Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

El último día de agosto los cronistas municipales de Aguascalientes nos reunimos en Palo Alto, municipio de El Llano. La junta fue ahí, a un ladito de la presidencia municipal, en las antiguas bodegas de la Conasupo, y nuestro anfitrión fue el cronista de aquella demarcación, el señor José Luis Vázquez Zavala, que entre otras lindezas tiene la de ser el organizador del Viacrucis -yo lo vi una vez, el viacrucis; es el único, de entre todos los que he visto, en que entierran al nazareno-. El señor Vázquez presentó un trabajo relacionado con el más oriental de los municipios de Aguascalientes, y que cuenta con una de las principales alturas del estado, la montaña que está al pie de Palo Alto, visible incluso desde la bajada de San José de Gracia al Valle hacia el Valle de los Romeros; visible desde la carretera de Calvillo; tan alta que se encuentra a 2,500 metros sobre el nivel del mar -Aguascalientes está a 1,988-.

Como ocurre con alguna frecuencia con las montañas, no sólo en México, en la cúspide de ésta existe una capilla, que ha sido dedicada a la Virgen de Guadalupe. Cada año, en el segundo sábado de febrero, mucha gente sube a celebrar a la Lupita solar. Juan Grande es la mayor altura de la región, pero no la única. Otras reciben los nombres de Mesa de la Vaca, San Mateo, Las cabras, la Iglesia y la Santa Cruz.

El Llano también es una zona donde abundan las cuevas. No sería de extrañar que en alguna de ellas estuviera enterrado todavía algún tesoro. Esto teniendo en cuenta que la actual zona oriente del estado fue por donde circularon los cargamentos de plata procedente de Zacatecas, rumbo a México, y que probablemente más de alguna no llegó nunca a su destino, víctima de asaltos de indios. Recuérdese también que durante el siglo XIX una parte significativa del país sufrió por el bandidaje, por lo que probablemente esta práctica se repitió.

Una de las cuevas más famosas es la denominada “Los chivos”, cuyo nombre responde al hecho de existir en ella pinturas rupestres que representan a este animal. De esta cueva se dice que existen en sus paredes argollas que sirvieron para amarrar caballos.

Al concluir la reunión, y apoyado en varias mujeres, nuestro anfitrión nos brindó una comida que me hizo recordar un día de fiesta en el rancho; uno de esos banquetes que se ofrecen a los danzantes: arroz, pollo en mole y frijoles, una maravilla, de una delicia que rivalizaba con la exquisita atención de que hicieron gala nuestro anfitrión y de las personas que prepararon y sirvieron la comida.

No me acuerdo cuándo fue la ocasión anterior en que visité Palo Alto, quizá hace una decena de años; no recuerdo, pero ahora encontré algunos cambios. Por principio de cuentas la explanada que separa el templo dedicado a Nuestra Señora de la Luz del Palacio Municipal, fue cerrado al tráfico de automotores. Eso está bien, porque permite una contemplación paciente de ambos edificios, que ambos tienen su gracia, con el valor agregado de un simbolismo excepcional, quizá único en el estado. Lo que no estuvo bien es que al lado sur del templo, justo en la esquina del jardín, construyeron un cuartito que alberga un cajero automático, que desde luego está bien. De hecho, siendo último día de mes, es decir, quincena, había una buena fila de personas esperando llenar sus bolsillos, o medio llenarlos, para todo lo que se ofrezca… Hasta un nuevo día de pago. Lo malo es que, visto desde una perspectiva arquitectónica, el pequeño edificio ensucia el paisaje del templo, porque claramente desentona. Por desgracia, o quizá por fortuna, a nadie le importa esto, porque peor aun que esto es el reloj que edificaron a un lado, una pared de concreto desnudo; burdo, con la carátula medio empotrada, que contrasta con la cantera labrada.

Termino; ya termino. El simbolismo a que me refiero es el siguiente: en 1573, su cesárea majestad, el Rey de estas tierras, don Felipe, el segundo, dictó una serie de providencias para organizar el crecimiento urbano, y dispuso que todo comenzara con el trazo de una plaza, y que en ésta debían ubicarse los edificios de los poderes de la villa. En Aguascalientes, usted lo sabe, la sede de la autoridad civil mira hacia el norte, mientras que la de la eclesiástica recibe al Sol en plena fachada. La misma situación aplica para demarcaciones como Cosío, Tepezalá, Asientos, Calvillo, aunque cambien las orientaciones. Sin embargo en Palo Alto están frente a frente. En Rincón de Romos y Jesús María ocurre lo mismo, pero este tú a tú está mitigado; un tanto amortiguado, por el jardín que está de por medio. En cambio en Palo Alto no hay tal. Ambas edificaciones están frente a frente, sin obstáculos visuales de por medio.

Viéndolas así, enfrentadas, es decir, puestas frente a frente, en un diálogo silencioso y solemne, no puedo menos que recordar la enorme carga histórica que encierra semejante paisaje, las relaciones entre el Estado y la Iglesia, siempre difíciles, frecuentemente ríspidas, signadas por la desconfianza y el cálculo, como si se tratase de un matrimonio mal avenido (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).