Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Una tarde mamá, cuando me faltaban dos meses para terminar la primaria, te paraste  frente a mí, con tus dos manos acariciaste mis mejillas y así, agarrando suavemente mi rostro y mirándome a los ojos, me dijiste, “quiero, hijo, que me prometas dos cosas: que termines con buenas calificaciones la primaria y que sigas estudiando hasta terminar una carrera. Si terminas una carrera, podrás conseguir un trabajo digno y tendrás una vida diferente a la que llevamos tu papá y yo. Como estás viendo, mi hijo, nosotros a veces no tenemos qué comer; lo poco que cosecha tu papá, de la siembra, no alcanza para los gastos más necesarios del hogar; y si tú terminas una carrera y consigues un buen trabajo no tendrás las penurias que nosotros padecemos”.

Miré tus ojos, mamá, estaban llenos de lágrimas y sentí que tus palabras salieron de lo más profundo de tu amor. De momento, no supe qué decirte mamá; mis ojos también se llenaron de lágrimas y tan sólo alcancé darte un abrazo y así nos quedamos, abrazados, por un buen rato. Poco a poco fuimos calmando nuestras intensas emociones y volvimos a  la normalidad. Al día siguiente volví al internado de Paracho, donde estudiaba. Cada vez  que estaba en el salón escuchando las clases de mi maestro de sexto, me venían a la mente tus palabras, “quiero que termines con buenas calificaciones la primaria. . .”; ponía mucha atención a las clases y al salir de éstas, me sentaba en alguna parte a estudiarlas; después de comer y después de cenar continuaba estudiando, pues aunque no te dije nada, mamá, yo quería darte la satisfacción de “terminar con buenas calificaciones la primaria”. Al concluir el ciclo escolar, raudo fui contigo para enseñarte mis buenas calificaciones; ¿te acuerdas mamá? Me diste un beso en la mejilla izquierda;  me abrazaste y vi en tus ojos una profunda alegría.

Al día siguiente, mamá, me preguntaste, “¿y dónde vas a seguir estudiando?, ¿qué carrera vas a estudiar?” Corrió un sudor frío por todo mi cuerpo, pues no sabía qué contestarte,  tan sólo te dije tibiamente, “pienso ir al estado de Hidalgo”. (Algunos compañeros de sexto habían comentado que en el estado de Hidalgo existía una normal que aceptaba, desde secundaria, a hijos de indígenas y campesinos; que era un internado donde se brindaban alimentos, hospedaje y otras prestaciones, precisamente para estudiantes pobres). Yo estaba consciente, mamá, que por nuestra extrema pobreza yo no podía estudiar una carrera universitaria; por eso, por salir del paso, simplemente te dije que iría a Hidalgo. Yo conocía el estado de Hidalgo únicamente en el mapa, pero físicamente no sabía dónde quedaba. Mamá, tú me tomaste la palabra y de inmediato indicaste a mi papá que consiguiera dinero para mi pasaje a Hidalgo.

Llegó el tiempo para ingresar a las escuelas. Me aventuré a viajar sólo de Paracho a Hidalgo; preguntando y de milagro llegué a la Normal Rural de El Mexe. Ahí estaban cerca de dos mil aspirantes de toda la República para quedarse únicamente 60. Presenté examen de admisión. Al día siguiente se publicó la lista de aceptados; cuando pude acercarme a la lista busqué mi nombre en ella; leí los nombres hasta el número 30, me angustié porque no aparecía el mío; continué leyendo hasta el número 55 y nada; fue enorme mi desesperación. En eso fijé la vista en el 59, ahí estaba mi nombre. Lo primero que hice fue gritarte, ¡mamá, voy a estudiar la carrera de maestro! Sabía que no me escuchabas, pero estaba seguro que tu corazón lo presentía.

Mamá, la carrera me ha dado una vida decorosa; me siento orgulloso de ser maestro y tú lo supiste en vida. ¡Mamá, no te fallé!