RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Actualmente estamos observando en Washington una trama que hizo que la serie de Netflix House of Cards ya se haya rebasado, aunque es posible que esta serie haya sido rebasada desde Richard Nixon, ahí se vieron una gran cantidad de truculencias que ahora se nos presentan en un programa que si me lo permiten los que saben de televisión les diría que es la mejor serie que se ha hecho en la historia de la televisión, por la manera en que está escrita; las reflexiones sobre el poder, sobre la ética y la falta de ella. Hoy lo que estamos viendo en la vida real me parece muy estimulante y que es la verdadera plenitud de los pesos y los contrapesos de un sistema democrático, eso que en algún momento maravilló a Tocqueville desde hace ya tantos años, hoy lo estamos viendo activamente en los Estados Unidos cuando un juez puede bloquear una orden discriminatoria del Presidente de los Estados Unidos, ¡un solo juez! En 50 Estados basta con que uno sólo diga “esto no”, para que se eche para atrás el aparato. Estamos viendo por ejemplo que el gobernador de Hawái dice: “Yo no me salgo, en la práctica, del acuerdo de París. Éste Estado va a respetar esos acuerdos y no me importa lo que diga el Presidente, nosotros tenemos otra conciencia de las cosas”. Y después se manda llamar al jefe de la Oficina Federal de Investigaciones, y se le pregunta: Señor Comey diga usted que pasó”. Es como si un comité de la Cámara de Diputados le preguntara al asesor jurídico de la presidencia de la república porqué se va. ¿A ver señor Castillejos, díganos porqué usted renunció? Claro que también le tendrían que haber preguntado porqué llegó. Pero México tiene otro sistema, tiene otra evolución democrática y tiene otra manera de hacer las cosas. Pero lo que pasa en los Estados Unidos es verdaderamente impresionante porque están orillando al Presidente Trump a enfrentarse con sus propias mentiras y le están enseñando a una gran velocidad que él no puede administrar un país como administra sus negocios. Los Estados Unidos no son The Trump Tower en la colina del Capitolio ni en la Casa Blanca. Le están queriendo hacer ver que el poder tiene límites; y el poder delirante tiene más límites todavía. No creo que los Estados Unidos sean jauja, si fueran jauja no hubiera sido posible reunir a la multitud de imbéciles que votaron a favor de Trump, pero una vez que esos imbéciles hicieron su trabajo las instituciones republicanas de ese país están haciendo el suyo, y que un señor diga: “El presidente es un mentiroso, a mi me dijo esto y ahora está diciendo lo contrario. Yo estoy bajo juramento y no puedo cometer perjurio, porque si cometo perjurio es peor que el delito por el cual yo hubiera sido llamado aquí a declarar”. Entonces en ese juego de honrar aquello que ellos “llaman la confianza, la legalidad, el valor de la palabra, el valor del compromiso, el valor de lo pactado, es en lo que quizás exista la mayor fortaleza de los Estados Unidos que podrán salir muy pronto de éste bache de demencia en el cual lo está metiendo éste Presidente que en mala hora llegó a ocupar el cargo en donde alguna vez estuvieron hombres de otra estatura, de otra clase política y de otra clase ética.

 

LaS CÁRCELES

Terrible el asunto de la niña Valeria, el cual no quiero que se malinterprete como una frivolidad, pero me parece que hubo una exposición mediática sobre todo en las redes sociales, casi del tamaño de los quince años de Rubí. Y me refiero a la abundancia de palabras, de mensajes, de especulaciones, de enjuiciamientos, condenas y linchamiento que generó este repugnante asunto del asesinato posterior a la violación y el abuso de todo tipo en contra de ésta desafortunada niña. El asunto que me preocupa es la política de comunicación de las instituciones que no fueron capaces de sobresalir a la espontanea comunicación de las redes y tampoco a la proliferación de mensajes en los medios tradicionales, no para limitar lo que las radiodifusoras, televisoras o los diarios quisieran informar, sino para ofrecer ellos una información que compensara la parte especulativa, la parte amarillista y sensacionalista que sin duda tuvo todo este caso. Escuchaba el viernes por la mañana el noticiero de Ciro Gómez y oí como un presidiario anónimo que habló dijera que ellos, los presos, habían estado muy al pendiente de todo ese asunto por la televisión; y que aparte de todo tenga la facilidad de tener un teléfono para hablar a una radiodifusora durante veinte minutos sin que nadie lo moleste, sin que nadie diga ¿de dónde salió ésta llamada?, sin que nadie sepa lo que está ocurriendo. El informante dice que eso fue una venganza. Y creo que es una venganza tradicional, porque no podemos a estas alturas de la vida decir que no se sabe lo que pasa en las cárceles. No nos podemos escandalizar como ciudadanos cuando un preso dice que en las cárceles se cometen abusos de todo tipo, al amparo de una colusión entre custodios y mafias de los propios grupos carcelarios que toman el control de las prisiones, como lo acabamos de ver en Tamaulipas, en Ciudad Victoria; que las cárceles se autogobiernan en este país y como todo autogobierno tienen su propio “sistema legal”. Entonces creo que la ley de la cárcel, y perdón por el cinismo y por decirlo crudamente, le ahorra a las instituciones el debate moral sobre la pena de muerte. Ya lo sabemos, lo hemos sabido de toda la vida, y no hemos podido desarrollar un sistema carcelario verdaderamente de rehabilitación o por lo menos de confinamiento seguro que garantice la seguridad de los presos y la seguridad de quienes están afuera y que son víctimas de los delitos que los presos cometen desde la cárcel.

Todos estamos contentos porque tenemos un nuevo sistema acusatorio de justicia. Ese sistema acusatorio, según dijo el jefe de gobierno de la Ciudad de México hace unos cuantos días, va a poner en la calle a 15 mil delincuentes. Alguien va a decir que están ahí por haber sido mal juzgados y son inocentes, pero están en la cárcel porque cometieron un delito y punto. Pero van a salir por diferencias de criterio del sistema que los metió y el sistema que los saca. Pero no hemos logrado en este país un sistema de prisiones que logre la finalidad social de la privación de la libertad de quién delinque que es: Primero que no lo haga más y después que pueda reinsertarse en la sociedad luego de haber purgado una sentencia y pagado su culpa y su delito. Hoy nos espanta que ahorcaron a un violador. No nos espantó cuando a ese mismo violador, antes de su proceso ya lo habíamos ahorcado todos. Este fue el segundo ahorcamiento de éste criminal. Pero si vamos a respetar los debidos procesos, hagamos el proceso antes de que los medios expidan su condena. Y esperemos el paso de la justicia y exijamos la justicia, porque más que exigirle a los criminales que no apliquen sus códigos dentro de las cárceles, tenemos que exigirle a las autoridades que haya cárceles en las que no se puedan aplicar esos “códigos de justicia”. Ellos entienden que al que violó le debe pasar lo mismo que él hizo. Y después lo paga con la vida, sobre todo cuando se trata de menores. Ellos no debaten sobre la justicia inminente que merece cualquier ser humano delincuente o no. Ellos saben que una gente así no tiene remedio y como no tiene remedio tampoco tiene derecho a estar vivo. Y por eso los ahorcan, los acuchillan, los matan, y dice el informante anónimo que los electrocutan, que se les pasa la mano cuando los electrocutan.

Ese es el problema de las cárceles. Nos quejamos de lo que ocurre dentro de la cárcel sin darnos cuenta que en las cárceles ocurre lo mismo que ocurre afuera, pero solamente en un universo condensado, focalizado y absolutamente polarizado por la desgracia y por la frustración de la pérdida de la libertad.