Itzel Vargas Rodríguez

ProvincianosHace pocos días el intelectual Jorge Castañeda Gutman, en una columna de opinión titulada “La disyuntiva de Peña Nieto”, escribió que una de las disyuntivas a las que se enfrenta el Presidente de México es “cambiar a parte de un ‘Gabinete Provinciano’ y sin experiencia de gobierno federal”.

Desde luego, no es el único intelectual que se ha referido a la gente de provincia con menosprecio. También Muñoz Ledo, en una entrevista en la Feria Internacional del Libro, declaró que “las fallas verbales y las lagunas culturales de Vicente Fox eran explicables viniendo de una derecha ‘provinciana’, ranchera.”

Estos sólo son dos ejemplos al respecto, pero podríamos dedicar varias columnas a documentar los muchos casos de declaraciones similares realizadas por diversas figuras con influencia en la opinión pública.

Este tipo de declaraciones sólo son la punta del iceberg respecto a otro tema más de los diversos tipos de discriminación que se viven en México. En nuestro país se discrimina a los pobres, a los “nacos”, a los “prietos”, a los jóvenes, a los homosexuales, a los indígenas, a las mujeres…. y hay que sumarle también a quien no haya nacido o sido educado en la capital del país: a nosotros los provincianos.

No hay duda de que las mejores universidades públicas y privadas del país se encuentran en la Ciudad de México, empezando por nuestra máxima casa de estudios y orgullo nacional, la UNAM. Todos estos centros educativos albergan como catedráticos a la mayoría de las mentes más brillantes del país. Sin embargo, esto no quiere decir que los egresados de las universidades de provincia sepan menos o sean menos capaces, ni que en sus aulas no haya catedráticos de excelencia.

Asumir que un egresado de la UNAM es superior a un egresado de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, es un abyecto tipo de discriminación que no podemos permitir que subsista en nuestros días. La capacidad del egresado no radica en la ubicación de la universidad ni en la marca de la institución educativa, sino en su entrega a los estudios, su dedicación, su esfuerzo, su constancia, así como en sus aptitudes y actitudes; es decir, la capacidad del egresado depende del egresado mismo.

Como ya se ha hecho acertadamente en los temas de discriminación a la mujer e indígenas, la discriminación a los provincianos por parte de las élites educadas en la capital del país, es un tema que debemos incluir en el debate público, ya que sin ser tan notorio, siempre ha estado presente en la vida social, política y económica de México.

Lamentablemente, el tema no se menciona, quizás por una implícita y condescendiente aceptación de su “superioridad intelectual” por parte de esas destacadas figuras hacia esa bola de “indios y rancheros de provincia”, así como por una callada resignación con mirada cabizbaja por parte de algunos de los provincianos al asumir dicha relación de subordinación.

Cabría preguntar a estos intelectuales que se sienten tan superiores al resto de los provincianos, ¿qué están haciendo por impulsar la descentralización de la calidad de la educación en el país? ¿Qué están haciendo ellos para que esta “baja instrucción” de los provincianos se compense? ¿Cómo están promoviendo el surgimiento de talentos en la provincia?

¿O acaso la solución que proponen es simplemente ignorar a esos seres inferiores, los provincianos, y siempre buscar sustituirlos por los ilustrados, eruditos y ultra-capaces educados en y oriundos de la capital del país?

No, señores. Si dan por hecho que existe una menor capacidad de la gente educada en la provincia respecto a la gente educada en la capital, entonces no la juzguen de manera discriminatoria y despectiva ni busquen excluirla. ¡Basta! Mejor propongan e impulsen políticas públicas para compensar dichas deficiencias.

Recordemos que si bien la Ciudad de México y su área metropolitana cuentan con alrededor de 21 millones de habitantes, en el resto del país estamos otros 96 millones de mexicanos que también queremos contribuir al desarrollo de la nación, que también debemos de ser tomados en cuenta, que también soñamos, que también pensamos, que también sabemos y que también podemos.

 

 

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