Josemaría León Lara Díaz Torre

 

Por ser doce de diciembre podría escribir de la festividad de la Virgen de Guadalupe puesto que según las cifras arrojadas por el Censo de Población y Vivienda del año 2010 efectuado por el INEGI, somos 83.9% de mexicanos que profesamos la fe católica. A nivel nacional el día de hoy es día de asueto más no de carácter obligatorio, ya que no es señalado por la Ley Federal del Trabajo en su Artículo 74.

La Virgen de Guadalupe ha sido un símbolo de unidad del pueblo mexicano y no es necesario hacer una búsqueda histórica agotadora para darnos cuenta que fue la imagen plasmada en el primer estandarte en búsqueda del México Independiente. Es por eso que independientemente de la fe que se practique, en México nunca dejaremos de ser un pueblo Guadalupano.

Las cifras dicen que una vasta mayoría de mexicanos somos católicos pero son muy pocos los que en verdad practican. El católico mexicano promedio vivirá su religión a través de su existencia bajo dos vertientes aún más “sagradas” que el propio dogma romano, estos son: ¡Viva la Virgen de Guadalupe! y ¡Juan Pablo II te quiere todo el mundo! Y bajo este supuesto queda en claro que hasta para practicar una religión, el mexicano es mediocre y comodino.

Entrando en contexto y regresando a lo planteado desde el primer párrafo, queda claro que el Estado Mexicano no reconoce como día oficial de asueto una festividad de los creyentes católicos, a pesar de que es una tradición innegable desde tiempos de la Colonia.

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en sus artículos 24 y 130 establecen las reglas claras sobre la libertad del ciudadano de profesar el culto de su preferencia así como establecer de manera clara y concisa la separación del Estado y las Iglesias. Y al ser un tema de importancia real la misma Carta Magna reglamenta la creación de una ley sobre la materia que lleva por nombre La Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público.

A diferencia de los Estados Confesionales donde una religión es la oficial para todos los pobladores dentro de una misma demarcación territorial soberana, el Estado Laico es aquel donde la ley protege y respeta la decisión de elección libre de los ciudadanos de qué fe es la propia.

Históricamente, después de la consumación del movimiento de independencia, el país naciente no podía negar la importancia social, política y económica que tuvo la iglesia en la Nueva España, por lo que nuestra primera constitución del año 1824, la religión oficial era la Católica. Con la llegada de la reforma y la constitución de 1857, el estado mexicano se secularizó y dejó clara la distinción entre Iglesia y Estado.

Después de la Revolución comenzó una nueva guerra civil y fue sobre todo en estas tierras del Bajío, donde los mexicanos llamados cristeros unieron fuerzas contra el nuevo régimen, para defender su libertad religiosa y de culto.

Mas no fue sino hasta el año 1992, mediante una reforma constitucional, donde la soberanía del Estado respetaría la autonomía de la Iglesia. Y deja en claro un mensaje histórico importante en el sexenio de Carlos Salinas, puesto que a partir de ese momento cambia el protocolo de los actos oficiales del gobierno federal al invitar a representantes de las iglesias a las primeras filas, demostrando reciprocidad respetuosa entre el poder civil y el religioso. “Dad, pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. (Mt 22,21).

Como mexicanos debemos sentir paz, porque somos libres de profesar la religión que se acomode más a nuestra realidad, porque aquello que toca al corazón del hombre es algo sumamente personal e individual y nadie puede obligarte a creer en algo, como tampoco te pueden obligar a no creer en nada pues en ambos casos atentan contra la libertad de culto.

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