Josemaría León Lara

Durante los trescientos años de duración de la Nueva España la condición social era determinada por el color de piel y la casta a la que se pertenecía; y es que el mestizaje es uno de los factores más importantes para entender las luchas raciales que venimos arrastrando hasta nuestros días.

Nadie puede negar que la situación sociopolítica que vive la humanidad hoy en día, es producto en su mayoría por las disputas religiosas y la no tolerancia hacia ciertos credos, pero no podemos dejar de ver que es una situación más profunda, misma que siempre ha dado paso a cambios irreversibles en la historia del mundo: el racismo.

No es necesario poner la atención en Europa y Medio Oriente, cuando en nuestro país vecino del norte, los Estados Unidos, permanecen padeciendo los estragos del racismo entre la raza blanca y la raza negra; son conocidos gracias a la prensa internacional los recientes hechos lamentables ocurridos entre policías blancos abusando del uso de la fuerza del Estado en contra de jóvenes afroamericanos y justamente este año se celebra el cincuenta aniversario del movimiento del activista social afroamericano Martin Luther King Jr.

Y a pesar de que el racismo puro y duro es una realidad vigente en los Estados Unidos, en México vivimos otro tipo de racismo, al que denominaremos “Racismo Categórico”. Sí, es claro que en México la disputa racial no es tan clara como entre negros y blancos, pero después de doscientos años de ser una nación independiente, las castas siguen siendo un factor elemental para determinar la condición social.

A veces es incómodo y para muchos resulta grotesco escuchar una verdad tan ácida, pero si no nos conocemos como sociedad nunca llegaremos a ningún lado. No es una situación de carácter económico donde existe una clase alta, una clase media (en peligro de extinción) y una clase cada vez más baja, hablamos de un racismo real que durante años se ha considerado erróneamente como clasismo.

Tal vez, en Aguascalientes no sea tan latente asimilar un racismo porque no contamos con una amplia población de raza indígena como podría ser el Estado de Chiapas; pero somos una sociedad hermética e intolerante donde lo más importante para muchos resulta ser el apellido y el código postal.

Es casi una misión imposible para un foráneo adentrarse en un círculo social en Aguascalientes, puesto que en primera instancia los prejuicios por el origen interrumpen cualquier apertura al diálogo y no se diga la búsqueda de convivencia.

No importa si se vive en el norte, en el sur, en el oriente o el poniente, el resentimiento y la intolerancia es la misma, basta con visitar un bar por las noches (sin importar el giro comercial o musical), la gente no tiende a mezclarse y cuando algún “valiente” pretende conocer nuevos rumbos inmediatamente es catalogado como un intruso, que no comparte nada con los habituales del lugar. Ese es un claro ejemplo de una falacia histórica, porque Aguascalientes en realidad no es tierra de gente buena.

Es triste vivir en un país donde se sigue catalogando a la gente por su apariencia física, donde ya no cabe que la gente llame a un rubio “güerito” o a un moreno “prieto”; desde ahí se comienza a categorizar a la gente tal vez por costumbre mas no deja de ser un claro ejemplo de diferenciar a quien no es similar a uno.

Y no es una situación propia de la cultura, puesto que también en la política se ha jugado con ello. Tal es el caso del Movimiento de Regeneración Nacional, utilizando el acrónimo de MORENA, haciendo una clara alusión a la raza de bronce mexicana, separando ampliamente a la sociedad en vez de unirla, aunque, como se diría popularmente, eso es harina de otro costal (¿O, no?).

Debemos entender que sólo existe una raza y es la raza humana, donde sin importar el origen étnico no dejamos de ser la misma especie.

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