David Reynoso Rivera Río

Hace apenas unas semanas, utilicé este espacio para escribir sobre el YOUTH LEADERSHIP AWARD que otorga la W.A.P.A.S (The Washington Academy of Political Arts and Sciences). Es por ello que el día de ayer, gracias al apoyo de todos ustedes y de mi casa editorial, El Heraldo de Aguascalientes, tuve la grandiosa oportunidad de recibirlo y convivir con analistas, comunicadores y expertos de la política de todo el mundo.

Dada la trascendencia del foro y como parte de las actividades de la entrega de los reconocimientos, tuvimos la oportunidad de convivir con ponentes que llamaron mi atención, específicamente dado que en su gran mayoría tocaban temas relacionados con México y nuestro futuro. Razón por la cual quisiera esbozar algunas de ellas y dejarlas sobre el tintero de la reflexión; primeramente, explicaban como es que los partidos políticos en nuestro país están atravesando una gran crisis de credibilidad y ella es producto de un desgaste mediático.

Es decir, en su opinión, los partidos políticos mexicanos están viviendo lo que los partidos argentinos vivieron hace más de ocho años cuando se derrumbó la credibilidad en los partidos tradicionales y tuvieron que surgir movimientos o personajes “independientes” que dieron cause a la simpatía popular; sin embargo, explicaban lo peligroso que podía ser este fenómeno si los partidos denominados tradicionales no se reestructuraban a tiempo y tomaban medidas para combatir este mal.

Explicaban cómo es que la poca credibilidad de la clase política ha demeritado la propia función pública y cada vez han sido menos los cuadros o perfiles verdaderamente preparados los que llegan a ocupar las principales candidaturas o los principales puestos públicos, por lo que también cada día son menos los cuadros o perfiles que se ven atraídos por la función pública. Mencionado lo anterior, analizábamos el panorama a futuro de la política mexicana y encontrábamos un gran factor de riesgo en quizá muchas de las propuestas “populistas” del ahora gobierno electo, ya que en su mayoría estaban encargadas a reducir el sueldo de funcionarios, pero por otro lado se comentaba estaban únicamente destruyendo a sus opositores, ya que al demeritar más la función pública, se tendría como consecuencia directa que serían menos los interesados en contender en una batalla de altura política.

Lo anterior cobra relevancia, dado que se comentaba la poca o nula respuesta que los partidos han tenido en la actualidad y eso pudiera conllevarlos a su propio declive. La ciudadanía votó por el hastío y no comprendió que el movimiento triunfador no era más que una desbandada política y no una verdadera o nueva opción política para el país.

Por ello es que el trabajo más complejo no sólo está en renovar las formas de los partidos que sobreviven, sino también en el fondo de sus decisiones que tendrán ahora que enfrentar la épica tarea de recuperar la confianza ciudadana a través de buenos candidatos, mecanismos auténticamente democráticos de selección de dirigentes y candidatos; de lo contrario, esa desbandada disfrazada, será más de lo mismo que siempre se criticó y que definitivamente debe cambiar en el país.

Mientras tanto, a renovarse o morir en el intento….

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