En esta ocasión quiero platicarle de un libro publicado recientemente, que constituye un homenaje al padre Jorge Hope Macías. Me refiero a Otro cajón de sastre, un volumen editado por Gustavo Vázquez Lozano, bajo la iniciativa y el patrocinio de la maestra Dolores Ramírez Gordillo, que se ha echado a cuestas la noble misión de preservar el recuerdo de este hombre de excepción, indudablemente una de las figuras más relevantes del Aguascalientes del siglo XX, y desde luego de la Iglesia Católica de la segunda mitad de la centuria… Por cierto que la expresión Cajón de sastre hace referencia a la columna que el padre sostuvo en El Sol del Centro entre mediados de los años 50 y 60 del siglo anterior.

Vale la pena realizar esta tarea de preservación de la memoria, dada la estatura del personaje, la manera como puso en juego sus fuerzas y capacidades, su inteligencia y voluntad, su sabiduría, para enriquecer a la comunidad a la que sirvió, y los nobles frutos que su labor rindió. Vale la pena darle difusión a su obra, para que su servicio trascienda el tiempo y la muerte y llegue hasta nosotros como un gran ejemplo de lo que puede hacerse para enriquecer nuestra casa y su gente, para ilustrarnos, invitarnos a la reflexión, o simplemente para ofrecernos un instante de solaz inteligente.

Y precisamente una de las tónicas de esta reflexión constituye una indagación de la humanidad. No hablo de lo que comúnmente conocemos como género humano; hablo más bien de las características de la naturaleza que compartimos, todo eso que nos hace diferentes a otros seres vivos; hablo de la humanidad de la persona, usted, su vecino, yo. Y de esta indagación surge una suave tristeza de constatar cuán lejos estamos del ideal, que se manifiesta en frases que obligan a respirar profundo y a detenerse en la contemplación de las hojas de los árboles bañadas por la luz del sol crepuscular. Esto me recuerda lo escrito por Elena Poniatowska en Lilus Kikus, a propósito de la tristeza de todo lo que no está completo, el mundo que se rompió, la pérdida que sufrimos, la añoranza de eternidad que de cuando en cuando nos posee. De esta forma, dice el padre, todo amor humano es amor herido.

Permítaseme recordar que conocí al padre Hope en la época en que fungió como capellán del Colegio Marista, hacia mediados de los años sesenta. A fines de esa década me tocó ayudarle en las misas que oficiaba en San Diego y en Tercera Orden. En esta última me acuerdo de una ocasión en particular; el domingo de Pentecostés de 1970, que coincidió con la llegada a la ciudad del siniestro candidato del PRI a la presidencia de la República, Luis Echeverría Álvarez. Me acuerdo que mientras transcurría la misa se escuchaba el estruendo de los aviones que sobrevolaban el templo en dirección al aeropuerto, uno tras otro. Luego amainaba hasta desaparecer. Segundos después veía los aparatos pasar desde mi posición privilegiada a espaldas del altar, hechos la mocha, rumbo a la Plaza de Armas y más allá. A lo mejor ni eran tantos, pero en esa época más de dos aviones en el espacio de Aguascalientes el mismo día, eran ya un montón… El hecho es que en la homilía el padre relacionó un suceso con otro, la venida del Espíritu Santo con la venida del candidato…

Pensándolo bien, sigue pareciéndome sorprendente semejante asociación, no por el asunto de las elecciones, y ni siquiera por Echeverría, sino más bien por esta evocación de las cosas del cielo y las de la Tierra; una fusión que le era muy común.

Años después, mi esposa y yo hubiéramos querido que nos matrimoniara, pero no fue posible. En cambio dio la primera comunión a nuestros hijos mayores y bautizó al menor. Fuimos parroquianos de este templo a principios de la década de los ochenta, hasta que el cambio de domicilio y la temeridad de asistir a misa con niños pequeños se tornó en obstáculo insalvable.

Como si lo acabara de vivir, recuerdo perfectamente la tarde en que le llevamos a su casa a nuestros hijos, de 10 y ocho años respectivamente, para que los confesara por vez primera, en la vigilia de la primera comunión. Recuerdo la penumbra de la sala, el murmullo de voces, las infantiles de los hijos y la grave de él…

Escucharlo fue siempre una experiencia aleccionadora, las más de las veces agradable, pero en ocasiones perturbadora, de tal manera a veces salía yo preguntándome si la iglesia era una, o tantas como sacerdotes cumplían con las funciones del altar… Iglesias aburridas o divertidas, vanas o enraizadas en la exigencia de salvación, más concentradas en el culto que en el hombre o entregadas de lleno a la tarea de hacer que los hombres vivan a la altura de su dignidad de personas. Desde luego también me preguntaba a qué iglesia pertenecía, si a la del padre Hope, o a alguna otra. Ya sé que es este un cuestionamiento retórico, impertinente, pero en todo caso está destinado a resaltar el contraste que existía entre asistir a una misa celebrada por él, o participar en otra.

Por otra parte, mi esposa y yo no sólo vinimos a misa a Jardines. Asistimos a algunas veladas literario musicales, con artistas de la estatura de la actriz Carmen Montejo y el tenor Humberto Cravioto. También fue aquí en donde presenciamos una de las primeras pastorelas de que tengo memoria.

Por otra parte, entre 1990 y 1993 tuve un programa en Radio Universidad, que llamé Cajón de sastre, en un homenaje personal. Posteriormente, en julio de 2003 le hice una larga entrevista para una investigación que estaba realizando sobre la Romería de la Asunción, una de sus creaciones. Nos vimos en tres ocasiones, en lo que constituyó una experiencia memorable.

Quiero aclarar que con estas remembranzas no pretendo afirmar que fui cercano de él. De ninguna manera, no sólo por la diferencia de edades, sino también porque nos movíamos en parroquias diferentes. Quizá por eso; por esta falta de cercanía, lamento no haberme atrevido a cuestionarlo a propósito del conflicto diocesano de los años setenta. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).