Noé García Gómez

Llevamos casi un año de gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que llegó con el mayor número de votos recibidos por un candidato presidencial, con más de 53% y más del doble que el segundo lugar. Un capital político como ningún otro.

Hay decisiones como la cancelación del nuevo aeropuerto, el estancamiento económico, el cierre del subsidio a las guarderías, la suspensión del Seguro Popular y más recientemente la crisis en materia de seguridad, con un colofón como la operación mal planeada, pésimamente ejecutada y cuestionablemente finalizada en Culiacán, y la liberación de Ovidio Guzmán, hijo del “Chapo” Guzmán.

Todo lo anterior ha traído un natural desgaste a su gobierno y al partido MORENA, no tan grande como sus detractores lo desean, pero tampoco tan pequeño como sus admiradores lo pretenden minimizar.

El punto al día de hoy es que hay dos realidades.

La primera es: hoy hay más opositores. Cada día hay más ciudadanos que apoyaban o le daban el beneficio de la duda a lo que representaba AMLO, la capa más delgada de su apoyo se está descarapelando. Como goteo cada día que pasa y cada hierro -voluntario o involuntario- del presidente o sus colaboradores, va desgastando esta primera capa que conformó de apoyo en su campaña. La capa más delgada de apoyo, pero importantísima, está conformada principalmente por quienes nunca habían votado por él y una clase media vilipendiada por anteriores gobiernos, que de manera natural son de una u otra forma replicadores de opinión.

La segunda: no hay oposición. La nueva dinámica política ha dejado a los partidos y organizaciones de la sociedad civil contrarios al proyecto de López Obrador con una resaca, la cual al día de hoy aún no pueden superar. Unos más, otros menos, pero todos desorganizados, sin estrategia y proyecto de contraste frente al gobierno; actuando ya sea de forma pragmática, visceralmente o reactivamente, pero que la sociedad percibe como una especie de debilidad frente al presidente.

Lo anterior pareciera contradictorio, más opositores sin oposición, un desgaste de la 4ta y debilidad en quienes tendrían que ser los contrapesos naturales, la oposición institucional -principalmente los partidos-. Repito, pareciera contradictorio pero no lo es, y ahí está lo grave. El catedrático Fernando Barrientos del Monte, en su ensayo La oposición política: notas para una discusión teórica, describe que “las oposiciones en la democracia no sólo son necesarias, sino que su permanencia es indispensable […] su existencia es lo que define o no a las democracias. Así como no puede existir democracia sin elecciones, habría que agregar que tampoco sin oposición. No basta la sola existencia de dos partidos, el que está en el gobierno debe asumir que requiere y debe tener un contrapeso político, de otra manera, se presentarían tentaciones autoritarias con el consecuente deterioro e, incluso, desaparición de los principios democráticos”. Es grave ya que si comienza a generarse una oposición social dispersa, sin que sea canalizada hacia instituciones reconocidas por el sistema político y de partidos, el resultado puede ser incierto.

Los casos de Chile, Ecuador y Argentina son reflejo de algo similar, los partidos quedaron rebasados, no supieron reaccionar y la inconformidad se desbordó y encontró canales al margen de las instituciones.

No quiero decir que nuestro país está cerca de eso, el apoyo al presidente aún es mucho pero el tiempo es largo. Lo que sí podemos decir es que si la oposición -PRI, PAN, PRD, MC- generan un bloque con un proyecto de país que se pudiera contrastar con el de hoy, donde sin banalidad y humildad surgieran liderazgos, si se les viera rumbo y viabilidad, y no sólo rencor, visceralidad, pragmatismo o comportamientos reaccionarios, los desencantados serían más y más organizados. Ellos, éstos nuevos opositores, estarían aglutinados y apoyando los cauces institucionales y se cerraría el riesgo de que se generara un movimiento amorfo, anárquico y caótico, como en otras partes de Latinoamérica.