JOSÉ LUIS MACÍAS ALONSO

¡Dame una moneda para comer algo Pepe!

– Sí, pero si me llorás no

– ¡No lloro Pepe!

– Mirá hermano, moneda no tengo (saca un billete y se lo entrega) ¡Pero no llorés carajo! ¡Andá!

– ¡Quiero que seas Presidente toda la vida!

No, lo anterior no es una narración de hechos propios, es la cita textual de lo ocurrido en Montevideo, Uruguay, el pasado 25 de noviembre de 2014 donde, ante la presencia de medios nacionales e internacionales, un mendigo le pidió una limosna al Presidente Uruguayo José Mujica al salir del Teatro Solís.

Por lo anterior y por muchas “anécdotas” más, el mandatario charrúa se ha convertido en un ícono de la política mundial. Su vestimenta de pantalones holgados y sandalias de cuero luciendo sus uñas mal cortadas, su pequeña casa en la que vive sin servidumbre y con las paredes invadidas por la humedad, la donación del 90% de su sueldo para la caridad, su declaración en torno a la FIFA donde los tachó de “manga de viejos hijos de puta”, o el momento cuando no lo dejaron entrar a la toma de posesión del presidente de Paraguay por su atuendo; son historias que hoy por hoy han hecho que Mujica sea apodado como el presidente más pobre del mundo, que tenga un reconocimiento a nivel internacional y que en las redes sociales sus videos e imágenes no dejen de reproducirse.

La razón es evidente, ante el fortalecimiento de una conciencia democrática global que paso a paso está derrumbando -o quiere derrumbar- todo acto corrupto dentro de la esfera gubernamental, ejemplos de humildad tan intensos como el de éste dirigente detonan un efecto positivo en todos los que los apreciamos. Un pueblo, no de hoy, si no de siempre; no en México, sino en todo el globo terrestre, que sea dueño de una moral definida en torno al debido origen y sentido del poder público, siempre mostrará repudio ante la opulencia de sus gobernantes, no porque no lo merezcan, sino por la posición que desempeñan dentro del universo social.

Sin embargo, Mújica es algo más, o tal vez, algo menos. La calificación de un gobernante no puede circunscribirse a su postura personal en cuanto a su estilo de vida, incluso, queda por encima de un análisis objetivo en cuanto al deber que éste tiene para con la gente. De nada sirve un funcionario con estilo de vida humilde si éste no genera bienestar a través de sus acciones públicas para quien gobierna, o visto del otro lado de la moneda, no será crítica legítima el que un gobernante, dentro de la licitud, lleve un estilo de vida proporcional a su condición, si se concentra en cumplir con su responsabilidad, que como ya dijimos, es el bienestar para todos. Luego entonces: el mérito no debe ser el usar un Volkswagen viejo, sino combatir la pobreza y el repudio no debe ser el uso de chofer, sino el dejar de combatir la pobreza.

“Juntos” es el nombre del programa social impulsado por Mújica para la nación Uruguaya, mismo que, según un reporte de la doctora en ciencias sociales Jesica Magri de la Universidad de la República en aquel país, no ha producido los resultados esperados. Al respecto, la primera crítica a la política pública estelar de este mandatario radica en que los rezagos sociales que combate y la población objetivo a la que está dirigida el programa ya están siendo atendidos por otros 3 programas de gobierno similares, lo que detona irremediablemente duplicidad en el gasto y problemas para su evaluación. Otra crítica, tal vez más delicada que la primera, tiene que ver con el enfoque asistencialista del mismo, que genera dependencia del beneficiario hacia al gobierno, en lugar de crear esquemas que le permitan incrementar sus posibilidades de solvencia para el acceso al bienestar. Finalmente la académica apunta que, aunque el programa tiene un esquema de tipo universalista (que todos reciban el apoyo sin importar su condición), el diseño es defectuoso en razón de su carencia de controles e institucionalización.

Mujica trazó como meta de su programa dotar de viviendas a 15,686 familias; de 2010 a 2011, únicamente alcanzó a otorgar el equivalente al 11% de su objetivo y la tasa del PIB promedio de su administración es menor de la registrada por la administración anterior.

Es evidente que si hablamos de Mujica no podemos dejar de considerar su progresista visión de Estado y su valerosa postura como un actor político internacional, que en cada discurso, ha puesto el dedo sobre la llaga respecto de los grandes problemas que enfrenta la humanidad; por un lado, reformas como la legalización del consumo de la marihuana o de las convivencias entre personas del mismo sexo, reflejan esta concepción vanguardista de comprensión a problemáticas actuales; por otro lado, frases como: “¿Estamos gobernando la globalización o la globalización nos gobierna a nosotros?”, “el desarrollo no puede ir en contra de la felicidad”, “no podemos seguir indefinidamente gobernados por el mercado, tenemos que gobernar al mercado” o “pareciera que hemos nacido sólo para consumir y consumir y cuando no podemos cargamos con la frustración, la pobreza y la autoexclusión”, sin duda han calado hondo a nivel internacional y han abonado de manera trascendental al debate mundial respecto de la humanidad en cuanto a su presente y en cuanto a su futuro, pero, del mismo modo, un gobernante, antes que concentrarse en la formulación de retoricas filosóficas indudablemente valiosas y acertadas, debe tener como primera encomienda el ejercicio eficaz del poder público para beneficio de sus gobernados.

Así, ni el estilo de vida de un gobernante, ni sus manifestaciones reflexivas sobre el orden social, deben ser la óptica determinante sobre la cual se le avalúe. La ejecución eficaz de las políticas públicas que disminuyan los riesgos sociales de la gente que lo colocó en ese cargo es su responsabilidad prioritaria e indubitable. Es tiempo de un ejercicio responsable, capaz y profesional del servicio público.

@licpepemacias