Nuevo ciclo para fincas antiguas: edificio Matute

Por J. Jesús López García

Existen edificios cuyo «rostro» es tan desdibujado que puede cambiar de forma gradual, y realmente ante la mirada de cualquier persona que pase por ahí frecuentemente, no redunda en una transformación sustancial. Un volumen formado por muros, cubriertas y un gran vano es simplemente una caja que cambia de decoración posible. Existen un sinfín de esos inmuebles que nacieron anónimos, y que casi seguramente permanecerán desapercibidos hasta su posible demolición para dar cabida a un conjunto completamente nuevo, que a decir verdad, no es garantía para alumbrar un bloque con verdadera personalidad.

También encontramos otros que poseen rasgos propios y que de una manera u otra su permanencia en el tiempo va consolidando una imagen más o menos potente que tiene la capacidad de evocar algún recuerdo, alguna presencia. Son obras en las que al operarse algunos cambios saltan éstos a la vista, lo que puede traer un resultado positivo o uno negativo, ya que una renovación, modificación, remodelación o remozamiento puede ser por derecho propio, la creación de un edificio nuevo.

Cuando Donato d’Angelo Bramante (1444-1514) dio inicio a la reconstrucción de la Basílica de San Pedro en la Colina Vaticana a inicios del siglo XVI,se demolió la basílica de características paleocristianas, lo que no se vio con buenos ojos tanto dentro del clero así como fuera de él, y es que había sido una sucesión de intervenciones sobre edificaciones anteriores que databan desde el siglo IV.

La obra, que actualmente es una de las estampas de la ciudad de Roma más visitadas y admiradas, es probablemente muy superior a las que sustituyó, sin embargo es complejo para nosotros, contemporáneos del siglo XXI, que por poseer más información y educación histórica, aceptemos la destrucción de un fragmento de antigüedad para arriesgarnos a hacer algo mejor. Para los hombres del Renacimiento un nuevo mundo estaba naciendo desde los restos de la Antigüedad y se buscaba articular un manifiesto con el que deslindarse de la entonces feneciente Edad Media. Ese fue el inicio de la Modernidad histórica; nosotros habitamos ya desde hace más de cincuenta años la posmodernidad y somos más temerosos de detonar la novedad a partir de desmontar lo antiguo.

Lo curioso es que la Modernidad, cuyo clímax arquitectónico se cristalizó en los años treinta del siglo pasado y que contó con una secuela que se alargó hasta los años sesenta, también es un movimiento entrado en años y que no obstante su pretendida y lograda novedad, al pasar el tiempo corría el riesgo de ser sustituída por modelos más actuales.

Fuese por conservadurismo, o lo más probable, por evitar costos elevados en la actualización de un inmueble, en Aguascalientes no se aprecian desde hace años muchos casos de intervenciones nuevas en fincas vetustas.

Por la espontaneidad provocada por el optimismo del movimiento Moderno, hacia los años cuarenta, cincuenta y sesenta, se sucedieron acciones de esa naturaleza: todo era más pragmático, el Palacio de Gobierno se retranqueó para aumentar el tamaño de la calle José María Chávez, cambió de recubrimiento y sistema constructivo en losas y aumentó de dimensiones con la adición del segundo patio articulado con su escalera de cuatro rampas al centro; la Catedral ya había sido convertida en basílica a principios del siglo XX, se le añadió la segunda torre y los anexos posteriores del Obispado; patios cubiertos con losas de concreto, plazoletas sustituyendo atrios y la demolición de casonas para dar paso a nuevos edificios eran parte de las intervenciones que empezaron a tomarse con más cuidado a partir del fin de los años ochenta del siglo XX.

El conocimiento del pasado, más estructurado académicamente, fue una especie de freno para intervenir fincas de valor histórico -a veces un valor sólo sospechado-; pero con ello algunos inmuebles mucho más recientes eran tratados como construcciones casi intocables por los arquitectos locales.

Pero hay que mencionar que al día de hoy se suceden múltiples intervenciones desafortunadas donde el edificio viejo es demolido sin más para dar cabida a un corralón que funcione como estacionamiento, o para establecer un cajón comercial más sin mayor atributo que generar un espacio rentable -casos que tristemente siguen siendo muy comunes-; por otro lado se tiene que donde lo que existía se sustituye por obras contemporáneas que buscan dar nuevo aliento al conjunto y al sitio donde se ubican.

Es así que el edificio, que hasta la fecha alberga en su planta baja a una conocida óptica -cuyo proyecto primigenio es del arquitecto Francisco Aguayo Mora-, fue intervenido con el proposito de darle un nuevo ciclo y una imagen actual, y que continúa exhibiendo la losa de remate con sus perforaciones circulares y la jardinera características.

La propuesta del arquitecto Alfonso Javier Matute Salas ganó un nivel más de altura y manifiesta un aire fresco a partir de la composición del edificio original. Una intervención audaz que bien puede ser un punto de arranque positivo para revitalizar de buena manera las intervenciones en edificios del siglo XX que requieren nueva vida. Indudablemente un excelso trabajo arquitectónico.