Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Ayer pasé por el Castillo Ortega, y vi una parte del edificio rodeada de andamios, y encima del escudo una cruz, de esas que los albañiles colocan en toda obra en que trabajan el 3 de mayo. Todo ello es signo de que algo se mueve en el viejo inmueble de la Avenida Vázquez del Mercado. Hasta donde tengo entendido la construcción está deshabitada. Subsisten por todas partes evidencias de los usos comerciales que se le dieron, la barra de bar, baños, espacios acondicionados para sentarse y beber una copa mientras se conversa, o para bailar, instalaciones improvisadas, claramente postizas, que en su mayoría no tienen nada que ver con el edificio.

Uno entra al edificio y observa la manera como conviven la piedra y el ladrillo de la construcción, algo muy agradable a la vista. Pero don Juan Dávila, custodio y defensor de esta obra, dice que originalmente no estaba así, y que en rigor las paredes estaban enjarradas. “Lo pelaron cuando hicieron el merendero, que para que se viera más bonito”, dice don Juan. A mí no me gusta, porque tiene tabique”.

A propósito de este asunto del tabique, en tanto novedosa tecnología de la construcción, tengo entendido que fue introducido en Aguascalientes por los ferrocarriles hacia fines del siglo XIX, inicios del siglo XX, cuando la construcción del taller, al igual que las vigas de acero, y la arquitectura estadounidense, con sus techos de dos aguas y sus porches en la entrada. En este sentido, hay que considerar que el castillo fue edificado hacia finales de la segunda década del siglo anterior.

Recuerdo esto porque he escuchado en más de alguna ocasión que, dada la situación del edificio, el INAH debería intervenir para su conservación. Suena bien, pero legalmente no es posible, debido a que esta institución está encargada del patrimonio edificado hasta fines del siglo XIX, y en todo caso correspondería al Instituto Nacional de Bellas Artes, por lo menos garantizar que los propietarios conserven el edificio, que ya ha perdido algunas partes importantes por falta de mantenimiento.

Recorremos el castillo Armida, mi esposa, don Juan y yo, y me parece que el edificio es más grande por dentro que por fuera, porque uno recorre pasillos, y encuentra cuartos y más cuartos -¿tendrá unos 20?- que incluyen un comedor grande, comedor chico, cuarto para el piano de cola, despensa, lavadero, cocina, y un sistema de recolección de basura bastante moderno para la época en que se construyó, que utilizaba conductos internos que concentraban los desechos en un solo lugar. Además tiene un gran sótano, que a ojo de buen cubero debe tener más o menos la misma superficie construida. Ahí se guardaba todo aquello que no se utilizaba, muebles antiguos, etc. Por la decoración que tiene –paredes pintadas de negro, caballeros medievales- fue ahí donde funcionó la discoteca.

Subimos a la azotea, y entonces caigo en la cuenta de que el techo se ha caído; el techo de tejas de color verde oscuro que tuvo en sus orígenes, según evidencia que yace en el borde de las paredes que las soportaron. Las observo y me acuerdo de una fotografía de aquellas que funcionaron como tarjetas postales, en blanco y negro que muestra la techumbre. Aunque en rigor se trató de, digamos, una especie de falso techo, un ático con una terraza para sentarse a ver el crepúsculo, porque el techo en sí permanece estable. Un tanto ajado; descarapelado, pero ahí sigue. Y será la primera vez que estamos aquí, o será el sereno, que no puedo menos que imaginarme la escena, un par de sillas y el licenciado Edmundo Ortega Douglas y su esposa, la señora María del Carmen Llaguno de Ortega, sentados contemplando lo que nosotros aquel día; una imagen espectacular, el Sol tocando el Cerro del Muerto e incendiando el cielo, y más cerca, las alturas de los templos de San Antonio, San Diego, el Sagrado Corazón, Guadalupe, San José, Catedral, contrastando intensamente contra la luz rojiza del horizonte. En verdad algo digno de disfrutarse.

Pero como tanta perfección no es posible, ni siquiera en Aguascalientes, la belleza de este espléndido paisaje se ve degradada por la presencia de ese atentado al patrimonio arquitectónico de Aguascalientes que es la mole del edificio de Teléfonos de México, además de otras antenas y platos y los infaltables cables que trae consigo este progreso que padecemos.

Bajamos de la azotea y don Juan nos cuenta una historia plena de romanticismo, que sintetiza el alma del edificio, la motivación que le dio vida. “En este lugar”, dice señalando una puerta, la misma que vista desde la calle se ubica debajo del escudo: “por aquí entró el licenciado, cargando a su esposa. Aquí la depositó, se quitaron los anillos de bodas y los enterraron ahí; los anillos y las arras, y ahí quedaron. La creencia del licenciado era que si se abría aquello se le iría el amor, porque por ahí había entrado”.

Concluyo ahora con esta ya larga serie sobre este cachito de la Gran Bretaña en Aguascalientes, que ha tenido la pretensión de darle difusión a un bien que forma parte de nuestro patrimonio cultural, y lo hago no sin formular mi esperanza que, estoy seguro, es de muchos, de que, gracias a una intervención seria y profesional, el Castillo Ortega recupere su esplendor.

No puedo terminar esta serie sin agradecer al señor Juan Reyes Llaguno, mi primo, por haberme puesto en contacto con el señor Juan Dávila, custodio de este inmueble. Por supuesto también agradezco a este último su disposición, su paciencia y su tiempo, para brindarme prácticamente toda la información que he vertido en estas líneas. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).