Pasajes a otros tiempos

Por J. Jesús López García

Es de uso común el concepto de “La arquitectura es el testigo insobornable de la historia, porque no se puede hablar de un gran edificio sin reconocer en él el testigo de una época, su cultura, su sociedad, sus intenciones” de Octavio Paz, y aunque la frase se enfatizara a los «grandes edificios» que manifiestan los considerables trazos y los pequeños detalles del paso del hombre y su sociedad por el mundo y por el tiempo, lo cierto es que los inmuebles pequeños, las «obras menores» como en el caso de casas particulares, espacios comerciales y un sinfín de elementos construidos más, también tienen el mismo efecto.

Cada una de estas fincas es un envase que preserva al menos parcialmente, la naturaleza de sus ocupantes y constructores originales. Esa forma de habitar los espacios construidos en sus rasgos generales depende de las funciones básicas del ser humano, como el dormir, el comer o el convivir; sin embargo en su manera de hacerlo, la edificación se va adaptando a los aspectos que en esos rasgos generales van cambiando: la convivencia por medios digitales hoy puede ser mas intensa, el comercio en línea gana terreno, las horas de sueño son menos y el compartir el momento de la comida en ocasiones es más frecuente en escuelas y espacios de trabajo que en la propia casa.

Como resultado de lo anterior los edificios van siendo sustituidos por otros o modificados adecuándose a su utilización. Las transformaciones radicales obedecen a cambios sustantivos en la manera de habitarlos y poco a poco, la ciudad va adecuando su personalidad a ello. Los barrios y colonias tradicionales dan paso a fraccionamientos y condominios, la relación entre las esferas de lo particular y lo público se modifican, la manera de transitar por las calles cambia y vamos adaptandonos a esa nueva realidad, y de paso, adaptando nuestros espacios a ello.

Pareciese que en todo ese cambio, que por otro lado, es signo de una sociedad dinámica, va a dejar poco a la memoria de un pasado que queremos evocar siempre envuelto en los oropeles, muchas veces ficticios, de los monumentos -también modificados- del ayer congelado. Sin embargo, de vez en vez nos topamos con espacios que sin ser intervenidos para realzar su importancia histórica, sino para adecuarles a las nuevas realidades de la cotidianidad, presentan una viñeta mas que del pasado, de una manera de habitar la ciudad más acompasada e integrada al transcurrir diario de la metrópoli.

Sobre la acera poniente de la Avenida Héroe de Nacozari -una vía que se ha vuelto uno de los principales ejes viales de nuestra ciudad- particularmente en el número 538 existe una finca con apartamentos, y lo que llama la atención es que ese conjunto de casas no requiere de una gran barda para marcar los límites de lo privado con lo público y viceversa. Al propiciar un umbral con la entrada por un zaguán basta para definir de una manera muy sutil esa frontera. Desde la calle se aprecia un denso follaje en el jardín delantero de un pequeño chalet -reminiscencia de un tiempo en que esa modalidad anglosajona llegó a Aguascalientes-  que da la bienvenida al recién llegado, a diferencia de una caseta de vigilancia como se acostumbra hoy en los sistemas cerrados de vivienda.

Ya en el interior del conjunto se aprecia el resto de las fincas alineadas a un estrecho andador al que se accede a pie, en bicicleta o motocicleta pues la clausura a camiones y automóviles se propicia con un simple tubo;  no se requiere vigilante o pluma. Lo interesante de ese lugar como testimonio de una época no es el uso práctico que acondiciona los espacios que construimos y modificamos, es la manera en que esos sitios expresan la generosidad con que se recibe al habitante, el modo básico de deslindar el afuera y el adentro, la forma sencilla en que se induce a convivir con vecinos que se conocen bien.

La arquitectura sí es un testigo insobornable de la historia, también lo es de las más elementales expresiones del trato humano al margen de su practicidad o generación de una economía o de la forma en que ese trato busca seguridad. Lo que vale la pena en ese vestigio es el que se da fe de que lo mas valioso puede continuar a pesar del tiempo. Esperemos que el signo de nuestro tiempo -y de muchos otros- que es sacar el mayor rendimiento a una inversión, no destruya estos pequeños sitios que en su sencillez expresan lo que mencionaba el gran arquitecto inglés -autor de la Catedral de San Pablo en Londres-SirCristopher Wren (1632-1723) que debía considerarse como de suma importancia para el oficio de arquitecto: «La arquitectura tiene como objetivo, la eternidad»

Indudablemente, el ejemplo arquitectónico mencionado nos da muestra que no solamente los edificios de todos conocidos son dignos de admirar, sino que vale la pena escudriñar nuestra ciudad para deleitarnos de sus riquezas que se encuentran escondidas.