Luis Muñoz Fernández

Y, en general (aunque la situación ya ha empezado a invertirse), el científico no suele detenerse a evaluar los riesgos de las consecuencias de lo que produce. En otras palabras, la comunidad científica “genera muy poca opinión científica”. Y si la comunidad científica no la genera (no tiene costumbre de debatir dentro de la propia comunidad científica este tipo de temas), entonces difícilmente se generará opinión científica en la sociedad. Compárese por ejemplo el volumen de opinión científica con el volumen de opinión política, económica, artística y, sobre todo, ¡deportiva! que manejamos cada día. Recuérdese el desconcierto cósmico de los legisladores a la hora de tratar temas sobre la vida humana (aborto, eutanasia… ¿qué es la vida?), sobre el medio ambiente (calidad del agua, del aire, basuras… ¿dónde están los límites?) o la energía (centrales nucleares, pantanos… ¿cuáles son los riesgos?). Está claro que la creación de opinión científica entre científicos todavía necesita estímulos.

Jorge Wagensberg. Ideas sobre la imaginación impura. 53 reflexiones en su propia sustancia, 1999.

 

El pasado 3 de marzo de 2018 murió a los 69 años de edad Jorge Wagensberg Lubinski, científico, escritor, editor y museógrafo catalán que concibió y dirigió el Museu de la Ciència de Barcelona (hoy Cosmocaixa Barcelona) entre 1991 y 2005, referente mundial de los museos dedicados a la divulgación científica. Desde 2013, se desempeñaba como director artístico del Museo del Hermitage en Barcelona, proyecto que todavía permanece inconcluso.

En 1983, fundó y dirigió la colección Metatemas (“libros para pensar la ciencia”) de la Editorial Tusquets, dedicada al pensamiento científico y que cuenta en la actualidad con cerca de 150 títulos, entre ellos varios del propio Wagensberg, el último titulado Sólo se puede tener fe en la duda. Pensamiento concentrado para una realidad dispersa (Metatemas nº 142, Editorial Tusquets, 2018), una recopilación de sus últimos aforismos que publicaba mensualmente en el periódico El País desde 2014.

Según Wagensberg, el aforismo (máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte, señala el diccionario) es el género literario más científico y de aforismos están hechos buena parte de los 20 libros que publicó a lo largo de su vida. Ahora que ha fallecido, sirva como ejemplo de su ingenio este aforismo sobre la muerte:

La muerte es la más sorprendente de las noticias previsibles.

En algunos años después (Now Books, 2015), el libro que dedica a sus memorias, nos enteramos de que sus padres fueron judíos polacos que, por azares del destino, emigraron a Barcelona, salvándose así de una muerte segura durante los terribles años de la dominación nazi. Encontramos en sus páginas verdaderas joyas de sabiduría que son, sin duda, el fruto de la experiencia y las reflexiones de este hombre extraordinario. Vamos a intentar compartirlas aquí.

Siempre admiré las manos de mi abuelo materno y de mi padre, trabajadas, con callos, tras tantos años de usar sus herramientas de mecánicos. Gracias a su trabajo las mías no han sufrido esa transformación, aunque me he dado cuenta que la parte manual de mi profesión (la disección anatómica) tiene un valor muy especial que me es necesaria para conservar cierto equilibrio y perspectiva de la vida.

Jorge Wagensberg admiraba el trabajo manual, particularmente el del herrero. Trató a varios a lo largo de su vida y le encantaba contemplarlos moldear el metal en el taller. Cuando hizo el servicio militar en un grupo de artillería a lomo (de mula), conoció a un sargento herrero que se encargaba del mantenimiento de las herraduras que calzaban mulas y caballos:

Imposible olvidar el amor, la concentración y la dedicación con los que ajustaba y cambiaba las herraduras de las mulas. ¡Cuánta sabiduría, cuánta experiencia, cuánto talento, cuántos recursos, cuánta creatividad en su trabajo! ¡Cómo se le veía disfrutar luego contemplando su obra con la cabeza ladeada! ¡Cómo le satisfacía observar a una mula estrenando zapatos nuevos! […] Allí aprendí que la creatividad de un ser humano es su principal fuente de autoestima y equilibrio mental. […] Definitivamente, aunque el herrero de Gardeny no lo hubiera reconocido nunca explícitamente, una herradura bien hecha, bien calzada y bien ajustada era algo más trascendente  e importante que el propio ejército o que la mismísima patria. O digamos, por decirlo de otro modo, que calzar una buena herradura era la mejor manera, quizá la única para él, de servir al ejército o a la patria. Hay una honda trascendencia en esta actitud: el proyecto por delante de las identidades individuales o institucionales (las negritas son mías).

Pienso que aquellos directivos del ámbito sanitario y universitario tan numerosos hoy, que anteponen con ciega convicción “la organización” y “el sistema” a los “recursos humanos operativos”, deberían tomar atenta nota del párrafo precedente.

En relación con lo anterior, Wagensberg dice en un par de sus queridos aforismos:

Existen dos clases fundamentales de personas: las que van a favor de los proyectos y las que van a favor de sí mismas.

Los proyectos tienden a empezar bien impulsados por las personas que van a favor de los proyectos y suelen terminar mal a medida que van cayendo en manos de personas que van a favor de sí mismas.

¡Qué relevantes me parecen los dos aforismos en estos momentos cuando iniciamos labores en el nuevo Centenario Hospital Hidalgo! No me cabe duda que durante el proceso de su construcción y puesta en operación hemos podido constatar la existencia e influencia de ambas clases de personas.

Jorge Wagensberg siempre agradeció el acierto de sus padres al inscribirlo en instituciones laicas (la Escuela Suiza y el Liceo Francés de Barcelona) durante sus años de formación escolar básica:

Hoy, algunos años después, estoy convencido de que una escuela no está para promocionar creencias ni tradiciones. Cuando la cultura se inyecta en un cerebro en formación, lo cultural acaba confundiéndose con lo natural y las creencias se incorporan a la mente como si formaran parte inseparable de su identidad. Quiero insistir en esto: cuando lo cultural es demasiado precoz, se transforma en natural y esto significa que una creencia puede hacerse perenne e intocable, inmune a toda duda o a toda crítica. Las identificaciones colectivas religiosas, nacionales, deportivas, de vecindario o de cualquier otra índole deben cultivarse aparte, en la intimidad de la familia, en grupos de familias, en comunidades, en clubs, en cualquier colectivo que haga de esas creencias y tradiciones una identidad compartida, pero que nunca se puedan confundir con la verdad gobernada por la razón. Esa es la trampa: vender irracionalidades por los pasillos del templo de la razón. Las creencias inyectadas en mentes en formación funcionan como una eventual fábrica de fanáticos (las negritas son mías).

Hoy sufrimos en todo el mundo la nefasta influencia de fanáticos que ostentan puestos de poder y que nos están llevando a una gravísima crisis de proporciones planetarias. Y no hace falta ir tan lejos para comprobar como en nuestra sociedad y al amparo de las creencias religiosas se violan sistemáticamente los derechos humanos de las minorías. Mal asunto. La ética laica como forma de vida parece todavía inalcanzable. El bien común no está de moda.

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