Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

30 de marzo de 2018, viernes santo… Yo no sé de quién habrá sido la idea; si se trató de un gesto de humor involuntario o de un acto de consciente perversidad y ensañamiento en contra nuestra, castigo por nuestra ignorancia y pasividad; por no asumir nuestra ciudadanía.

Desde luego me refiero al inicio en viernes santo de las campañas para las elecciones generales de este año, como si al empatar ambos hechos nos anunciaran que el tormento de escuchar y ver tanto despropósito; cada anuncio como un azote a nuestra inteligencia; cada proclama como la condena a muerte del nazareno, se prolongarán de manera irremediable hasta fines de junio…En fin, que las campañas comienzan en viernes santo, juegan los Rieleros, juegan las Chivas… Los días que eran de guardar, cada vez son más de dilapidar.

Pero esto es algo que no preocupa a los habitantes de Cosío, que hoy están concentrados en la escenificación de la pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo.

Asistimos Armida, mi esposa, y yo, invitados por Audón de Cosío, mi amigo, que participa en el viacrucis como Longinos, el soldado encargado de lancear el cuerpo exánime del Salvador.

Mira, licenciao”, me dice, “la lanza me costó 500 pesos. Agárrala, pa’que veas que está pesada”, y me la entrega, y sí: está pesada. ¿Por qué? “Es que tiene un aparato para echar líquido; ya verás” y sí, en su momento veré, y no sólo eso veo, sino también que todo el mundo en la representación luce unas vestimentas radiantes de nuevas.Considérese el caso de Audón, que se aplica a la mayoría de los soldadosque sirven al divino Tiberio en estas tierras de Cosío, Aguascalientes: túnica café, capa roja, y en la cintura un cinto de plástico del que cuelga una serie de tiras, de piel artificial, a manera de faldilla. Los colores de las prendas son tan perfectos; tan intensos, como sólo lo pueden ser en las telas nuevas.

No es para menos: el grupo que realiza la representación acaba de recibir un apoyo del Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMYC) –en verdad os digo, que no habrá mejor dinero invertido que el que se aplica a las artes y la cultura-, que le ha permitido confeccionar trajes de época.

Pero hay una excepción: un joven con una camisa azul Inmaculada Concepción, faldilla roja y capa roja. Trae en una mano un escudo con un león rampante pintado, que se me figura más medieval que romano, y en la otra una espada de palo. Su cabeza está coronada con un casco plateado, la visera hecha con trozos de una lata chilera. Muy serio él, figurará en el viacrucis conteniendo la multitud de niños que pretenderán acercarse a los palacios de los sumos sacerdotes, al sur de la plaza; de Pilato, frente a la presidencia municipal; y de Herodes, en el norte de la plaza.

Hay algo más que lo hace excepcional: es un muchachito con síndrome de down que se ha tomado muy en serio su papel, pero cuando le hablan se dibuja en sus labios una gran sonrisa. Todo el mundo se dirige a él llamándole Nene, y hay en este llamado un cariño envidiable, como si se tratara del consentido del grupo.

La representación comienza con una singular procesión de un carro y varios jinetes. Es la comitiva del procurador romano, que llega a administrarnos su justicia. Descienden los que venían montados en algo, y todos se dirigen al palacio.Ya conocemos la historia, la conspiración de los escribas y sacerdotes, el juicio de Pilato, la visita a Herodes, y otra vez con Pilato, mientras que los vendedores se ceban con los bolsillos del respetable, y expenden fruta picada, raspados bañados en brillantes jarabes de colores, papas encueradas, tepache, “botanas. Doritos pa’la banda!Forthebold”, informa un letrero pintado en una camioneta, aire para su llantita, diría el doctor Juan José de Alba, etc.

Escribas y fariseos claman por Barrabás, en tanto el cielo hacia el noroeste comienza a nublarse, calmando los ímpetus de este Sol matón. Finalmente, Pilato libera a Barrabás y condena a Jesús. Se inicia la procesión hacia el Calvario, que encabezan los dos tambores y la corneta, que interpretan de cuando en cuando el toque de silencio. Siguen el prisionero y sus captores, y entre ellos tres soldados que montan a caballo, y luego este pueblo de Cosío que no acaba de asumirse como pueblo de Jerusalén.

Asciende la procesión, y ya cerca del Calvario allá arriba, en las alturas del aire, los vientos son desatados y el nublado se intensifica –lo juro por la salud de su candidato favorito, y a las fotos me remito; no se trata de un efecto especial de la representación ideado por los responsables de la representación-. Andan los aires a su albedrío por todas partes; descienden a ras de tierra y levantan el polvo, enturbiando la visión de la Sierra de Tepezalá allá, al sureste, y aquí cerca lo obligan a uno a entornar los ojos.

Llega el cortejo a su destino y los delincuentes son elevados en sus cruces, de cara al valle de Aguascalientes.

Vienen las siete palabras y Cristo entrega el espíritu. Aquí es donde tiene su momento estelar mi amigo Audón de Cosío. Otro soldado lo guía hasta la cruz del Elegido porque, según cuenta la leyenda, era débil visual. Audón, convertido en Longinos, extiende su lanza para clavarla en el pecho del nazareno, y comprobar que ha muerto. Justo en ese momento brota de la carne inerte lo que dice el texto sagrado que debe brotar: sangre y agua. El líquido le cae sobre los ojos y lo cura. Audón de Cosío se aleja gritando: ¡milagro, milagro!, feliz porque su lanza funcionó a la perfección.

Jesús es bajado de la cruz y depositado en brazos de su madre, que pronuncia los parlamentos finales. El fariseo que actúa como apuntador señala el fin de la representación, da las gracias al público asistente y pide perdón por los errores cometidos, “porque no somos actores profesionales”.

En esos momentos comienza a chispear -¡vuelvo a jurar por la salud de su político favorito!-. Nada del otro mundo, pero quien sabe: el clima es como los políticos: no tiene palabra de honor, y en un descuido se suelta un buen aguacero.

Así que hay que apresurarse para bajar. “Va a llover”, digo observando las nubes, pero el joven que encarnó a Samuel Belibeth, contesta: “No, mejor que no, porque dice mi abuela que cuando llueve en viernes santo es mal año para las aguas”. Bueno, pues, que no llueva; pero nomás hoy. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).

 

 

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