Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Los Caballeros de la Basura, escoba en ristre, desfilan al son de una campanita, como el Viático en España, acompañando ese monumento, ese carro alegórico donde van juntando los desperdicios de la ciudad.

Las burlas veras, Alfonso Reyes.

 

Un autor injustamente olvidado, uno de los grandes escritores de México, que sufrió el ostracismo a causa de los hechos de su padre el general Bernardo Reyes que se alzó contra el ilusísimo presidente Francisco Indalecio Madero, que fincaba en el ocultismo, especialmente en el espiritismo, sus decisiones, y que, ya se vio, fue insuficiente para prevenirlo de la traición y finalmente de la muerte. Bernardo Reyes murió en la ignominia y su hijo Alfonso fue perseguido por su sombra perniciosa la mayor parte de su vida. Gracias a su genio, a su ingenio, y a la complaciente y generosa amistad de Genaro Estrada (Sí, amable lector, el de la “doctrina” del respeto a la autodeterminación de los pueblos, echada al cesto de la basura desde la pareja presidencial del L.A.E. Fox y Sra. Fox) que siendo Secretario de Relaciones Exteriores le protegió manteniéndolo con su influencia largo tiempo en el servicio exterior, pudo escribir una vasta, variopinta y magnífica obra literaria. Basta señalar que para Jorge Luis Borges (¿o será Borgues) Reyes era uno de los grandes prosistas del idioma español conocido en España como castellano.

Recordé a Alfonso Reyes, que entre paréntesis es de mis lecturas de cabecera, junto con Cervantes, Quevedo, Borges o Borgues y Torrente Ballester, el pasado viernes al filo de la medianoche, que conducía despreocupadamente por el centro, y de repente el camión de la basura que iba delante de mí se frenó y su personal procedió a tratar de vaciar un contenedor. ¿Cómo llamarles? ¿barrenderos? Pues no, solo barren para recoger algunos residuos; ¿basureros? Pues tampoco, porque se confundirían con los receptáculos y además suena bastante despectivo; ¿aseadores? ¡Vaya, pues son mas que eso!; vino en mi auxilio la traicionera memoria, que dio en el clavo clavándolo en esta cabezota de alcornoque, con la que me desdotó la naturaleza ingrata, ¡Los caballeros de la basura! ¡Claro! ¡Gracias Don Alfonso Reyes!.

Para nosotros, y aquí pido perdón por juntarte, amable y desprevenido lector, para nosotros, digo, para la mayoría de nosotros los caballeros de la basura, son una subclase de la clase de las no-personas, aquellas en las que incorporamos mas o menos inconcientemente a los limpiaparabrisas, los saltimbanquis, los pordioseros (que quizás habría que cambiarles de nombre, porque ya no se acuerdan de Dios al pedir, quizás en desquite de que Él poco se acuerda de ellos), los boleros, los vendedores y otras criaturas semejantes que en el trajín cotidiano no vemos, o hacemos como que no vemos. Criaturas opacas que aunque se nos paren enfrente podemos ver a través de ellas, como si fueran transparentes.

Pero la noche del viernes no tuve alternativa, tuve que verlas. Un par de inconsecuentes habían estacionado sus vehículos cabe el contenedor, tan cerca que aún era complicado pasar entre ellos para una persona. El chofer no tuvo opción y se limitó a colocarse en paralelo obstruyendo la circulación. Los cuatro caballeros, incluyendo el chofer, maniobraron entonces intentando deslizar el armatoste para ponerlo en línea con el camión y poder engancharlo para vaciar su basura. La maniobra no era fácil, ¡qué va!, tuvieron que echar mano no sólo de su fuerza, que estaba dispuesta, sino de su ingenio, lo cual suele ser mas complicado para todos.

Después de un breve conciliábulo colocaron como cuñas entre el contenedor y el suelo, botellas de plástico aplastadas que se convirtieron en una especie de patines para deslizar la mole metálica. Ni un exabrupto, ni una protesta, cumplieron eficaz y concienzudamente con su tarea. Se vació el contenedor y luego repitiendo al revés la maniobra lo colocaron en el estrecho espacio entre vehículo y vehículo. Para esto una larga cola de conductores esperábamos paciente y respetuosamente que terminaran su trabajo. Yo (se me da) empecé a alimentar una cólera sorda para los irresponsables que, creyéndose muy listos, (tengo la seguridad) secuestraron el espacio de un servicio público para irse a emborrachar (en el mejor de los casos) en algún antro de Carranza.

Se me ocurrieron muchas cosas. Desde recomendarles a los irresponsables respetuosamente que fueran a fornicar con la mas provecta refociladora de su casa, hasta sugerir al Ayuntamiento que incorporara a todo camión de la basura a un agente de tránsito que levantase todas las infracciones a los que no respetan los señalamientos para el servicio de limpia. Con toda seguridad que se pagaría con creces y redundaría en que, así lo creo, se lograse agilizar el servicio, facilitando la tarea de los caballeros.

Aguascalientes, dicen, es de las ciudades mas limpias del país. Lo es, estoy seguro, no por el civismo de su gente, baste ver como quedan las calles luego del paso de la Romería de la Asunción, sino por el trabajo callado, esforzado, constante y eficaz de los caballeros de la basura. Reflexionar en ello no es un tópico, pensar que gracias a ese ejército nocturno, que culmina la tarea de otros esforzados, podemos disfrutar de espacios agradables, es parar mientes, en que la convivencia en estas aglomeraciones mas o menos ordenadas que se inventaron hace decenas de siglos llamadas ciudades, requieren del trabajo cotidiano de multitudes mas o menos ignoradas.

Decía Jorge Romano, aquel conductor de televisión sinaloense, que el mundo es un sistema de confianzas. Uno despierta estira la mano desperezándose oprime un botón y ¡se hace la luz!, medio amodorrado, a tientas casi llega hasta el baño abre la llave y ¡sale el agua!, el periódico está en la cochera como todos los días, sale de su casa se para en la esquina, aguarda y ¡pasa el camión!, las calles están limpias, los semáforos regulan la circulación, el mundo está listo para conquistarse, cuando cada uno cumple con lo que tiene que hacer.

Vaya por hoy este modesto reconocimiento para los trabajadores y para el Ayuntamiento.

Y otra vez Reyes:

Allá va, calle arriba, el carro alegórico de la mañana, juntando las reliquias del mundo para comenzar otro día. Allá, escoba en ristre, van los Caballeros de la Basura. Suena la campanita del Viático. Deberíamos arrodillarnos todos.

 

bullidero.blogspot.com                       facebook jemartin                     twitter @jemartinj