JOSÉ LUIS MACÍAS ALONSO

La antropología filosófica es un enfoque del conocimiento del ser humano que busca establecer elementos mínimos constitutivos que tenemos los hombres con la finalidad de comprendernos mejor, reflexionarnos mejor y orientarnos mejor.

Dentro de estos elementos, encontramos después de la condición de ser vivo, la capacidad de intelecto, es decir, la capacidad de asimilar el exterior, de establecer pensamientos y de tener emociones, mismos que, su ejercicio, producen a su vez otra condición del ser que es la libertad.

El asunto resulta lógico e incluso tremendamente evidente, sin embargo, se complejiza cuando añadimos al último de los elementos constitutivos del hombre que tiene que ver con la dimensión del ser y que se refiere a las condiciones de tiempo, modo y lugar en las que una persona existe. No podemos juzgar con el mismo criterio a dos personas que viven en espacios distintos, ni tampoco a dos personas que existieron en momentos diferentes. Así, la antropología filosófica reconoce que si queremos determinar en términos éticos el comportamiento particular de un individuo, debemos de entender que su moral individual está afectada a su condición subjetiva. En concreto: irremediablemente nuestras decisiones están influenciadas por el entorno en que vivimos, de ahí la obligación de comprenderlas siempre dentro del contexto en el que se dan.

Así, los individuos, de manera constante e ineludible, compaginamos dentro de nuestras decisiones a estas condiciones elementales de nuestra existencia. Nuestros pensamientos, nuestras ideas y nuestras emociones siempre se ven afectadas por el entorno que tenemos, ante esto surge una pregunta: ¿Cómo se deben armonizar de forma idónea estas condiciones humanas? No existe respuesta correcta, pues cada caso es distinto del otro y cada ser reacciona de forma diferente incluso en escenarios idénticos; no obstante, si existe una brújula de orientación llamada eticidad humana.

Si vivo en Múnich, Alemania en 1940, las ideas nacionalistas fascistas de Hitler no las debo considerar correctas por el simple hecho de ser las asumidas por el entorno que me rodea. Del mismo modo, no porque exista el record en una ciudad de cero homicidios en 10 años implica que ninguno de sus integrantes una mañana decida dispararle a su vecino. No existen reglas determinantes que nos establezcan que siempre debamos priorizar al pensamiento colectivo del entorno que nos rodea, ni tampoco, debemos asumir que siempre nuestras decisiones serán las mejores, pero, -y aquí viene lo bueno- siempre debemos decidir en base a lo que nuestro criterio ético determine, aún y cuando vaya en contra de la moral del grupo en el que estamos y aún y a sabiendas de que dicha actuación pueda ser un error.

No debemos tener miedo a equivocarnos, el errar es una condición humana, por lo que realmente debemos de sentir pavor es al caer en un status en donde nuestras decisiones se tomen en razón del pensamiento dominante del entorno. Prefiero equivocarme con mis ideas que acertar con las de los otros.

A menudo esta opción de comportamiento tiene bajos índices de popularidad, primero porque a nadie le gusta ser el bicho raro del salón que opina diferente de los demás y luego, porque asumir esta carga ética reflexiva de nuestras decisiones implica responsabilidad y también esfuerzo; es más fácil andar en manada que por cuenta propia.

La posición de asumir que las emociones y pensamientos de los demás deben de ser también las mías, es una traición lamentable a nuestra vida, el dejar de ver hacia dentro por temor a encontrar diferencias con lo de afuera, es cobarde comportamiento que lastima hondo y a largo plazo.

En miles de miles de momentos todos hemos pasado por ratos en donde el dilema gira en torno a hacer lo debido según la moral grupal y lo preferido según nuestro propio ímpetu, ante esto, el factor a considerar sin duda alguna no debe ser la satisfacción hacia los demás, pues de lo que se trata antes que nada, es de hacernos felices a nosotros mismos con nuestros comportamientos; además, tampoco debemos considerar como factor de decisión la posibilidad que tengamos de fallar o de fracasar, pues, como ya dijimos, lo importante no es vivir sin equivocaciones, sino de vivir a nuestra manera. Debe ser patética la vida de alguien que nunca se equivocó y que nunca decidió por cuenta propia.

@licpepemacias