Jesús Eduardo Martín Jáuregui

En una de sus desmañanadas el Presidente afirmó que dejaría de llamarse Andrés Manuel si las escuelas multigrado no fueran más del 50 por ciento del total. Antes de terminar la rueda de prensa, el vocero presidencial proporcionó el dato oficial, poco más del cuarenta por ciento. Ignoro que nombre asumirá ahora, pero modestamente propongo el de Nicolo, por ser, no lo dudo, Nicolo Maquiavelo uno de sus inspiradores, al lado de Luis Echeverría y del Innombrable.

En el siglo pasado, a principios, cuando Henry Ford paría su emblemático modelo «T» e inauguraba la producción en cadena, encabezaba también la lucha contra el semitismo y sus pretensiones de dominar el mundo. Libros como «El Kahal», » Oro» y «El judío internacional» tuvieron mucho éxito y alimentaron la respuesta a la conjura real o supuesta del judaísmo. Por ese tiempo circuló también un libro atribuido a la conspiración judía «Los protocolos de los sabios de Sión», que describía paso a paso como obtener el control de los gobiernos. El antisemitismo culminó con el llamado holocausto nazi, reprobable desde luego, pero sin la magnitud como crimen de lesa humanidad, de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.

Ya en la conocida como Guerra Fría se supo que los Protocolos era un libro apócrifo, inspirado en la obra del francés Maurice Joly » Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu», en la que se ofrecía el diálogo  imaginario, en el Infierno por supuesto, porque en el cielo no hay tiempo más que para contemplar a Dios. Maquiavelo es bien conocido en teoría política por su obra «El Príncipe» dedicada a César Borgia, en la que desarrolla una premática de cómo hacer para conseguir el poder y como conservarlo. La función de la política es esa y la primera responsabilidad del gobernante es con relación al poder: obtenerlo y conservarlo. El fin justifica los medios, se atribuye al italiano y de paso quien sabe cuantas cosas mas, que ha hecho que maquiavélico sea un adjetivo que compendia las malas artes de un político o de un hombre pérfido y sedicioso.

El barón de Montesquieu, muchos años después escribió un tratado clásico de Derecho constitucional y teoría del estado, que dio y ha seguido dando material para que los autonombrados politólogos, se regodeen inventando nuevos usos para lugares comunes, frases epatantes y juicios anfibológicos, que, como los horóscopos, siempre dejan la rendija para afirmar «lo dije yo primero». Montesquieu plantea en su obra la idea de los tres poderes, que permitirían un equilibrio, en el que cada uno desempeñando su función se convertiría en contrapeso para los otros. En esa visión ideal el Poder ejecutivo realizaría las tareas administrativas, ceñido siempre al campo legal creado por el Legislativo, en tanto que el Judicial tendría la última palabra para fijar el alcance de las normas y la legalidad de la actuación de los otros dos poderes. En teoría la propuesta de Montesquieu resultó muy atractiva, tanto que se convirtió en el modelo a seguir para las repúblicas democráticas, Joly, sin embargo discrepa de la doctrina de los tres poderes y su utópico equilibrio.

En su diálogo Maquiavelo termina demoliendo uno tras otro los argumentos del Barón. El Poder en última instancia radica en el control de los medios financieros. A la larga quien tiene el dinero es quien impone la ley. El ejecutivo terminará controlando a los otros a través del dinero, ninguna empresa humana de cierta magnitud puede tener resultado si no cuenta con lo necesario para desempeñar en función. Ya lo dice la copla gitana: «Desgraciadito de aquel, que come en manita ajena, siempre mirando la cara, si la pone mala o buena». Marcel Joly concluye que la doctrina de los tres poderes construye una imagen ideal de equilibrio pero que, tarde o temprano el ejecutivo termina imponiendo sus condiciones.

A López Obrador no le han hecho la prueba de los tres libros, su cultura es, por lo que se ve, limitada y populachera, más Tin-tán y Chava Flores, que Ibarguengoitia o Monsiváis, aunque en los muchos años que duró en la Facultad de Ciencias Políticas, debe haber oído hablar de Maquiavelo. Mas allá de si lo conoce de oídas o de lecturas, el Presidente tiene una intuición y habilidad natural para la política que se ha afinado en la línea de fuego. Como decía aquel comentarista deportivo Fernando Marcos: «No será carpintero, pero sus trompos bailan».

Inició por reducir las percepciones de los servidores públicos, va por la reducción de las prebendas de los partidos políticos, lo que se traducirá en una disminución de las posibilidades operativas de la oposición, redujo percepciones a los órganos autónomos no obstante su autonomía, con el control mayoritario del Congreso, sólo faltaba por controlar el Poder Judicial. Como en las peleas de gallos su «mona» es Ricardo Monreal que, ostenta el título de doctor en derecho, pero que juega más el papel de rudo que de científico (por supuesto le va mejor, pese a sus lentes de intelectual adoptados en su nueva imagen, adiós bigote, cambio de look.

La «mona» ya anunció las intenciones, una sala más a la Suprema Corte, especializada en lo que sea, lo que importa es que con una nueva sala el Presidente propondrá cinco ministros más y como tiene el control del Congreso llegarán sus propuestos. Aritmética sencillita, con un Presidente de la Corte apocado, y con siete incondicionales, desaparecerá el único posible contrapeso. Los cambios que se le ocurran o que le propongan, transitarán como hasta ahora, por la mayoría de los representantes populares, y la Corte será proclive a las iniciativas que lleven la bendición papal.

Este camino ya lo conocimos los mexicanos, los que tenemos más de cincuenta años vivimos plenamente la dictadura del partido que gobernó durante muchas décadas. Sus tácticas, sus estrategias no diferían mucho de las que estamos viendo poner en práctica. Los mecanismos son similares pero los pueblos tienen mala memoria.

Dolorosamente actual el minicuento de Monterroso: Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí.

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