Luis Muñoz Fernández

No nacemos con la buena conducta impresa en los genes por la misma razón que no venimos al mundo con la corrupción determinada por ellos. Las conductas son fruto de complejas interacciones entre la información genética y la influencia medioambiental, como todo aquello que caracteriza a la naturaleza humana.

No será difícil recordar que al principio de la administración federal de Enrique Peña Nieto –al parecer, una de las más corruptas de los tiempos recientes– se discutió el origen de la corrupción en México. Algunos insistían en que la corrupción mexicana es hereditaria, mientras que otros sostenían que es algo aprendido.

La mayoría de los interlocutores de aquel debate, poco versados en las ciencias y las humanidades, plantearon la discusión en términos equivocados, aumentando todavía más la confusión que rodea al tema. Ignorantes de las diferencias entre naturaleza y crianza, acabaron por dejar la polémica en agua de borrajas.

De que la corrupción es uno de los grandes males nacionales, si no es que el mayor, pocos pueden dudarlo. De él se originan casi todos los demás. Por eso debe aplaudirse y apoyarse la iniciativa del actual gobierno para erradicarla de nuestro país. Tarea titánica e imposible de concretar en seis años. Un empeño que no se logrará mientras no tengamos un poder judicial depurado, independiente y comprometido que garantice a toda costa el estado de derecho.

Aunque otros países lo han logrado, uno se pregunta por qué es tan difícil acabar con la corrupción en México. Tal vez una clave se encuentre en “El poder corrompe”, de Gabriel Zaid:

“En México, la corrupción tuvo un papel histórico. No fue una característica desagradable del llamado ‘sistema político mexicano’. Fue el sistema político mexicano: el reparto pacífico del queso, inventado en el siglo XIX y perfeccionado en el XX. Tuvo aceptación social como un mal menor a la guerra civil. Hizo de la buena voluntad un mercado, al margen de la ley, pero también de la violencia. Entronizó al presidente como el Supremo Dador. La tradición ha perdido aceptación, y ya es tiempo de que pase a la historia. La dificultad no está en la naturaleza humana, sino en los ciudadanos que abdican de su libertad y prefieren la sumisión ante el poder dador”.

Basta del “a mí que no me den, sino que me pongan donde hay”.

 

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