Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Uno, pomposo que es, aire de suficiencia, posesivo, se adueña de los personajes que circunstancialmente, casi todos, confluyeron en su formación profesional, los mienta, los pregona, los lleva como pin en la solapa, algunos como escapulario y, ¿quién sabe si ellos, los maestros, los de a deveras, ahora te reconocerían o te aceptarían como su alumno?.

En una época en que en Aguascalientes sólo existía como organismo de educación superior el Instituto Tecnológico Regional, los egresados de la “Prepa” con vocación para los estudios universitarios, o quizá sólo con el ánimo de retrasar unos años el tenernos que enfrentar el ganar el pan con el sudor de nuestra frente, nos veíamos obligados a emigrar, algunos elegimos la Ciudad         de México y algunos menos fuimos elegidos por la Universidad Nacional Autónoma de México, y de entre esos un puñado ingresamos a la Facultad de Derecho, con un recuerdo emocionado ofrezco algunas pinceladas, no se si de los mejores, pero sí de los que dejaron una huella mas profunda.

Don Luis Recaséns Siches, aunque nacido en Guatemala su nacionalidad era española, su padre trabajaba en el servicio exterior y circunstancialmente nació chapín. Discípulo de José Ortega Gasset, al que el prefería llamar simplemente “Ortega” como le llamaban los cercanos, compañero de Zubiri, de García Morente, de García Baca, filósofo y sociólogo del Derecho, cuando el triunfo de la derecha en la revolución española hizo emigrar a los republicanos en busca de la libertad y de un espacio propicio para continuar su obra intelectual, Recaséns se refugió en París, trabajó para la ONU, y luego de explorar otras posibilidades optó por México donde realizó una fructífera labor como profesor de Introducción al estudio del Derecho, Sociología y Filosofía del Derecho. Un caballero con señorío, dotado de una cultura, una sensibilidad y un conocimiento profundo de su materia. Ceseando solía decir cuando los temas llevaban a la equidad de géneros: “Soy feminista, sin que eso quiera decir que sea afeminado ni mujeriego”.

Don Rafael Rojina Villegas, ameritado jurista con una trayectoria en la docencia y la investigación jurídica y en ese tiempo uno de los mas destacados ministros de la Suprema Corte de Justicia, autor de una obra monumental “Derecho Civil Mexicano” comparable a la de Marcel Planiol y Julian Bonnecase, de quienes abrevó conocimientos que luego transmutó en sabiduría. Era un hombre de mediana estatura, rechoncho, mofletudo y colorado, peinado relamido, con una voz atiplada pero con una presencia y un porte que imponía el respeto que su figura no propiciaba. Vestido impecablemente con trajes de sedalana y corbatas que combinaban, hacía su aparición en el salón de clases, luego de que su secretario de estudio y cuenta Martín Antonio Ríos, preparaba el escenario, acomodaba y probaba una grabadora de alambre, anunciaba: el señor ministro Don Rafael Rojina Villegas. Entraba, saludaba y comenzaba a dictar su clase. No faltaba algún ruido, estornudo, o cuchicheo y la respuesta de la voz chillona del maestro: ¡Insolente! Me vas a echar a perder la grabación.

Don Ignacio Burgoa Orihuela, había sido un estudiante brillante, con una carrera exitosa en la judicatura federal, un estudioso que se había hecho notar por su obra magna que escribió siendo muy joven “El juicio de Amparo”. Como juez de distrito por la década de los años 50s del siglo pasado, cuando la llamada huelga de los camioneros en la Ciudad de México, concedió suspensiones de amparo que enojaron a la autoridad. Habría que recordar la represión del presidente mejor recordado de México, incluyendo la encarcelación de Valentín Campa, Demetrio Vallejo y David Alfaro Siqueiros y el asesinato de Rubén Jaramillo. Burgoa tuvo que dejar la judicatura y se dedicó al litigio, la asesoría jurídica y la enseñanza. Sin duda uno de los mas brillantes juristas de su generación, desde luego un auténtico “showman” el espectáculo de la personalidad, de la inteligencia y de la sapiencia, un maestro en toda la extensión de la palabra…a condición de que no se le cuestionara.

Don Alberto Trueba Urbina, por ese tiempo siendo ya un hombre de la tercera edad, estrenó un automóvil Plymouth Barracuda. ¡Maestro, le dije, y eso, no que usted es defensor del proletariado, este es un carro burgués!, me contestó vehemente como era todo él: Este va con mi espíritu juvenil, es cierto, tengo dinero, pero mi dinero no lo hice de explotar a los pobres, lo hice de volver patriota al traidor, de hacer valiente al cobarde, de transformar en inteligente al zafio, ¡No te olvides que yo fui jilguero del PRI!. Su cátedra era de Derecho del Trabajo y dirigía también el Seminario de la materia. Su día empezaba con una clase tempranera, luego se dirigía a los Tribunales de Conciliación y Arbitraje, era un litigante destacado que solamente patrocinaba a trabajadores y de manera preferencial a sindicatos combativos. Después a sus oficinas que compartía con su hijo Jorge Trueba Barrera, talentoso jurista que muriera prematuramente, víctima de una artera enfermedad incurable. Luego de comer que solía hacerlo en su casa, a las 4 ya estaba de regreso en el Seminario de Derecho del Trabajo. Impartía sus clases de 5 a 7, de vuelta al Seminario y a las 8 a sus oficinas de Ave. Insurgentes 300, donde atendía a su clientela, revisaba sus escritos, ponía al día sus obras y al filo de la medianoche terminaba su día de trabajo.

Don Rafael Preciado Hernández, un señorón que rezumaba bondad y sapiencia, combinaba su trabajo como abogado y su labor en la docencia, con una actividad política que entonces era heroica. Digno sucesor de los fundadores del PAN, don Rafael, luego de un trabajo partidista denodado, pero sobre todo de honradez intelectual, de conducta personal intachable, profesional del derecho sin una tacha, creyente convencido, católico ejemplar, modelo de congruencia. Fue también Senador de la República combativo pero respetuoso. Su formación y su convicción lo hizo ser un paradigma del pensamiento jurídico iusnaturalista. En un momento en que en la Facultad de Derecho privaba una corriente que se acercaba mas al sociologismo de Rudolph Stammler, al pensamiento formalista de Hans Kelsen, del cual eran magníficos exponentes Yolanda Higareda Loyden, Fausto Vallado Berrón, Ulises Schmill y otros más, Don Rafael, fiel a su congruencia vivía sus convicciones y éstas determinaban su vida. Su libro Lecciones Preliminares de Filosofía del Derecho, es un tratado accesible de la filosofía heredera de Jaques Maritain.

El espacio se acabó, pero no los recuerdos y especialmente la gratitud. Sirvan estas pinceladas para en mis maestros reconocer a todos los que hacen de su vida un magisterio y del magisterio una vocación ejemplar.

 

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