RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

En el drama humano de los fenómenos naturales, frente a los cuales no hay ninguna sociedad que escape, pudimos ver cómo la parte más rica de Florida tuvo que ser evacuada; también vimos cómo desapareció hasta el agua del mar en la Bahía de Tampa, y estamos frente al mismo fenómeno que año con año, o por lo menos bienio con bienio miramos en Cuba. La pobreza de la isla todavía golpeada por los huracanes. Por suerte los haitianos se salvaron de una de estas avalanchas que a cada momento les destruyen lo poco que ha dejado el sismo o el huracán anterior, o la desgracia de los días pasados.

En México nos encontramos con el fenómeno frecuente: Una desbocada solidaridad social, que nos hace a todos dadivosos, nos hace sentir obligados a participar en las labores de reconstrucción y auxilio, enviar alimentos, medicinas, víveres, lo que cada quién pueda conseguir, de una respuesta inmediata pero con una certeza verdaderamente horrenda: Si dentro de un año llegara a ocurrir otro terremoto de similares dimensiones, o quizás aun menores, en las mismas zonas en que hoy en reconstruir, volveríamos a ver las mismas condiciones de fragilidad en la vida física de las poblaciones mexicanas. ¿Por qué? Porque hay un círculo vicioso en el que la obra pública no mira, la política pública no redime a los pobres. Lo vimos a principios de éste sexenio: Todo lo que se inundó y todo lo que se deshizo, se llenó de la infame evidencia de pobreza en el puerto de Acapulco, y cuando se prometieron castigos a quienes fraccionaron en zonas inadecuadas dejando a la gente expuesta a los rigores de lluvias inclementes, pues toda esa gente esta exactamente igual que cuando fue la inundación de hace cuatro años y del arranque yo recuerdo a la SEDATU, que estaba casualmente en manos de Jorge Carlos Ramírez Marín que ahora enfrentó el sismo de San Lázaro, se iban a hacer muchas cosas que al final de cuentas no se terminaron de hacer, todavía en Acapulco hay vestigios de la destrucción desde Paulina, la gente que tenía que cambiarse de lugar, moverse a zonas más seguras, ¡no fue movida! ¿Por qué en los Estados Unidos pueden mover a millones de personas simplemente con los medios de información bajo una premisa: “Si usted no se quiere mover de su casa solo le avisamos que aquí no habrá agua, no habrá energía eléctrica, no va a haber servicios, ¡no va a haber nada! Usted tiene la obligación de protegerse y de moverse.” Y la gente se movió tanto como la gente se mueve en China cuando van a construir una presa y mueven a tres millones de personas porque van a inundar una región. La gente se mueve y le dan casa y le dan albergue y le dan una ciudad nueva. Y nosotros estamos atenidos a ver si nos alcanzan los recursos del FONDEN para reconstruir las casas de una ciudad pequeña como Juchitán. Ojala y que no venga otra tragedia para Oaxaca, porque si viene la tragedia encontrará no a los mismos afectados de hoy, sino a los mismos damnificados de la historia.

 

LA CORRUPCIÓN RAMPANTE EN LA OBRA PÚBLICA

El pasado martes 12 de septiembre se cumplieron dos meses del accidente en donde perdieron la vida dos personas en el socavón del Paso Exprés de Cuernavaca. ¿Pero que más se perdió aparte de esas dos vidas irrecuperables? La confianza en la obra pública. Así de golpe. Porque si en dos meses hemos conocido peritajes técnicos que demostraron que todo estaba mal hecho, ahora la Secretaría de la Función Pública, la antigüa Secretaría de la Contraloría, nos dice que todo esto se puede medir. Por desgracia nada más se puede medir en dinero, pero ¿Por qué una obra pública mal hecha tiene que costar 1,034 millones de pesos ¡más! de lo que ya estaba presupuestado por las mismas empresas que técnicamente se ha probado que de todos modos lo iban a hacer mal? Con las irregularidades administrativas de 22 observaciones ahora hechas públicas, o sin ellas. Pero la desgracia de todo esto es la desgracia que todavía no vemos. ¿Por qué? Supimos esto a partir del hundimiento de un tramo de una obra mucho más larga que el propio tramo siniestrado. ¿Cuántos socavones hay en México, quiero decir cuántas otras obras publicas de pésima calidad hay en México que no conocemos todavía en detalle porque no ha sobrevenido el colapso? ¿Cuántos puentes se tienen que caer para que sepamos que hay muchos puentes mal construidos, que se hayan pagado en exceso, que hayan incumplido los programas convenidos, que haya habido irregularidades en los procesos de licitación y adjudicación, que no se hayan planeado adecuadamente, que no se haya programado bien la obra, que no se haya supervisado adecuadamente, que se hayan omitido recomendaciones, etc.? Todos los tramos de una obra están sometidos a una deficiente calificación en las observaciones: La construcción, la coordinación, la supervisión, la verificación. ¿Qué quiere decir esto? Que las obras se hacen al ahí se va. Como salga, como se quieran las cosas y al ahí va, ahí van y ahí van. Y entonces no es posible hablar de la prosperidad del país y de la entrega y de la devoción del servicio cuando las obras visiblemente son todas o una Estela de Luz o un pozo sin fondo.

 

ADIÓS A UN GRAN AMIGO

La semana pasada falleció Fernando Lozano Galindo, excelente periodista y mejor amigo. Con él lleve una amistad muy franca. Cuando nos veíamos platicábamos de todo sin faltar el tema futbolístico, pues era aficionado al América igual que yo, y esa comunión por el mismo equipo nos hacía más fraternos. Así también coincidíamos en nuestros gustos musicales, la música de tríos, de trova, de los boleros. Fueron varias las ocasiones en que disfrutamos de noches bohemias muy agradables, pues la conversación con Fernando era exquisita, ya que tenía mucho conocimiento de ese tipo de música. Alguna noche bohemia escuchábamos un CD de canciones de Agustín Lara pero en la voz de Enrique Rocha… ¡fabuloso! Fernando era desprendido, y cuando vio cómo me gustó el CD, ¡me lo regaló!

Anécdotas con Fernando hay muchas. Hoy solo tengo el recuerdo de este gran periodista que supo mantener siempre su dignidad ante los poderosos. En su derredor nadie podía sentir hastío ni abatimiento irreparable, pues él era una fuente de ánimo y de luz hasta en los momentos más difíciles que vivió. A él le quedaba perfectamente la palabra “señor” y sin embargo no había altivez, menos engreimiento en su conducta. Era alto su ejemplo en cuanto a capacidad técnica, manejo del lenguaje y eficacia en el análisis y era todavía más elevado respecto a los valores éticos, tan ofendidos y aun ridiculizados en una época de decadencia moral. Sin duda vamos a extrañar a Fernando y ya no escucharé la frase con la que se despedía cuando nos veíamos: “Te leo el domingo”. Descanse en Paz.