Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“Dios te haga un santo y a mi un burro, y luego cambiamos” Dicho popular.

Ayer, mientras aquí en la ciudad los enviados de la 3a. Visitaduría de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y personal de la Comisión Estatal de Derechos Humanos del estado hacían visitas a los centros de reclusión que eufemísticamente llamamos de diversos modos, que pretenden atenuar la carga de la segregación y apuntar la esperanza de la reinserción a una sociedad que los excluyó, me recibió el presidente de la CNDH el licenciado Luis Raúl González Pérez con el secretario técnico Joaquín Narro Lobo, para tratar algunos temas comunes a la promoción y defensa de los Derechos Humanos en el ámbito nacional y estatal. Salió a la conversación, ¡cómo no!, la llamada incorrectamente “percepción” de que los organismos protectores de derechos humanos defienden a delincuentes y se planteó la conveniencia de realizar una campaña de difusión de sus finalidades y labores.

A título personal, y para no dejar ir algunas ideas que surgieron en la reunión con el permiso del, ahora no desprevenido, lector me atrevo a pergeñar una líneas al respecto. Lo primero que obviamente salta a la vista es la llamada “percepción”, los medios de comunicación masiva en aras de lograr el interés de los lectores y en ocasiones de resaltar una nota o de matizar otra, recurren al uso de expresiones que no siempre corresponden con la realidad, pero que corren con diversa suerte, algunas “viralizándose” como ahora se dice y otras pasando rápidamente al olvido. Por ejemplo es curioso que los asesinos matan o asesinan, pero los “sicarios” “ejecutan” o realizan “ajustes de cuentas”, sin embargo las policías y por supuesto el ejército y más la marina, no matan, no asesinan, no ejecutan, sino que repelen agresiones y “abaten” a los delincuentes. Llama la atención también que en el lenguaje periodístico ya nadie “declara” o “informa”, todo mundo “revela”, así sea el mas modesto informe, quizás en las escuelas de periodismo les enseñan que “revelar” tiene una carga mas fuerte que solo informar, como si al fin se descubriera algo oculto.

Es posible y lo apunto subrayándolo solo como posibilidad que un cierto uso de expresiones eufemísticas, provenga de las dependencias de “comunicación social”, que suelen manejar información privilegiada y prospectiva para “orientar” a la opinión pública (por cierto otro gran mito, según Felipe González, el de España, quien alertaba sobre no confundir la opinión pública con la opinión publicada). En el mismo cajón echo la llamada “percepción” de la sociedad, que en el mejor de los casos se alude a una opinión y en la mayoría simplemente a una creencia, bueno, no tan simple, vérselas con las creencias tiene su miga. Pongo un ejemplo que tiene que ver con los medios, si dijéramos que la ciudadanía tiene la percepción de que un sitio de “facebook” tiene mayor impacto que un periódico, evidentemente sería una falacia, eso no se puede percibir. Se puede pensar que tenga mayor penetración, se pueden comparar datos de “visitas” o de “likes” con el tiraje y aún así sólo tendríamos elementos para formar una opinión.

¿Sería correcto decir que existe la percepción de que los abogados son todos corruptos? ¿O bien que todos los servidores públicos reciben las llamadas “mordidas”? ¿O que todos los periodistas reciben “chayotes” o “embutes”?  Por supuesto que no. No existen tales percepciones. La percepción es otra cosa. Yo percibo la luz del sol y se que es de día, percibo que se reduce la intensidad luminosa del astro y lo relaciono con el fenómeno astronómico “eclipse”, pero si se publicara que la ciudadanía “percibe” que un eclipse puede ocasionar males congénitos y que las embarazadas deberían usar calzones rojos para evitar las malformaciones de la criatura en gestación, veríamos con benevolencia esas muestras de ignorancia pero no la podríamos llamar percepción.

Ciertamente la llamada “percepción” de que los organismos de derechos humanos “solo” defienden delincuentes no ha sido de generación espontánea. Son producto de campañas intencionadas para desvirtuar la función y desde luego “justificar” muchas veces los excesos de las autoridades, particularmente las policíacas y no pocas veces los investigadores, aprovechando los “sentimientos” de hartazgo, desaliento e indignación que muchos ciudadanos comparten, por una creciente (allí si están los números)  ola delictiva que, como todos los fenómenos sociales tiene una génesis múltiple y que no podrá ser solucionada solo con el castigo de los delincuentes, que, por cierto, ningún organismo público defensor de derechos humanos ha afirmado jamás que los delincuentes no deben ser castigados, y también, por cierto, quienes los defienden son los defensores particulares y muchas veces los llamados defensores de oficio. Y sin duda es curioso, por no llamarle de otra manera, que los cañones de la opinión pública no se enfilen contra los “defensores de delincuentes” públicos o privados. ¿Qué allí no se percibirá que defienden delincuentes?. Como caso extremo recuerdo que hace aproximadamente dos años un jefe de la Policía Estatal, el General Pérez Landeros cometió el desatino de decir en un programa de noticias matutino “le pido a los Derechos Humanos que nos dejen trabajar, que ya no defiendan delincuentes”. Para ponerlo en términos llanos sería tanto como pedirles a los sacerdotes que ya no confiesen a pecadores o de “perdis” que no les perdonen los pecados. O rogarle al “umpire” que no marque “strikes” a mis jugadores porque los ponchan. O al árbitro que no castigue los “fuera de lugar” de mi equipo para que pueda ganar.

La vida en sociedad, la convivencia, ocasiona inevitablemente puntos de fricción que no pocas veces, dan lugar a conflictos, para resolver esos conflictos en forma pacífica las sociedades se han dado reglas que al ser aceptadas por la generalidad se conocen como Derecho. Para garantizar la sujeción a esas reglas se “inventó” el estado que es el “árbitro” social a través de sus órganos especializados. Dependiendo de la importancia de la regla, la sanción puede ser mayor o menor, pero para castigar a un infractor también se tienen que seguir reglas determinadas, creadas con la pretensión de reducir al mínimo el margen de error y no castigar a un inocente. Pero la culpabilidad o inocencia no se determinan a priori, sino después de un proceso. Los organismos de Derechos Humanos ni siquiera tienen la pretensión de ser árbitros, si acaso “abanderados” que señalan los fuera de lugar de la autoridad pero ni sentencian ni castigan, ni sus señales son obligatorias.

Así que, ¡bájenle dos rayitas a esa llamada “percepción”! La humanidad no se divide en buenos y malos, como quería el babilonio Mani, que enseñaba que desde toda la eternidad hay dos seres o principios supremos de igual orden y dignidad: el principio de la luz (el Bien) y el de las tinieblas (el Mal). Pero ambos principios se hallan en una situación de antítesis irreconciliable y perpetua. ¿Será?

[email protected]                   @jemartinj                 bullidero.blogspot.com

 

¡Participa con tu opinión!