Por J. Jesús López García

El premio Nobel de Literatura de 1998, el portugués José Saramago (1922-2010) decía que “…el paisaje es un estado del alma, que el paisaje de fuera lo vemos con los ojos de dentro”, y en este sentido, un paisaje concebido como tal requiere la mediación del observar y del intelecto humanos, y una vez que ambos factores operan sobre una porción de territorio, es inevitable su transformación física para ir haciendo de ese paisaje virgen, una perspectiva cultivada para el uso y la apreciación del hombre.

Cuando aparece una construcción en medio del campo salvaje, ese sitio se humaniza y se transforma, el paisaje se hace memorioso, evoca algo. Los paisajes de José María Velasco (1840-1912) se ven atravesados por trenes en la lejanía, algún acueducto que, como el realizado por fray Francisco de Tembleque (1510-1589) para conducir agua a los pueblos de Otumba y de Zempoala en los límites de los estados de México e Hidalgo, surcan el lugar imprimiéndole un significado especial pues, con ello, el sitio adquiere un elemento de identidad que le hace diferente a territorios que por naturaleza son similares.

Por su longitud y por salvar barreras naturales, acueductos y puentes son elementos construidos que transforman las perspectivas de un espacio natural, y también de un pueblo o de una ciudad. El puente Nuevo de Ronda en España, da a ese pueblo una personalidad especial, lo mismo que en la campiña británica puentes como el realizado por Abraham Darby III (1750-1791) y Thomas Farnolls Pritchard (1723-1777) en el siglo XVIII para comunicar las industrias de los pueblos de Broseley y Coalbrookdale en Inglaterra, sobre el Río Severn. Éste último fundido en hierro fue pionero en la construcción derivada de la Revolución Industrial, ávida de hacer más eficientes los desplazamientos de productos, bienes y personas, y que además puso de manifiesto la necesidad de formar especialistas en el diseño de puentes y caminos, factor que derivó en la formación de los primeros ingenieros civiles.

Los puentes se hicieron parte importante en la conectividad de las ciudades y los distritos urbanos y se convirtieron en todo un tema de diseño para arquitectos e ingenieros, con ejemplares de todos los tamaños y formas: del Golden Gate -imagen icónica de la ciudad de San Francisco, California- que debe su nombre de Puerta Dorada a su disposición como pasaje entre el norte de la península de San Francisco con el sur del Condado de Marín, a los elevados puentes Millau, Valle de Tarn, Francia de Norman Foster (1935- ) y Baluarte Bicentenario dirigido por el ingeniero Salvador Sánchez Núñez en la autopista Durango-Mazatlán, los puentes adquieren un aura especial, como puntos de enlace y comunicación regional.

Pero al interior de los núcleos urbanos, su ubicuidad y multiplicación ofrecen beneficios a la par de otras muy variadas maneras de interpretarse pues su irrupción casi silenciosa en el paisaje agreste -nuestro puente de San Ignacio así se presenta también-, se vuelve estridente en medio de la ciudad. Al margen de la discusión de su pertinencia o falta de ella, lo que es innegable es que la ciudad con ellos, cambia en sus modalidades de tránsito, uso y percepción de manera radical. Se promociona una mayor velocidad de desplazamiento pero se modifica la manera de orientarse en esos puntos que, salvo en casos de puentes de tipología especial, como el puente atirantado Bicentenario de nuestra ciudad, que atraviesa la salida a la Ciudad de México, pareciesen borrar las referencias urbanas del sitio: los edificios que pudiesen ser característicos pasan a un segundo o tercer plano en la percepción del sitio y los cruces más dinámicos les hacen algo inhóspitos a quienes circulan a pie o en bicicleta.

Finalmente pasos a desnivel, elevados o deprimidos, son elementos que se presentan como una reacción a la fuerte motorización de las ciudades contemporáneas. «Nunca segundas partes fueron buenas», dice la vieja frase proverbial; en el caso de los segundos pisos es probable se cumpla la máxima, sin embargo, en nuestra ciudad confiemos se contenga esa tentación, esperando que los puentes que poseemos sean de los últimos en presentarse, no tanto por evitar su proliferación sino por una apuesta urbana a una movilidad cada vez más consciente en la limitación de uso de medios de transporte individuales que son, por mucho, el principal factor de saturación de las arterias de la ciudad.

Como en toda creación humana, más que segundas partes, las segundas vidas de los elementos humanos pueden poseer también un valor, que más allá de su utilidad práctica, apuestan por su importancia simbólica y comunitaria con la asimilación de nuevas maneras de convivir con la ciudad y percibirla; así surgen iniciativas revolucionarias, más que reaccionarias, como la reutilización de las vías elevadas de la High Line de Nueva York como un paseo de tránsito peatonal lento. Teniendo una infraestructura construida, imaginemos más vidas para ella, sin duda alguna un reto que tenemos que enfrentar para que Aguascalientes continúe modernizandose de acuerdo a los tiempos vividos.