Deben atenderse los desafíos y los aspectos positivos que plantean hoy los jóvenes en este mundo globalizado en el cual, dentro de una variedad enorme de situaciones sociales y culturales comparten los muchachos una realidad común de inquietudes y expectativas, de frustraciones y reclamos, propios de este cambio de época, señaló el P. Carlos Alvarado Quezada.
Subrayó la necesidad de cercanía, de escucha paciente, de empatía, que evitando respuestas prefabricadas o recetas ya hechas, permita dialogar a las personas mayores con los muchachos; “quieren ser escuchados, reconocidos y acompañados, pues consideran que su voz es importante en la sociedad y para la Iglesia”.
Comentó que hay un reconocimiento por parte de los pastores de la Iglesia, que ocupados por tantos compromisos, no dan el tiempo necesario que los jóvenes requieren para ser escuchados y acompañados.
“Por ello, es preciso que los padres de familia, los maestros de las escuelas y los directores espirituales de las Iglesias, sean muy cercanos y tengan la delicadeza y el tacto para convertirse en un modelo digno de imitación, despertando en los educandos el deseo de ser un día como ellos; se requieren personas entregadas, compresivas y pacientes”.
Comentó que la educación se inicia y consolida desde el hogar, se amplía y se estimula en los colegios, y se complementa y enriquece en los diferentes grupos y movimientos juveniles.
Añadió que también el mundo del deporte, la música y el teatro, son campos valiosísimos para despertar la creatividad, fomentar amistades y actitudes solidarias, dar un toque de belleza a la vida en medio de tanto individualismo y gris mediocridad. “Se ve con gusto y admiración, cómo en muchas escuelas y universidades tanto oficiales como privadas, se vive hoy un ambiente favorable que invita y favorece la superación integral de los muchachos”.
Apuntó que la orientación vocacional ha de ser, más que para seleccionar tal o cual carrera, un verdadero estímulo de realización plena de la persona, un despertar de la generosidad y el compromiso en el servicio, un deseo sincero de fidelidad a los propósitos asumidos, una actitud de respeto a la originalidad de cada individuo que es irrepetible en la historia.
“Se requieren educadores de personalidad equilibrada que no sean ni permisivos ni manipuladores, que sepan corregir con tacto y ayuden a los muchachos a discernir caminos y a tomar decisiones razonadas y opciones sólidas”, concluyó.