Josemaría León Lara Díaz Torre

En repetidas ocasiones en este mismo espacio, he hecho un constante llamado al diálogo y a la unidad entre los mexicanos. Siempre he creído que un pueblo que trabaja unido puede derrumbar cualquier barrera que impida alcanzar el bien común. También siempre he creído, a pesar de las múltiples decepciones con las que nos encontramos día con día, el pueblo de México es mucho más grande de lo que en verdad creemos.
Especulaciones, desinformación, oportunistas que crean confusión, son solo algunas de las situaciones que se han presentado hasta ahora acerca del sismo de hace tres días, que afectó en su mayoría al altiplano central mexicano. Lo que sí se puede entender como una máxima, a pesar de los avances tecnológicos, es que la naturaleza es completamente impredecible.
A pesar de no creer en las casualidades, el preciso hecho de que el sismo ocurriera exactamente el mismo día treinta y dos años después ciertamente que es una macabra coincidencia. No falta quien quiera ver esto como una señal o como un presagio, lo que sí pasó, es que, gracias al simulacro en memoria de la tragedia de 1985, mucha gente permanecía fuera de los edificios cuando el martes pasado comenzó a temblar.
También en este espacio, he criticado la falta de memoria que nos caracteriza como pueblo, lo cual ha provocado que nos sigamos tropezando con las mismas piedras, más no siempre es así. El terremoto del 85 marcó un antes y un después en la historia contemporánea de México; pues se tomó conciencia de la fragilidad y vulnerabilidad de la Ciudad de México frente al poder destructor de la naturaleza, lo que ayudó a la creación de protocolos, alarmas y una reingeniería de la construcción.
Son estos factores los que, de manera indirecta o indirecta, ayudaron a que la tragedia que se vivió esta semana, no fuese del tamaño esperado de acuerdo a un sismo de magnitud 7.1 grados sobre la escala de Richter.
El miedo, la tragedia, la incertidumbre y la desesperación, se hicieron presentes en la Ciudad de México, en Morelos, Guerrero, Puebla y el Estado de México; su presencia prevalecerá por mucho tiempo y la resignación tardará en llegar, pero aun así, es de verdad laudable la actitud del pueblo de México frente a esta terrible tragedia.
No tengo las palabras suficientes para poder reconocer y admirar la labor de nuestras fuerzas armadas, del personal de protección civil, de personal médico, de bomberos, de policías y de la sociedad en general; pues han antepuesto su integridad y propia vida para llevar a cabo las labores de rescate de quienes se encuentran o encontraban bajo los escombros.
Sin importar credos, ideologías, afiliaciones partidistas o condición social, el día de hoy veo un México unido, organizado y con disposición ciega de ayudar, cara a la tragedia del pasado martes. México no se ha quedado de brazos cruzados ante la desgracia y se está demostrando a sí mismo, que cuando se quiere, se puede. Hoy me siento profundamente orgulloso de este país, así como del enorme corazón de su gente; pues, aunque la fuerza de la naturaleza o amenazas del exterior puedan afectarnos, México jamás será vencido.