Noé García Gómez

Ayer inició un nuevo sexenio; como politólogo estoy fascinado por la expectativa de la posibilidad de un cambio en el sistema político y el análisis y estudio que se puede dar de eso; como ciudadano estoy intrigado y un poco nervioso. No por la posible radicalidad del nuevo gobierno, sino por la incertidumbre y poco soporte ideológico que en la actualidad tiene tanto la oposición (PRI, PAN, PRD) como el partido en el Gobierno (AMLO y MORENA).

El ciudadano de México en el año 2000 votó por un cambio, una alternancia política, y que solo quedó en un cambio de partido, reduciendo a una alternancia del PRI al PAN y nuevamente al PRI en 2006.

El resultado del pasado 2 de julio y la contundente mayoría de votos y posiciones para López Obrador, puede entenderse que el ciudadano nuevamente quiere un cambio, una alternancia política, y que ahora no haya pretextos para que no se dé; Optó por el candidato anti sistema, el que prometió combatir, castigar y desaparecer la corrupción e impunidad; el que se comprometió a  que en las decisiones del gobierno estarían “primero los pobres”; el que dijo que se terminarían las banalidades y gastos excesivos; el que haría todo por acortar las brechas de desigualdad.

Prácticamente dijo que haría posible las garantías que están en la Constitución, que proveería de educación, salud, alimentación, vivienda, trabajo, seguridad social; y que el ciudadano tiene la sensación que los gobiernos le han regateado.

Ayer tomó protesta, Andrés Manuel López Obrador y las declaraciones y decisiones que ha tomado como presidente electo han elevado la polarización, la cancelación del aeropuerto, el tren maya, la amnistía, las consultas improvisadas. Todo se utiliza como gasolina para avivar el fuego de la polarización, para quien lo apoya, lo siga apoyando y hasta amando, y quien lo rechaza, lo lleve al extremo de odiarlo.

Lo políticamente correcto en nuestro país y en las redes sociales es, amar u odiar al nuevo presidente. Los que estamos en medio, no tenemos un lugar, somos rechazados o cuando fijamos postura por tema (en algunos de apoyo, en otros de rechazo) automáticamente nos arrojan y repelen para el otro bando. Ni de aquí, ni de allá.

Finalizo pensando que un cambio de régimen o de sistema político es como un parto; todo lo que da origen a algo nuevo tiene un proceso de dolor y catarsis, la polarización que vivimos tal vez sea parte de esos, pero como todo parte siempre hay la expectativa de algo mejor.

Un nuevo sistema político implicaría, mejores instituciones, una oposición distinta, unas relaciones y dinámicas nuevas, y una forma de gobernar diferente y un estado renovado.

Espero que ese parto del nuevo sistema político mexicano, no quede en un parto de los montes, esa  breve fábula que relata cómo los montes dan terribles signos de estar a punto de dar a luz, infundiendo expectación y pánico a quienes los escuchan. Sin embargo, los montes paren un pequeño ratón. Esperemos que estos acontecimientos que se anuncian como algo mucho más grande o importante de lo que realmente terminan siendo. Eso sería lamentable.