su ocupación.

Fincas como las mencionadas las hay de todos géneros, tipos, dimensiones y calidades. Poseen características de estilos y tendencias varias y por lo general, debido al estado de conservación que han permitido sus materiales y su configuración constructiva, corresponden al periodo cronológico que va de los años veinte a los sesenta del siglo pasado. Dejados atrás los inmuebles, por su ubicación urbana donde los usos de suelo han cambiado, o donde se ha perdido en cierta medida su potencial para alojar las actividades que alguna vez albergó, o tal vez por las dificultades técnicas, económicas o espaciales de adaptar nuevas modalidades de uso, aún poseen el potencial de aportar luz sobre procesos constructivos que todavía pueden conservar su vigencia, o sobre sus estrategias para ir conformando un contexto urbano definido, como los edificios donde la planta de acceso poseía las condiciones para contener un establecimiento comercial o un taller, en tanto su planta alta se destinaba a vivienda, favoreciendo la conjugación de usos de suelo diferentes en el mismo predio.

Complementando lo anterior queda aún su capacidad de componer un contexto urbano de carácter patrimonial y testimonial, con la ventaja de que al no estar en catálogo alguno, su adaptabilidad física va aparejada con su adaptabilidad legal y normativa. En pocas palabras, muestran una mayor versatilidad que los inmuebles ya establecidos como bienes patrimoniales y ello conduce a una valoración más completa, pues en esos “viejos” edificios, el aprecio que han perdido, puede regresar de la mano de su reinserción práctica al uso y la ocupación cotidianos. Desde ese punto, es más sencillo iniciar la atención de sus características compositivas, estilísticas, plásticas e históricas y su potencial papel para dignificar sitios urbanos que ahora muestran evidentes signos decadentes.