Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Me gustaría contarle de las manifestaciones de alborozo por el triunfo de México sobre Corea del Sur en el Mundial de futbol Rusia 2018, el sábado pasado, o reflexionar con usted sobre el hecho de que la masa inconsciente de celebrantes futboleros se dirija al monumento que Aguascalientes le dedica a quien encabezó el primer esfuerzo modernizador exitoso de México, y no a la Plaza de la Patria, a la Expoplaza, o algún otro lugar de amplio espacio. ¿Por qué ahí? No creo que por conciencia histórica sobre lo que el hombre homenajeado hizo o deshizo por el país. ¿En el pasado la manifestación habrá sido suavemente guiada hacia ese lugar, para evitar posibles daños en otros lugares, y el espacio se institucionalizó; se convirtió en el obligado? ¿Será sólo una imitación de la costumbre capitalina de dirigirse a la columna rematada con una grandiosa victoria alada, o del paisanaje que en Guadalajara le va a dar su vueltecita a la Minerva?

Quizá debiera contarle sobre estas cosas, pero no lo haré porque no fui… Desde luego no me parece que se trate de un tema despreciable, en tanto manifestación social, y en verdad algún día lo haré; ahora que México sea campeón del mundo, pero en esta ocasión estuve más ocupado viendo lo que ocurría entre los otros miembros del grupo mundialista de México, Suecia y Alemania -este último apoyado por el árbitro porque señora, señor: ¡sí fue penal!, el descarado empujón que le dio el alemán al sueco frente a la portería germana-. Pero en rigor nada de esto me interesa tanto como compartir con usted la opinión de que preferiría que el “Cielito Lindo”, ese canto preñado de dulce nostalgia, y otras formas de organización social que brotan como flores veraniegas en fechas como esta, mejor tuvieran lugar para, digamos, aspectos más sustanciosos y trascendentes para nuestras vidas que el futbol, como la vida pública, por ejemplo, o la seguridad pública.

En este sentido, a mí me gustaría más que se cantara el “Cielito Lindo”, en todo el país, la noche del uno de julio próximo, en una especie de manifestación gozosa de que lo que ocurrirá ese día, será para bien del país… Por lo pronto, por si las dudas, ya me abroché el cinturón de seguridad, y estoy listo para el jineteo de país que tendrá lugar a partir de aquel día, y quién sabe hasta cuándo. Como escribí en su momento, a ver si los políticos no terminan rompiendo el país, y con él a nosotros.

No le contaré sobre aquellas expresiones populares de triunfo, pero en cambio me acercaré a la conclusión de mi relato sobre el Castillo Ortega, esa construcción excepcional que visité en compañía de Armida, mi esposa y compañera de vida y de viajes, a instancias de mi primo Juan Reyes Llaguno, guiados por el señor Juan Dávila, vigilante y protector del lugar, hijo de un empleado de confianza del licenciado Edmundo Ortega Douglas, propietario original de la casona…

Se entra al predio de la avenida Alejandro Vázquez del Mercado y se recorre un pasillo a cielo abierto que conduce al porche, en donde se encuentra la puerta de acceso al edificio; a un distribuidor que hace las veces de hall, y en el que se observa la que fue la barra de un bar. Por principio de cuentas lo que más llama la atención a primera vista es el gran vitral. Sus diez imágenes están separadas por marcos de cantera. Las figuras centrales son una dama y un caballero medievales, ella con una larga túnica, la cabeza cubierta con cofia y él con armadura y una espada en la mano izquierda. Hombre y mujer se miran desde hace décadas, rodeados por flores y guirnaldas y líneas de colores muy brillantes, en perfectas condiciones de conservación, salvo las orillas superiores izquierda y derecha, que están intensamente ennegrecidas. Arriba de ellos está el escudo que se observa desde la calle, y su divisa maravillosa: amor ene vanitates.

Hay otra figura humana, justo debajo de las descritas en el párrafo anterior. A propósito, de ésta dice don Juan: “me contó la señora Carmela, la hija del licenciado Edmundo Ortega, que se supone que el hombre y la mujer son el licenciado y su esposa, y la muchacha es la primogénita”. Debajo de esta figura están otras cuatro, de una cruz por la religión, un perro por la fidelidad, una paloma por la paz y un cuerno que representa la abundancia.

El vitral lo hicieron en Viena. Cuando se casaron, se fueron de luna de miel a Europa, y el licenciado se llevó las plantillas. Se lo tardaron en terminar ocho meses. Ya cuando venían de regreso lo recogieron”. ¡Ocho meses de luna de miel? “Sí”, contesta don Juan; ocho meses de luna de miel. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).