Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Sorprende que un aspirante a la Presidencia de la República pretenda echar atrás la Reforma Educativa en proceso, sin proponer nada a cambio. Para transformar un macro programa, del cual depende la educación del país, mínimamente debe haber una evaluación de lo que está en marcha y, sobre todo, de sus resultados; y si éstos no son satisfactorios, entonces sí debe presentarse una nueva propuesta que supere las debilidades del programa en vigor y no, simple y llanamente,  pretender suprimirlo sin ninguna otra visión.

López Obrador ya tiene tiempo divulgando que, de llegar a la Presidencia de la República echará para atrás la actual Reforma Educativa; pero, entiéndase bien, más que estar contra la Reforma en sí, lo que realmente le interesa es ganarse las simpatías de aquellos que se resisten a la evaluación, por eso insinúa suprimir ésta; sin importarle las graves consecuencias de su demagogia. Suponiendo que echara para atrás la Reforma, pero al no plantear alguna otra alternativa, entonces se tendría que regresar a los usos, abusos y costumbres que imperaban antes de la Reforma Educativa; esto es, se volvería a las insolentes prácticas largamente abanderadas por la Coordinadora o por la Disidencia Magisterial. De tal suerte que en lugar de  exámenes de oposición para seleccionar a los mejores maestros, las plazas se volverían a vender a los mejores postores; en lugar de aumentar salarios y horas a los maestros con base en los resultados de las evaluaciones profesionales, los incrementos se darían a los familiares, a los cuates y a los hijos de los compadres;  los ascensos y los cambios de adscripción nuevamente se otorgarían en trueque por favores denigrantes; en lugar de la evaluación del desempeño, los docentes trabajarían técnico – pedagógicamente como mejor quisieran, sin preocuparse mucho del aprendizaje de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes. Y en relación con la estructura organizacional del sector educativo, regresaría el predominio de los vicios sindicales cínicamente sostenidos por la Disidencia; entonces, la Coordinadora volvería a determinar a qué autoridad quitar y a quién poner; la Coordinadora volvería a tomar la decisión de cómo distribuir y qué destino darle al presupuesto federal y estatal. En pocas palabras, si López Obrador echara para atrás la Reforma Educativa, se regresaría a los viejos vicios de los tiempos más oscuros y ruines de la educación. ¿Y los aprendizajes de los alumnos? Esos no le importan al eterno candidato; le importan los votos a como dé  lugar por la ambición que tiene del poder, por la obsesión de lograr la omnipotencia, sin importarle el imperio de la anarquía en el Sistema Educativo como ha sucedido en Oaxaca, Guerrero y Michoacán.

Esta forma de pesar y de intentar ganar votos, no es propio de un político de izquierda, no es propio de un político progresista, no es propio de un político que piense en México; sino de un político obsesionado por alcanzar el poder, utilizando medios aunque éstos no sean los más prudentes, los más honestos  y los más responsables. Los habitantes del país merecen mejores propuestas, propuestas viables que realmente beneficien a todos por igual y que construyan un México de bienestar.

La actual Reforma Educativa no fue producto de una ocurrencia, sino el resultado de una serie de aspiraciones sobrada  y ampliamente requeridas por la población; tampoco partió de cero, tuvo como referentes a todos aquellos esfuerzos y avances que generaciones de mexicanos han estado construyendo a través de su Historia. Por tanto, esta Reforma es un esfuerzo más para cambiar aquello que ya no funciona, que ya no responde a las exigencias del presente y del futuro; es un esfuerzo más que contribuye al mejoramiento educativo al que tienen derecho los niños, los adolescentes y los jóvenes de México. ¿Qué es perfectible? Sí, por eso siempre serán bien vistas todas las propuestas que la enriquezcan, pero no dislates.