Noé García Gómez

En nuestro país la izquierda siempre luchó desde la oposición. Dentro de los distintos periodos su comportamiento fue determinado por el número de posiciones políticas que tenía.
Desde la movilización social y la guerrilla en los 60 y 70, el trabajo de lucha de masas y precariedad de recursos y efímera representación política en los 80, hasta la incorporación de lleno al sistema de partidos y los primeros triunfos en alcaldías, gubernaturas y el Distrito Federal en los ‘90, en todas esas épocas la constante era una: el toque ideológico y los proyectos alternativos de nación, soportado sobre una enorme calidad intelectual.
Hasta la época de la abundancia de las ministraciones. Después de la elección 2006 bajo pretexto de la ilegalidad de las elecciones presidenciales y del fraude electoral, la izquierda se convirtió en una oposición intransigente, que como línea de acción estableció en no reconocimiento de Felipe Calderón; cancelando cualquier posibilidad de interlocución e influencia en dicho gobierno.
En 2006 la izquierda tenía la bancada legislativa más numerosa de su historia, tenían gobiernos municipales y conservaron el Distrito Federal; el PRD tenía prerrogativas financieras como nunca antes, por lo que fue trasmutando en lo peor de los otros partidos; la militancia la sustituyó por grupos clientelares, los liderazgos se transformaron en una cara burocracia, surgieron los llamados “operadores”, se agruparon en corrientes, que son grupos de presión institucionalizados al interior del partido y la élite nacional optó por una superficialidad para hacer política, lujosos restaurantes, choferes, secretarias, asesores, asistentes, oficinas oficiales y alternas, todo a costa del erario.
Llegó el 2012 y una parte de la izquierda, la que se hacía llamar la “izquierda moderna”, aceptó la invitación del “nuevo PRI” de Peña Nieto para operar el llamado Pacto por México; por lo que se dio la ruptura del forzado aglutinamiento de la izquierda, la prosistema encabezada por el PRD y la antisistema encabezada por Andrés Manuel tomaron rumbos distintos.
Todo lo anterior es importante para darle el contexto al actual comportamiento de otra parte de la oposición, la oposición visceral encabezada por el PRD.
Después de caminar décadas juntos, y de estar a punto de llegar a la conquista de la presidencia en 2006, en las elecciones de 2018 deciden ir separados, y creo que ahí radica parte trascendental de su visceralidad. Al día de hoy, su línea de acción es una furibunda negativa a todo lo que anuncia, diga o haga AMLO, rayando en la banalidad discursiva.
En las redes sociales se comportan como merolicos políticos, que exageran en el uso de la banal ironía o trivial meme; que incentiva la pereza intelectual, promueven el odio y división entre sectores.
Hoy el PRD se quedó con todos los vicios antes descritos, clientelismo, burocracia y gastos excesivos y superfluos, con una de las bancadas más pequeñas de su historia y sin lo que consideraban su bastión: la Ciudad de México. Tal vez todo eso, los lleva al rencor y la visceralidad, donde ni siquiera los mueve la rentabilidad electoral, sino pareciera que es la mezquindad política.
Desde mi punto de vista es una estrategia kamikaze, teniendo como objetivo descarrilar al nuevo gobierno, no importando si en el intento, ellos se desfondan y desaparecen.
Lo anterior ha traído que los intelectuales que antes simpatizaban con ellos tomen distancia, que las clientelas busquen otros mecenas, la costosa burocracia busca otros ingresos y sus élites, montados en el rencor, siguen trazando estrategias que los llevarán a la reducción y posible extinción de su partido, como pasó con el PST y el PFCRN.
Me pregunto y les he preguntado a algunos de sus dirigentes: ¿No les ha pasado por la cabeza impulsar un nuevo pacto por México con su antiguo camarada y hoy compañero? “Antes extintos, que pactando con ese autoritario, instable y populista mal agradecido”, reconociendo que antes era Su autoritario, inestable y populista personaje que les conseguía cómodamente votos y posiciones.
Repito, la oposición visceral es una estrategia kamikaze, y creo yo que el PRD con un real proyecto sustentado ideológicamente, desde la negociación y la concertación podría influir enormemente en el nuevo gobierno.
Las oposiciones enriquecen la discusión pública y la deliberación de la agenda de país, lo que podría ayudar a gestionar y mediar entre las posiciones absolutistas, pero hoy desde el rencor y la visceralidad no se logrará.