Luis Muñoz Fernández

Un hecho importante a destacar es el de haber conseguido en nuestro tiempo combatir con éxito el dolor y los sufrimientos, del mismo modo que se ha conseguido controlar los dolores del parto, se ha hecho posible liberar la muerte de los temibles sufrimientos que la hacían más pavorosa, pudiendo entrar en ella como en un sueño, obteniéndose la muerte pura y simple, desligada de todo lo demás. Con la aplicación de los medios proporcionados por la ciencia, se ha logrado un objetivo importante en el sentido de la muerte dulce y tranquila. Y, si bien es verdad que esta forma de morir colateralmente puede acortar la vida, no tiene más que ventajas en aquellos casos de largas y penosas agonías, que no tiene ningún sentido prolongar.

Moisés Broggi. Reflexiones de un anciano centenario, 2008.

Llegamos en el presente escrito al último de los fines de la medicina que propone el Centro Hastings de Bioética, justo cuando el 19 de julio de 2019 falleció uno de sus fundadores, el filósofo estadounidense Daniel John Callahan, en cuyo obituario la prestigiosa revista médica inglesa The Lancet, señalaba lo siguiente el pasado 19 de octubre de 2019:

Dando una conferencia en una reunión de la industria biotecnológica 10 años atrás, se dice que Daniel Callahan enfatizó que, hasta donde él sabía, no existían enfermedades fatales que los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos (NIH) pudiesen aceptar. Y agregó que, si bien los NIH no estaban a favor de la inmortalidad, todavía no habían señalado ninguna enfermedad mortal que estuviesen dispuestos a tolerar. Y no estaba bromeando; Callahan hablaba en serio. Durante una década había estado diciendo que la medicina tiene –y debe tener– límites. Justamente el libro que publicó en 1987 sobre este tema se titulaba “Estableciendo los límites: los fines de la medicina en una sociedad que está envejeciendo”.

Decía Callahan en su libro: “Con respecto a los pacientes individuales hay ocasiones en las que la medicina no puede retrasar la muerte por más tiempo. Y los pacientes deben estar conscientes de ello y se les debe dar lo oportunidad de no buscar indefinidamente el cuidado curativo”. Y agregaba: “El uso de las nuevas tecnologías en pacientes ancianos debe limitarse a aquellos en los que mejorará su calidad de vida, y no que simplemente la prolongará en el tiempo”.

¿Cuál es el cuarto fin de la medicina según los autores del documento Los fines de la medicina? Es el siguiente:

Evitar la muerte prematura y procurar una muerte tranquila. Los autores señalan que fue en este punto en el que surgieron más discrepancias entre ellos y fue más difícil ponerse de acuerdo para su redacción. Es lógico si consideramos que en nuestra cultura la muerte tiene una connotación negativa y en el ámbito médico suele ser considerada la enemiga a vencer. Dice el documento:

La lucha contra la muerte en muchas de sus manifestaciones constituye un fin esencial de la medicina. Pero siempre debería mantenerse en sano conflicto con el deber de la medicina de aceptar la muerte como el destino de todos los seres humanos. El tratamiento médico debería ofrecerse de forma que fomente, y no de forma que amenace, la posibilidad de una muerte tranquila. Lamentablemente, con demasiada frecuencia, la medicina contemporánea considera la muerte como enemiga suprema.

Es cada vez más necesario que reflexionemos sobre el lugar que ocupa la muerte en nuestra vida. Los avances de la medicina y la posibilidad de mantener un cuerpo con vida más allá de sus límites naturales interpelan al médico sobre su papel en este proceso y le exigen algunas decisiones que muchas veces son difíciles de tomar. El documento señala que ejemplos de este enfoque de la muerte como enemiga a ultranza que debe ser vencida por el médico son, entre otros, “la prolongación de la vida en ocasiones más allá de toda noción de beneficio para el ser humano y la lamentable desatención de una asistencia humanitaria a los moribundos, como si el paciente que está muriendo hubiera perdido su derecho a recibir la atención, la presencia humana y el alivio eficaz de la medicina”.

En relación a evitar la muerte prematura se señala que:

En la lucha de la medicina contra la muerte, resulta apropiado que un fin fundamental consista en evitar la muerte prematura en la población en general y el individuo en particular. Un fin secundario sería asistir adecuadamente a aquellos cuyas muertes ya no se considerarían prematuras, pero para los que el tratamiento médico sería no obstante beneficioso. El deber principal de la medicina y de los sistemas de asistencia sanitaria, será, en términos generales, ayudar a los jóvenes a llegar a viejos y, una vez logrado esto, ayudar a los ancianos a vivir el resto de sus vidas cómoda y dignamente.

Y se admite que la noción de “muerte prematura” es relativa y dependiente “de circunstancias históricas y culturales y de las técnicas, las tecnologías y los conocimientos médicos disponibles”. Sin embargo, se puede decir de manera general que la muerte prematura es aquella que se presenta cuando la persona todavía no ha experimentado las principales posibilidades que ofrece un ciclo de vida característicamente humano: “la oportunidad de buscar y adquirir conocimientos, establecer relaciones cercanas y afectivas con otros, ver a los hijos u otras personas a su cargo llegar a adultos y hacerse independientes, poder trabajar o desarrollar los talentos individuales de otras maneras y perseguir las metas en la vida de uno y, en general, tener la oportunidad y capacidad de desarrollarse como persona”.

Las características del ciclo vital humano enunciadas en el párrafo precedente amplían considerablemente la hoy ya insuficiente definición de la salud que propone la Organización Mundial de la Salud: “un estado completo de bienestar físico, psicológico y social, y no solamente la ausencia de afecciones y enfermedades”.

Respecto a la búsqueda o procuración de una muerte tranquila, el documento señala que “la medicina ha de considerar una prioridad la creación de unas circunstancias clínicas que favorezcan una muerte tranquila. Una muerte tranquila puede definirse como una en la que el dolor y el sufrimiento se reduzcan mediante unos cuidados paliativos adecuados, en la que al paciente nunca se le abandone ni descuide y en la que los cuidados se consideren igual de importantes para los que no vayan a sobrevivir como para los que sí”.

Aparece aquí el papel fundamental que en estas situaciones debe darse a los cuidados paliativos, a lo que agregaremos que ello nos permite señalar que en nuestro país, donde todavía la implementación amplia de estas medidas no se extiende a toda la población, es una obligación del Estado proporcionarlos sin discriminación alguna, en especial la económica.

Agrega el documento: “En toda vida humana llegará un momento en que un tratamiento de soporte vital será inútil; se llegará al límite absoluto de las capacidades de la medicina. Por tanto, la gestión humanitaria de la muerte es la responsabilidad final, probablemente la más exigente desde el punto de vista humano, del médico, que está obligado a reconocer en su paciente tanto su propio destino como las limitaciones inherentes a la ciencia y arte de la medicina, cuyos objetos son seres mortales, no inmortales”.

Finalmente, “lo que se pide del médico, dado su poder en esta situación, es bastante: sopesar las necesidades e integridad médica del paciente y facilitar una muerte tranquila. El fin de la medicina en estos casos debe ser fomentar el bienestar del paciente, mantener la vida cuando sea posible y razonable, pero reconocer que, debido a su lugar necesario en el ciclo de la vida humana, la muerte como tal no ha de tratarse como enemiga”.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com