Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Se atribuye a Benjamín Disraeli, notable político inglés la frase: “Hay mentiras, mentirotas y estadísticas”, lo que habla, entiendo, de cómo pueden malinterpretarse los datos. Es famoso el ejemplo del pollo: si un día mi vecino se comió un pollo y yo me la pasé en ayunas, estadísticamente cada uno comimos medio pollo. Es famoso también el pensamiento de Goebbles el gran publirrelacionista del Führer que, según se dice, afirmaba que una mentira repetida suficientes veces terminaba transformándose en una verdad. Todo mortal, común y corriente, mentimos, según un estudio recientemente publicado por la revista National Geographic, al menos 1.5 veces por día, los políticos quizás, quedarían, como rezaba la censura de las películas que se publicaba en la entrada de los templos católicos, con la peor nota: “Fuera de clasificación por indecente”.

En algún ejemplar de aquella entrañable publicación “Selecciones” del Reader’s Digest, que mi mamá tanto disfrutaba, venía, probablemente en la sección “De la vida real” la nota del ganador de un concurso de mentiras con una historieta que más o menos decía así: “En Alaska, dentro del círculo polar ártico, un cazador de zorras se adentró por un bosque en busca de sus presas. Habiendo caminado un buen trecho y lejos de su campamento fue sorprendido por un feroz oso polar que se abalanzó violentamente hacía él. Asustado echó mano de su escopeta y al pretender cargarla luego de colocar la pólvora se dio cuenta con angustia que había olvidado las municiones. Desesperado y sintiendo cerca su fin rompió a llorar desconsoladamente, pero, ¡héte aquí!, el día era álgido, tanto que sus lágrimas rodaban convertidas en pequeñas esferas, que, ni tardo ni perezoso, discurrió usar como municiones. Cargó la escopeta y apuntó al oso que se encontraba a pocos pasos. Disparó, pero la conflagración de la pólvora hizo que las pequeñas municiones lacrimogénicas se licuaran saliendo convertidas en pequeños chorros de agua salada. La providencia no quería que el cazador falleciera en aquel trance, de modo que los chorros de agua congelados por el terrible frío se convirtieron en filosas dagas que asaetaron al corpulento plantígrado, pero la providencia ni el cazador las tenían todas consigo aquel día, al penetrar en la pelambre el calor guardado hizo que se derritieran, sin embargo derretidas y todo, lograron su cometido (no que no, la providencia) el agua estaba tan fría y le humedeció tanto el pecho siempre tan protegido, que le provocó una pulmonía fulminante y el úrsido murió antes de poder asestar sus zarpazos letales”. Sin duda el cazador de nuestro cuento tenía facultades para hacer una exitosa carrera en la política.

Dicen los psicólogos que aprender a mentir es una etapa natural del desarrollo. Aunque podríamos preguntarnos si en esto mienten los psicólogos. La realidad, dicen, es que la evolución del cerebro y la necesidad de comprender la realidad, y lo que es peor, adecuarnos a un mundo que encontramos ya hecho, con papás, mamás, abuelas, abuelos, hermanas, hermanos, tíos, tías, y lo que puede ser peor, cuñadas y cuñados, hacen que para sobrevivir desde nuestra creencia sentimos la necesidad de hacer pequeñas adecuaciones a lo que decimos, que sin razón alguna los demás pueden calificar de mentiras, trastocando el puro deseo de aceptación o de adecuación.

Hay quien miente para autoengrandecerse, y es el caso de los imitadores, algunos que terminaron haciéndose famosos vendiendo obras que falsificaban y hacían pasar por verdadera. Su habilidad, su ingenio y su destreza, lo hacían capaz de replicar a la perfección un estilo famoso, pero incapaces de poder encontrar un lenguaje propio, se compensaban con el engaño de que hacían objeto a los demás. Por supuesto los hay inofensivos, mentirosos que, con espíritu lúdico inventan sus mentiras desde la mentira. Es decir ellos saben y sus escuchas saben que lo que dicen no es cierto, pero disfrutan creando un mundo fantástico del que disfrutan también sus oyentes. Recuerdo que por breves periodos vivió en Aguascalientes el pintor vasco José María Cundin quien gustaba divertir con las extravagancias de su imaginación. Una noche en el restaurante El Greco lo esperábamos para tomar una cerveza, Humberto Naranjo y yo. Llegó José María tarde y nos explicó que había tomado un camión que inexplicablemente equivocó la ruta y lo llevó por la Alameda, que al cruzar la vía del tren intempestivamente un vehículo que venía en sentido contrario los hizo volcarse y que él perdió el conocimiento, cuando lo recobró, le llevaban en una ambulancia que para ir mas rápido se enfiló por Circunvalación y al pasar frente a la Casa de la Juventud con la velocidad el chofer perdió el control y la camioneta atravesó el vestíbulo librando milagrosamente el mural de Oswaldo Barra, para ir a caer a la alberca. Afortunadamente la ambulancia cerrada herméticamente aguantó hasta que llegaron los buzos del cuerpo de bomberos y la grúa, que trabajando en equipo los hizo regresar a tierra, sanos, salvos y secos. Afortunadamente ileso llegaba todavía a tiempo de tomarse un par de cervezas.

Los hay que aprovechan su habilidad para el engaño encubriéndolo de tintes patrióticos. Es el caso de los espías y más aún de los contraespías. La extraordinaria novela de Gonzalo Torrente Ballester “Quizás nos lleve el viento al infinito”, da cuenta desde la posmodernidad con la anécdota de un contraespía, de la problematicidad del yo, del otro, y de la convivencia y la comunicación. Los grandes estafadores y, ¿por qué no?, también los pequeños, aprovechan sus dotes (¿malas dotes?), para bien: prestidigitadores, magos, ilusionistas, etc., y para mal: paqueros, goligorneros, chaferos, y en general toda esa caterva de mañosos conocidos genéricamente como “piñeros”.

En fin, de todo hay en la viña del señor, y antes de acabar con la paciencia del amable lector, una recomendación de lectura de un clásico americano: “La simulación en la lucha por la vida” de José Ingenieros, en donde a partir de la anécdota de una pequeña borraja que parecía ascender sola por la pared y que camuflaba a una diminuta araña, desarrolla un extraordinario ensayo del papel, muchas veces necesario, de la simulación para la sobrevivencia.

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