Luis Muñoz Fernández

Los médicos en campos de alta carga emocional conocían a sus pacientes en momentos cruciales, los más auténticos, donde la vida y la identidad estaban bajo amenaza; su deber incluía indagar qué volvía digna de ser vivida la existencia de cada paciente, y hacer planes para, en la medida de lo posible, salvar esas cosas, o para permitir la paz de la muerte en caso contrario. Ese poder requería una responsabilidad inmensa, compartir la culpa y la recriminación.

Paul Kalanithi. El buen doctor, 2016.

 

Este miércoles 15 de noviembre de 2017 fuimos al Nuevo Hospital Hidalgo. Somos parte del grupo pionero que iniciará la migración desde el viejo Centenario a las nuevas instalaciones. ¿Será la primera vez que se organiza una migración de un hospital a otro en la historia de Aguascalientes? No lo sabemos con certeza, pero es muy probable. Lo que sí sabemos es que será una experiencia tan novedosa como compleja, que muchos, aliados y detractores, pondrán sus ojos sobre nosotros. Somos conscientes, sentimos sus miradas.

Sabemos que una obra así, la más ambiciosa –sana ambición, sin duda–en cuanto a infraestructura hospitalaria en toda la historia del Estado de Aguascalientes se refiere, no puede estar exenta de dificultades económicas, políticas, sociales, etc. De todas ellas, la más difícil de superar es la resistencia al cambio. La inercia es una fuerza poderosa.

La rutina es capaz de erosionar el entusiasmo. Y entusiasmo es aquí una palabra clave que, a diferencia de las muchas que se pronuncian en el ámbito público, no es una expresión vacía. Recordemos su etimología. Entusiasmo viene del griego entheos o enthous, “que lleva a Dios (Theus = Zeus) dentro”. Y se dice que para los griegos, la persona entusiasta era tomada por uno de los dioses, guiada por la propia fuerza y sabiduría de su entusiasmo, y recibía un don: poder interactuar con la naturaleza y transformarla.

En este momento histórico de la medicina pública en Aguascalientes, ser entusiastas es fundamental para quienes participamos en este proyecto. Precisamente por el don que ello implica y que ya señalaban los antiguos griegos: la capacidad de transformar la realidad. Realidad que nos pide a gritos ser transformada. Realidad de los aguascalentenses más necesitados, que cifran su esperanza en tener muy pronto un hospital para ser atendidos sin merma de su dignidad, con humanidad y profesionalismo.

Ha llegado el momento de poner al día la medicina hospitalaria en Aguascalientes. De abandonar conceptos que, por obsoletos, inciden negativamente en la calidad de la atención médica que se brinda a los enfermos más desamparados. De poner a su servicio las mejores instalaciones, con espacios estéticamente bellos a la par de funcionales, y los mejores equipos, tanto tecnológicos como humanos. No los llamo recursos humanos porque me acuerdo de Kant quien, en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785), señalaba que las cosas materiales (los recursos) tienen precio, pero que los seres humanos no lo tenemos por que lo que tenemos es dignidad. Y el centro de un hospital es, o debería ser, el ser humano que sufre.

Ayer escuchamos al doctor Carlos Gaitán Mercado que coordina la parte clínica de la migración. Sus palabras nos transmitieron el conocimiento del nuevo terreno que nos disponemos a pisar. También nos transmitieron la confianza y seguridad de las autoridades del Hospital encabezadas por el doctor Armando Ramírez Loza. Es decir, que nuestro entusiasmo se acompaña del conocimiento y la seguridad que lo afirman y lo vuelven determinación.

Al final, como deferencia a su trascendente papel de pionero del proyecto, escuchamos también al doctor Gerónimo Aguayo Leytte. Habló de la migración como una metamorfosis. En sus palabras, la mudanza se transformó en la muda con la que algunos seres vivos se renuevan dejando atrás la piel reseca que les impide crecer.

Y no se refería al cambio de edificio, sino a un cambio radical de actitud. De abandonar con la vieja casa las malas costumbres, los vicios que con el paso de los años hemos dejado que se apropien de nuestros pensamientos y, triste es reconocerlo, también de nuestras acciones. Esa indolencia que se nutre del error de pensar que la atención en el hospital público no tiene por qué tener el esmero que le profesamos a los pacientes en la práctica privada. El dolor y el sufrimiento no conocen de clases sociales, pero se ceban con particular saña en quienes no disponen de medios para paliarlos.

Cambio de aires, cambio de actitudes. Se necesita audacia para lo uno y para lo otro. De todos los vicios a los que aludía el doctor Aguayo, uno de los más arraigados y corrosivos es la fatalidad, esa pasividad teñida de pesimismo que tanto ha lastrado los esfuerzos por cambiar… de aires y de actitudes. La fatalidad que marca el camino de muchos viejos, pero no de todos ellos. Hablando de médicos, hay viejos jóvenes, que han sabido guardar lo mejor de su juventud para cuando llevan el camino avanzado. Y hay jóvenes viejos, decrépitos prematuros de los que es mejor no acordarse.

Un hospital público es la expresión más tangible de la justicia social, porque se construye y mantiene con el dinero de todos y se pone al servicio de los que nada tienen. Pero además, es un retrato de la sociedad en la que se encuentra y del tiempo en el que transcurren sus días. Es lo que afirma el poeta Sekulowski, uno de los personajes de la novela El hospital de la transfiguración (1948), la primera novela del escritor polaco Stanislaw Lem, cuya trama transcurre en un hospital psiquiátrico rural durante la ocupación de Polonia por los nazis en la Segunda Guerra Mundial:

Pero cuénteme, cuénteme, doctor, le estoy escuchando. Usted es quien anda buscando algo y ha ido a caer en el lugar perfecto. Los manicomios siempre han destilado el espíritu de la época. Todas las deformaciones, las jorobas psíquicas y las excentricidades están tan diluidas en la sociedad que resulta difícil percibirlas, pero aquí, concentradas, revelan claramente el rostro de los tiempos que vivimos. Los manicomios son los museos de las almas…

No podemos anticipar con precisión el impacto que tendrá el Nuevo Hospital Hidalgo una vez que entre de lleno en funciones. Pero podemos suponer sin temor a equivocarnos que ese impacto se notará en varios ámbitos de la vida de nuestro Estado y la región que lo circunda. Aprovechemos para señalar que esa influencia regional, indudable y benéfica desde hace décadas, no ha sido todavía reconocida por la Secretaría de Salud federal con el respaldo presupuestal que en justicia le corresponde.

El impacto positivo en la calidad de la atención médica es esperable. Con los equipos técnicos y humanos que ya tenemos y los que se consigan en el futuro próximo, aunados a un entorno cómodo, estimulante y seguro, el cuidado de la salud y la vida de los enfermos deberá ser mejor, más eficaz y, por qué no, más eficiente.

¿Qué impacto tendrá el Nuevo Hospital Hidalgo en los futuros médicos generales y especialistas que se formen en Aguascalientes? Se anticipa de enorme calado. La experiencia imprimirá una huella indeleble en quienes se entreguen sin reservas a ser educados en un entorno académico (educativo y de investigación) y asistencial como el que se pretende tener en el Nuevo Hospital. Si los involucrados (universidades y Sector Salud) aprovechan la oportunidad, la enseñanza de la medicina y de las disciplinas afines ascenderá de nivel.

Entusiasmo, “ese dios interior”, como decía Pasteur, es lo que deberá distinguir a los médicos que trabajen en el Nuevo Hospital Hidalgo. Médicos entusiastas para un nuevo hospital.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com

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