Adrián Javier Flores Nieves

El panteón de La Salud es el camposanto más antiguo de Aguascalientes. Fue fundado en 1776 bajo las órdenes del cura Vicente Flores Alatorre, después de una febril epidemia. Todavía tiene espacios disponibles, aunque todas las propiedades ya están compradas; cuenta con un Rotonda de Hombres Ilustres en la que se encuentran personajes importantes como el diplomático Jesús Terán Peredo, o José T. Vela Salas.
En las entrañas de la capilla están resguardados los restos de 67 monjas, en los nichos de ésta, el actor David Reynoso y el profesor Alejandro Topete del Valle, también gozan del eterno respiro que es la muerte.
Al adentrarse en los rincones del panteón es inevitable percibir el aroma fresco a jardín, mezclado con la fúnebre sensación de 300 sepulcros “habitados”. Cientos y cientos de entierros se han llevado a cabo en este camposanto, y gran parte han sido realizados por Don Ángel de los Santos, sepulturero de 76 años, de los cuales 24 los ha dedicado a enterrar cadáveres.
“Siete años trabajé en el Panteón de la Cruz y llevo 17 en este”, cuenta Don Ángel. El oficio de sepulturero no es común, es por eso que el entrevistado -Ángel Santos- relata cómo es trabajar con personas que ya no están, de alguna manera, en este mundo.
Su rutina es llegar y darle mantenimiento al lugar; labores de limpieza y jardinería; regar, cortar, barrer.
Los entierros y las exhumaciones ya no son tan comunes puesto que son muy pocas las propiedades que tienen espacio para los familiares. De hecho, hay meses en los que no hay ningún entierro.
“Como puede haber un entierro en un día, pueden pasar meses de sólo estar cuidando a los muertos”. De igual manera sucede con las visitas, nuestro sepulturero asevera que ya no se le hace compañía a los fallecidos en un día cualquiera. “Tiene que ser Día de Muertos para que esto se llene, si no, nada” comenta Don Ángel.
Los muertos ya no son los únicos que desaparecen, se ha perdido la costumbre de adornar semanalmente con flores la tumba de los queridos que ya se fueron. “Tan así que ya hasta traen florecitas de plástico, para que no se marchiten”. Los dolientes también se van.
Trabajar con gente viva es algo habitual pero andar a rienda de personas que ya no viven, no lo es tanto. Don Ángel dice que la ventaja de los difuntos es que son silenciosos, pero “anda uno en desconfianza de que no haya nada, y si hay, yo los maltrato. Es que así ya no regresan”.
Se habla de una Doña Bertha que murió a los 100 años de edad, y que de vez en vez sale a oxigenarse. “A mí no me ha tocado verla, pero una vez, dormido en la capilla, un difunto me levantó, se enojó porque lo invadí. Pero yo lo maltraté para que se alejara, y dicho y hecho”. Agallas y nervios de roca son los que un sepulturero necesita.
También se cuenta que por las noches de farra David Reynoso suena sus tacones dentro de la capilla “Eso sí me tocó a mí, nomás le dije: ni duermes ni dejas dormir”.
Independientemente de los sustos y la soledad, Don Ángel cuenta que hay veces que los velorios parecen fiestas bien celebradas. “Traen mariachis y hasta cervezas a escondidas meten”. Ser la persona que cava y entierra a otra en una fiesta, esa es una responsabilidad digna de respeto.
La antigüedad y el cupo del Panteón de La Salud hacen que el trabajo del sepulturero sea más ligero, “cuido de los jardines, las plantas, y de los muertos”. Es curioso de qué manera se sigue cuidando la vida hasta después de la vida.
Los dolientes antes tenían mucha presencia en los panteones, ahora parecen ellos los fantasmas. Por suerte, pudimos encontrar a Martín Reyes Castillo, historiador empírico, investigador acérrimo de 65 años de edad y doliente de su padre Martín Reyes Urzúa, que se encuentra sepultado en esta necrópolis.
Nos cuenta que su padre no sólo fue enterrado en el Panteón de La Salud sino que fue muerto ahí mismo a la edad de 85 años, tratando de reparar una pila de agua que también él había instalado. La muerte siempre yace en la misma tierra.
Martín hijo también ha perdido la costumbre de hacer visitas a sus difuntos. “Es muy raro cuando vengo, por lo regular siempre vengo el mero dos de noviembre. No es excusa ni olvido, sólo que las tradiciones se pierden poco a poco”.
“Hay que recordarlos y no olvidarlos, yo los llevo en el corazón, así no están tan muertos”, adornando su falta de visita al pariente.
A casi 250 años de su inauguración, el Panteón de La Salud sigue en pie. Trabajadores de mantenimiento, sepultureros, escasos visitantes, y los más importantes, sus difuntos, son los que hacen que este camposanto no caiga en las garras del olvido.
Pasarán los años y cuando llegue la muerte es que pasaremos al panteón.

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