“No nos dejemos vencer por la corrupción, impunidad, violencia, pobreza e ignorancia; no perdamos la esperanza de salir adelante; de que en nuestro camino, haya luz, vida y esperanza. Juntos, podemos vencer estos agravios, no estamos solos, nuestra madre, la Virgen de Guadalupe, nos acompaña”, destacó el obispo José María de la Torre Martín, en la misa que ofició en la Basílica de la Morenita del Tepeyac.

El pastor interrogó: ¿Cómo encontrar caminos cuando parece que todo está perdido y que todo se encuentra en ruinas? ¿Cómo sostenerse en pie cuando se han socavado los cimientos, se ha destruido la dignidad y se han roto los lazos entre los pueblos?

El prelado explicó que nunca podremos darnos cabal cuenta del desastre y cataclismo que significó la conquista para el pueblo mexicano. Su cosmovisión, sus relaciones, su presencia de Dios, su reconocimiento… todo acabó por los suelos. Y solamente si pudiéramos entender esta situación, comprenderíamos cabalmente lo que significa la visita de María de Guadalupe a nuestra patria.

María sale al encuentro del indígena y su mundo en sus mismos términos, desde su situación de derrota y desprecio, asumiendo sus colores, sus símbolos y su cosmovisión.

Más que construir un templo, es reconstruir el templo vivo que es cada ser humano y descubrir en su interior la presencia del Dios vivo. Si el indígena se convirtió, es porque descubrió en María la verdadera síntesis de su fe y una respuesta a todas sus esperanzas, expuso el obispo.

Siguen resonando en medio de nosotros las palabras en todos los momentos de duda o debilidad: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?” Y estas voces levantan al más desalentado porque alguien con cariño y amor lo reconoce como su hijo mientras otros dudaban de que sea humano, afirmó.

Dijo también que el mensaje del Tepeyac sigue siendo actual porque María nos encamina directamente al encuentro con Jesús en quien encontramos la síntesis de toda persona humana. “Ahora tenemos la gran responsabilidad de hacer realidad ese mensaje, de profundizarlo y de actuar a favor de la vida”.

El frío no fue obstáculo para frenar la peregrinación de niños, ataviados, ya fuera con traje de Juan Diego y el tradicional huacal; y las niñas, con prendas alusivas a la Virgen. Llevaron flores, fruta y comida, como ofrendas.