Por J. Jesús López García

El ornamento en la arquitectura moderna empezó a verse con sospecha desde sus inicios en el neoclasicismo de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando haciendo un contrapunto a la profusión iconográfica del barroco, sus edificios se fueron despojando de elementos formales añadidos hasta ir definiendo un rumbo muy claro a la racionalidad compositiva. Esto se agudizó aun más con los avances técnicos del mismo siglo y del XIX cuando técnicas y materiales constructivos novedosos, que trajo consigo la Revolución Industrial, fueron sustituyendo a los tradicionales propiciando un lenguaje plástico igualmente inédito: concreto armado, hierro, acero y cada vez más vidrio, se ensamblaron en composiciones más abstractas, con menos cabida aún para representaciones analógicas como siempre se había hecho.

Los frisos, los vitrales, las pinturas murales, las hornacinas, los nichos y peanas destinados a alojar esculturas, entre muchos otros elementos más, fueron retrocediendo ante el avance de una estética más abstracta, menos figurativa. Después de todo, el mensaje que promovía la arquitectura a través de todo aquello, era dedicado a una población que en su mayoría analfabeta, podía «leer» esas portadas barrocas, aquellos frisos y vitrales alusivos a liturgias -como en el barroco-, episodios históricos -como los pilonos egipcios-, epopeyas mitológicas -como los relieves griegos-; más al avance de la alfabetización, esos compañeros de viaje de la arquitectura tradicional, fueron cayendo en el desuso práctico y sólo permaneciendo como una especie de cultismo en algunas manifestaciones arquitectónicas.

En el Art Déco por ejemplo, la ornamentación fue un aderezo a las líneas geométricas del estilo. Igualmente estilizada esa ornamentación también hacía referencia a alguna particularidad del edificio, apartándose así de la ortodoxia moderna que veía en el ornamento una especie de repudio de la racionalidad. Adolf Loos (1870-1933) arquitecto y pensador seminal del Movimiento Moderno en 1908 escribió su manifiesto «Ornamento y Delito» al calor de las vanguardias de inicios del siglo XX enunciando la hipótesis de que en sociedades más primitivas, ese adorno era necesario para identificar al individuo particular de la masa común. Desde esa perspectiva, la modernidad cada vez más racional podía identificar la particularidad en la esencia, no en la forma, por lo que el adorno era accesorio y totalmente prescindible. Naturalmente como muchas otras cosas de esas vanguardias intelectuales y artísticas de inicios del siglo XX, ese modo de pensar no fue del todo digerido por la sociedad en general, después de todo siempre hay algún resquicio para el objeto memorioso, para el elemento que identifica al usuario con las cosas que le rodean.

Las tendencias digamos, «marginales», de la modernidad artística y arquitectónica como el Art Déco, el ornamento se hace presente de maneras a veces contundentes como en el icónico edificio neoyorquino Chrysler de William Van Allen (1883-1954) donde además de su remate monumental en aguja, se presentan en sus muros algunos decorados alusivos a ruedas y otras partes propias de los automóviles; son características las cabezas metálicas de águilas ubicadas en lo alto del rascacielos que se desprenden de la tradición gótica de utilizar objetos zoomorfos para adornar las gárgolas, pero también en clara alusión de los frentes de autos con algún motivo ornamental en la parte superior frontal del cofre -que a su vez era alusivo a los viejos mascarones de proa del diseño de barcos. En otros edificios, motivos florales o simplemente geométricos se entremezclan con elementos religiosos: cruces, iconos, entre otros, e incluso mitológicos, o anagramas que de alguna manera denotan el talante del propietario o del constructor. A estas alturas es difícil saber si ese ornamento fue algo reflexionado, adaptado o simplemente copiado de algún modelo precedente. En ese sentido ese misterio se adapta más a la emocionalidad que a la racionalidad.

En múltiples fincas de Aguascalientes es común admirar detalles ornamentales, tal y como uno que aparece en los frisos del Restaurante Mitla en la avenida Francisco I. Madero. En una especie de cartela rectangular con cuatro cuartos de florones con formas geométricas en cada esquina, se enmarca un mascarón con el rostro de una mujer. Tratando de esclarecer de quién se trata podemos mencionar que por el tocado que lleva recuerda a las «Korés» de la escultura griega arcaica o puede ser Higía, hija de Asclepio, dios griego de la medicina y ella misma, diosa de la curación y la limpieza. El rostro y la composición del elemento, donde se incluye una especie de «halo» que parece irradiar del rostro, presenta las líneas del Déco. Afortunadamente ese decorado se encuentra en buen estado y es un rasgo ornamental en un edificio que en lo general lleva las líneas constructivas generales de la modernidad arquitectónica, aunque de una manera muy mesurada.

El ejemplo expuesto nos es útil para, a través de recorridos por las calles, observemos en los edificios del centro de nuestra ciudad esos elementos decorativos que de manera un tanto misteriosa sobreviven al tiempo y a su remoción, y que son testimonio de un mensaje que, aun sin ser del todo descifrado por la cotidianidad, sigue siendo por lo menos, interesante.

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