COLUMNA CORTEY es así como, de entre las penumbras de lo ordinario y el hastío por lo convencional, la moderna mitología escrita en celuloide y predicada por un ciclópeo haz de luz parpadeante, fusionado entre las apresadoras sombras de una sala cinematográfica, comenzó su silenciosa y paulatina exclusión de los cánones preestablecidos en milenarias culturas sobre las formas y figuras que nos permitieron comprender en algún momento a nuestro atribulado hábitat, atribuyéndole dotes de mundanería a lo que previamente eran las medidas y configuración racional para el hombre y el mundo que habitaba, un entorno marcado por una constante enunciada por evolucionistas, pero negada por el autoconformismo, donde se es inmanente, no un sobreviviente: la predominancia del más fuerte. Los griegos, romanos, egipcios, et al lo comprendían a cabalidad, y ahora la puerta de acceso a ese menoscabado rasgo de humanidad son las películas, donde la vigorosa presencia de corpulentos individuos con una capacidad de resolución de problemas concentrada en sus puños y un arrojo propio de los míticos protagonistas de las gestas heroicas clásicas, ajustan tan desequilibrada balanza… aun si la conquista de sus nobles fines equivale a una brutal aplicación de medios.
Por supuesto, en este apartado todos identifican inmediatamente a sus principales exponentes y precursores, desde el histriónicamente impedido, pero carismático protagonista de infinidad de péplums (italianadas de toga y espada que ya abordaremos en futura columna) Steve Reeves, hasta el histriónicamente impedido y facialmente distorsionado Sylvester Stallone, pasando por supuesto a los rigurosos Arnolds, Norris, Van Dammes y Seagals (este último semejando hoy en día a un Bob Esponja con coleta), quienes arremetieron con fuerza durante la década de los 80 los esfuerzos mesurados y cuasi caballerosos de los hombres fuertes setenteros, como Charles Bronson, Clint Eastwood o Lee Marvin, quienes dotaron de una categoría galante a lo que sus precursores a posteriori resolverían a punta de bazuca.
La literal y figurativa explosión que surgió durante aquella época semejaba a la de un Big Bang cultural, donde se atestiguó el nacimiento de un universo plagado de nihilismo sombrío, la aplicación expedita y salvaje de una rectitud con estigma Reagan (presunta ideología fascista con careta de entretenimiento) y proyección de virilidad a través de vigorosa constitución muscular, apartado que puntualizó copiosas carreras, pero sólo algunos estaban destinados a la posteridad. Aún así, el resto de atléticos y/o forzudos aspirantes al panteón de la heroicidad fílmica que se vio replegado al semi-anonimato, que significó la intrascendencia de su senda post-one hit wonder ante la implosión provocada por la saturación de producto adrenalínico, los transformó en figuras de culto, en aquellos rostros que aún podemos reconocer o divisar en producciones serie Z que la televisión por cable o satelital constantemente y sin empacho nos obsequia cada viernes y sábado por la noche.
¿Y quienes prestan su nombre para dar identidad y nombre a tales despropósitos? Pues empecemos por un ahora desmejorado y al borde de la calvicie Michael Dudikoff, quien engalanara con su esbelta y blonda figura la pantalla de plata en 1986 con su debut (y casi despedida) “El Ninja Americano”, inmejorable ejemplo de la simiente argumental que ya había sembrado el furor por la mística oriental en su vertiente ninja (impulsada en gran parte por aquellas occidentalizaciones que de ello hizo las cintas protagonizadas por un entonces renovado Franco Nero y el ahora también momificado Sho Kosugi) y que erogó no en dos o tres, sino cuatro secuelas que se regodeaban en la torpeza narrativa y simpleza de ritmo. La cinta, claro está, fue todo un suceso en su momento y generó filas para su acceso en el desaparecido Cine Aguascalientes, donde confieso sin pudor haberla visto en riguroso estreno. Similar a su carrera fue también el fugaz Jeff Speakman, quien al sólo encontrar el éxito en la película “El arma perfecta” (DiSalle, E.U., 1991) después de ser promulgado casi heredero del legado Bruce Lee, se fue de bruces al percatarse de que, como artemarcialista, era buen actor. Tan mal le fue que sólo le quedó el consuelo de abrir su academia de karate en nuestro querido pueblo hidrocálido ¿Así o más triste?
Los antagonistas de los ídolos corpulentos de la década también podían hacer carrera como bienhechores, tan es así que el desigual, pero fascinante en su articulación vocal (por ininteligible) Dolph Lundgren alcanzó la efímera gloria que significó su carrera posterior a “Rocky IV”, protagonizando filmes ahora reverenciados por su hilarante ingenuidad y recaptura de capacidad de asombro como “Escorpión rojo” (Zito, Sudáfrica/E.U., 1988), “Mi nombre es violencia” (Goldblatt, E.U., 1989 ), que no era otra cosa más que la primera adaptación al cine del Punisher de Marvel y mucho más disfrutable en su ejecución que la estéril versión de Jane Thomas y “Masacre en el barrio Japonés”(Lester, E.U., 1991), donde compartió créditos con el extinto y truncado en su camino al panteón del Olimpo de la acción Brandon Lee.
Rutger Hauer superó el ser replicante en “Blade Runner” para concentrarse en el arte de las patadas gracias a “Furia Ciega” (Noyce, E.U., 1989) y “La sangre de los héroes” (Peoples, E.U., 1990), pero no logró embonar en el gusto del público masivo, el que al parecer no tiene oquedad alguna en su corazón para héroes rubios. Pero aún así, destacó aún más que nuestro Jorge Rivero, quien probó suerte en el cine anglosajón con la patéticamente chusca “Peleador a puño limpio” (Zúñiga, E.U., 1988), uno de los títulos infaltables en la reproductora Beta de aquellos años que, sin embargo, nos motivaba a vitorear cada triunfo de Rivero en sus luchas de jaula pre-WWF bajo el nombre de C.J. Thunderbird (je, je).
Más allá del escarnio o la humillación posterior que estos titanes de lo imposible padecieron a la postre por su participación en estos proyectos irredentos y de dudosa edición en Blu-Ray, siempre contarán con aquello que ni los modernos Stathams o Diesels poseerán: una genuina y total falta de dignidad que, la verdad sea dicha, los acercará cada vez más en cada revisión de tan inefables cintas a nuestro corazón cinéfilo en su apartado “placeres culpables”. Como ejercicio veraniego, cada amante del cine debería proponerse verificar aunque sea alguna de estas inenarrables películas, sólo para constatar que Michael Bay no inventó nada, sólo tiene más dinero para hacerlo.

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