Mircea Mazilu

El artículo de la semana pasada habló sobre la integración y la participación de los campesinos en los ejércitos revolucionarios del movimiento que se instala en México a partir de 1910, centrándose en dos de los más importantes, el maderista y el villista. Hoy daremos continuidad a este tema tratando sobre las otras dos grandes fuerzas armadas del conflicto: la carrancista y la zapatista. Tanto las tropas de Carranza como las de Zapata fueron formadas en su mayoría por militares provenientes del campo pertenecientes a las clases bajas campesinas dispuestas a participar en uno de los mayores acontecimientos en la Historia de México.

El ejército carrancista, uno de los más grandes de la Revolución, alcanzó la cifra de 25 mil integrantes en 1915 gracias al apoyo que recibió por parte de los obreros de las grandes industrias y de varios segmentos de la población campesina que engrosaron las filas de esta armada por una diversidad de intereses. Entre los campesinos de este ejército destacaron los indios yaquis originarios de Sonora, quienes se involucraron en la Revolución primero con el ejército maderista para vengarse del régimen dictatorial porfirista. Reclutados entre 1913 y 1914 por el mayor líder carrancista, Obregón, los yaquis continuaron su lucha en el conflicto con el objetivo de recuperar las tierras que habían perdido durante el siglo XIX. Sin embargo, el carrancismo no tuvo la misma acogida en el campo como el villismo o el zapatismo debido a su jacobinismo anticlerical y a su comportamiento “malévolo” caracterizado por la violación, el saqueo o el asesinato. A su paso por el campo, los carrancistas se dedicaban a robar y saquear iglesias, incendiar propiedades y fusilar civiles, hechos que explican porqué los villistas y los zapatistas fueron mejor recibidos en las poblaciones rurales. Sin embargo, el ejército constitucionalista resultó vencedor sobre estas dos fuerzas de amplia base campesina debido a la valentía de sus generales, al apoyo que recibieron en las ciudades, a su autodefinición de gobierno legítimo y su control sobre los puntos estratégicos más importantes como fueron Veracruz, Puebla o Ciudad de México.

El ejército zapatista, por su parte, fue compuesto por campesinos indígenas arraigados del estado de Morelos y llegó a alcanzar la cifra de 10 mil hombres armados en 1915. El movimiento zapatista se caracterizó por hacer su propia revolución dentro de la Revolución, ya que luchó por obtener privilegios que beneficiaría en primera instancia a sus propios integrantes entre los cuales destacaban la recuperación de sus tierras perdidas, respeto de sus derechos, acceso libre a los bosques y aguas y posesión de comida y ropa en abundancia. Los zapatistas, centrados en su economía de subsistencia, sabían muy poco de Morelos o de la nación y se volvieron fieles a sus jefes inmediatos antes que al movimiento en sí, hechos que acabarían con su propia existencia y llevarían a su derrota final ante los carrancistas. Prueba de ello fue el poco deseo de éstos de luchar al lado de sus aliados villistas para conservar Puebla, punto estratégico que determinaría la victoria final de los constitucionalistas ante la División del Norte en la batalla de Celaya en abril de 1915.

En definitiva, ambas fuerzas estuvieron compuestas mayoritariamente por campesinos provenientes de varias regiones rurales a lo largo del país. El ejército zapatista estuvo integrado en su mayoría por campesinos indígenas de Morelos, lugar de origen del propio movimiento de Zapata, con un pequeño apoyo por parte de algunos grupos campesinos de otras regiones y algunos sectores obreros de las ciudades. Por su parte, el ejército carrancista fue compuesto tanto por el grueso de los sectores obreros de las ciudades como por un amplio segmento de la población rural de varios estados. Los citadinos se alistaron en las tropas de Carranza porque compartían con él su urbanidad y su anticlericalismo y los rurales se incorporaron porque vieron una buena oportunidad de ganar dinero luchando entre las filas de las mismas. Los carrancistas ganaban entre 1 y 1,5 pesos diarios más el pillaje, mientras que los zapatistas ingresaban no más de 50 centavos al día, un factor crucial que determinó la diferencia numérica entre dos ejércitos de bandos contrarios involucrados en una lucha de sobrevivencia en la que el ganador impondría sus reglas con validez sobre todas las capas de la población.

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