Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Permítame una acotación sobre el llevado y traído asunto de la Central Camionera, antes de cambiar de tema. La semana recién finada me encontré a mi maestro Ricardo Vázquez Flores quien, a propósito de estas entregas sobre la historia de la Central Camionera, me comentó que con anterioridad a la construcción de este conjunto de instalaciones, los alrededores del Teatro Morelos; en lo que hoy es la Plaza de la Convención y antes fue la Plaza de la República, se convirtieron en lo más cercano a una terminal de transporte foráneo porque, aparte de los Ómnibus de México, que tuvieron en la esquina un edificio en toda forma, también llegaban ahí –de esto sí no me acuerdo-, y ahí se estacionaban los Autobuses Centrales de México Flecha Amarilla, y los Transportes Guadalupanos, sus unidades rodeadas de una mezcla de humo y ruido, efectos perversos del progreso.

Por cierto que en este año de disputa por la nación, se cumplen 50 del cierre de ese espacio –que como calle creo que llevó el nombre del primer emperador de México, don Agustín de Iturbide; creo-, y su conversión en Plaza de la República, en lo que fue una de las últimas obras emprendidas por la administración del gobernador Enrique Olivares Santana, que llegó a su fin en noviembre del fatídico año de 1968.

Más o menos al mismo tiempo –cualquier coincidencia es eso: una coincidencia- en el poniente de catedral se derribaron los viejos anexos –había ahí un saloncito que fungía como sala cinematográfica-, que no formaban parte de la construcción original, y fueron sustituidos por la edificación actual, misma que hasta hace unos pocos años sirvió como oficinas del gobierno diocesano. Por cierto que en la fachada de este edificio, mirando al poniente, se colgaron un letrero y una mitra, símbolo de la autoridad episcopal, todo hecho de hierro forjado. El letrero decía –dice todavía- “unir, servir”, y mire lo que son las cosas, como si la leyenda pareciera el preludio paradójico de lo que ocurrió a mediados de la década siguiente, la grave división que imperó en el clero diocesano…

No me haga caso, pero como que me acuerdo que el responsable de ambas obras fue el llamado entre nosotros “arquitecto de Dios”, Francisco Aguayo Mora, sin duda un personaje cuyas obras le otorgaron un lugar en la historia de la arquitectura de la Suave Matria.

Y ahora sí, regreso al tema del Castillo Ortega, y no pararé hasta concluir, lo cual ocurrirá, aproximadamente, hacia fines de junio próximo, teniendo en cuenta que ya el año anterior le dediqué varias entregas a este lugar…

Así que corre y se va… De seguro se le conoce como Castillo Douglas por su naturaleza; por su arquitectura, digamos, exótica; extranjera, porque es un castillo, pues; un tipo de construcción que no es propio de estas tierras, donde nunca hubo señores feudales ni dragones. Que yo sepa, por aquí sólo hay dos ejemplares de este tipo de construcción: el de la avenida Vázquez del Mercado y otro que existe en la orilla oriental de la cortina de la Presa Calles, en San José de Gracia, aunque este último no cuenta con foso, ni se asoman por sus ventanas damas a la espera del caballero que las corteje y les brinde sus hazañas y, peor aún, está a nivel de banqueta. Un castillo que mínimamente se respete; muy mínimamente, debe estar a cuando menos un metro de altura por encima de su entorno, y contar con un foso que lo separe del común de los mortales, cosa que tampoco tiene el castillo de San José de Gracia, que, creo es utilizado por la Comisión Nacional del Agua como observatorio meteorológico.

Por otra parte, otro elemento que contribuye a que se le conozca como Douglas es que este, el segundo apellido de su dueño, no es de estas tierras, y por eso se le aplica a la edificación. En efecto, quien ordenó la edificación fue el abogado Edmundo Ortega Douglas, hijo de Adela Douglas, a su vez hija del inglés John Douglas, avecindado en estos lares hacia principios del siglo anterior.

En todo caso sería Castillo Ortega Douglas, u Ortega Llaguno, me dice el custodio de la edificación, el señor don Juan Dávila, este último por el apellido por la esposa del abogado Edmundo Ortega, la señora María del Carmen Llaguno Cansino, en cuyo honor se edificó la fortaleza.

Entonces le pregunto a don Juan, que me mostró el lugar, del por qué de su interés en este asunto del nombre; que se conozca como Castillo Ortega. Don Juan contesta: “La verdad no sé, pero yo siento este lugar como mi casa; como mi segunda casa. De niño anduve aquí corriendo, y siento un gran cariño por el castillo”. Eso me gusta, la conciencia del valor del nombre, de como el nombre; nuestro nombre anda de arriba para abajo con nosotros y no se nos despega ni un solo momento. Por eso es importante cuidarlo y, de ser posible, honrarlo; enriquecerlo. Quizá el nombre sea uno de los primeros signos de identidad. ‘Ire: una vez comenzó a perderse esto del nombre, y no me gustó. La gente decía: Vamos a la Corte, por el merendero que estuvo aquí, y pues no.”(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).

 

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