Por J. Jesús López García

La modernidad arquitectónica fue una ruptura, en apariencia, con la tradición pasada, sin embargo, con una mirada más atenta, se convirtió en el clímax del clasicismo puesto a prueba con procesos constructivos y materiales que se presentaron completamente novedosos, baste mencionar al acero, concreto armado, y desprendido de ello una buena cantidad de sistemas técnicos y organizaciones de trabajo inéditos.

La influencia de profesionales clasicistas de los siglos XVIII y XIX tanto el arquitecto y pintor alemán Karl Friedrich Schinkel (1781-1841) fue directa sobre la obra de autores seminales para el Movimiento Moderno como Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969), cuya tipología de los pabellones con acero y vidrio tiene un antecedente directo en el Altes Museum de 1828 en Berlín, obra del maestro decimonónico. En ese sentido, Le Corbusier mismo se apropió de la Villa Rotonda del maestro renacentista Andrea Palladio (1508-180) para utilizar el sistema de proporción y composición volumétricas en la Villa Stein-de Monzie en Garches, Francia de 1926 a 1928.

Lo mencionado apela a una concepción racionalista de la arquitectura que puede abordarse desde la noción misma de lo clásico, que empieza de una idea de progreso que se decanta precisamente en la modernidad; a partir de esa lógica, parte del racionalismo se transmite a través de un acercamiento desde la composición plástica, la conservación de un repertorio formal o los modos constructivos. Curiosamente teniendo esa referencia la ruptura pretendida con la tradición clásica, no llegó de la modernidad, sino de algunas variantes de su antítesis arquitectónica: la posmodernidad.

El periodo posmoderno inició tras la Segunda Guerra Mundial, surgido en buena medida del desencanto en la promesa rota de la modernidad que a cambio de un progreso continuo, legó la posibilidad de un caos atómico. La posmodernidad arquitectónica posee dos vertientes básicas: la historicista, como en el caso de la obra de Louis Isadore Kahn (1901-1974), quien propuso un revisionismo del clasicismo desde sus fundamentos más íntimos pero que en varias ocasiones, no obstante la profundidad de ese planteamiento, redunda en kitsch, y la fractura de la tradición despegándose por completo de sus repertorios formales, como la tendencia deconstructivista, aunque los sistemas constructivos no reúnan la eficiencia innovadora que en su tiempo tuvo el gótico.

De esta manera, la vertiente historicista de la posmodernidad pareciese ser totalmente afín a la tradición moderna, sin embargo debemos de tomar en cuenta que la modernidad es una concepción ontológica con base en una progresión del espíritu humano y sus creaciones, no una regresión, todo ello esgrimiendo el argumento que la forma es una consecuencia más que una esencia. Desde ese punto de vista el núcleo del clasicismo -que proviene desde el mundo antiguo grecolatino- se basa en el desarrollo progresivo, por tanto la adopción de sus formas después de dos milenios pareciese ser realmente una manera de romper con ese núcleo y subvertir la naturaleza de las formas mismas.

Por otro lado, la vertiente de la fractura por su parte, rompe con las formas clásicas pero continúa incentivando el desarrollo tecnológico propio de la modernidad. Así lo que parece una continuidad de la tradición clásica por sus formas, es una ruptura con su concepción moderna, y lo que parece una fractura, realmente es un seguimiento técnico a la tradición de la modernidad.

La finca ubicada en la calle Venustiano Carranza No. 120 esquina con la calle Vicente Guerrero es un ejemplo posmoderno revisionista de la tradición formal: una fachada de pórticos con arcos de medio punto, con vanos superiores de proporción vertical y remate en una cornisa de apariencia tradicional. El edificio alberga espacios propios de una casa en su interior y una serie de locales comerciales hacia el exterior en clara alusión a la tradición de los portales de la tradición mediterránea.

El inmueble cuya autoría es del arquitecto español nacionalizado mexicano José Luis Ezquerra de la Colina (1934-2016) –autor, entre otras cosas, de todo el concepto arquitectónico de Las Hadas en Manzanillo- es un ejemplo de la posmodernidad arquitectónica que poco a poco ha ido ganando su espacio en el lugar, la calle Venustiano Carranza frente al templo de Nuestra Señora del Rosario -La Merced-, sitio que en su aparente pertenencia a la tradición, posee modelos de arquitectura de inicios de la industrialización del estado, algunos más afines a las tendencias del siglo XX y todo conviviendo con ejemplos arquitectónicos de procedencia barroca, clasicista y neogótica; en ese contexto el conjunto ha ido agregando la posmodernidad a la paleta de su entorno, siendo apropiado por la población acalitana como parte inherente de Aguascalientes.

Al igual que la modernidad, la posmodernidad es una actitud, una manera de concebir el paso del tiempo, más que una serie de formas y concepciones estéticas, en ese mismo sentido no puede abordarse bajo un determinismo de lo que es bueno o lo que es malo pues al final cada época va dejando tras de sí edificaciones que con mucha o poca elocuencia hablan de su momento.