Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Nadie puede discutir que los niños van a la escuela a aprender lo que les ha de servir hoy y mañana; los padres de familia inscriben a sus hijos en la escuela para que aprendan lo que ahí se les enseña; los maestros están conscientes que sus alumnos deben aprender lo que está señalado en los programas de estudio; y las autoridades educativas saben que los niños, los adolescentes y los jóvenes, que asisten a la escuela, requieren aprender cuestiones fundamentales para su vida y, para ello, formulan planes y programas de estudio en los que están concentrados los saberes que los estudiantes deben asimilar para su desarrollo integral y bienestar de sí mismos, de su familia y de la sociedad entera.
Ahora bien, ¿cuánto aprenden los estudiantes de lo que está indicado en los programas y de lo que necesitan para desempeñarse, adecuadamente, en su vida presente y futura? Los hechos demuestran que aprenden parte mínima de los programas y parte mínima de lo que requieren; la mayoría coincide en reconocer que no ha sido posible llegar al máximo de los aprendizajes, por diversas razones; siendo una de éstas, y de gran peso por cierto, la falta de atención integral a los estudiantes en los procesos educacionales. En la escuela se hacen esfuerzos por atender su desarrollo físico, así como lo inherente a sus conocimientos; sin embargo, queda pendiente la atención emocional, que es parte importante en su formación, toda vez que las emociones influyen poderosamente, para bien o para mal, en el logro de los aprendizajes.
De conformidad con los expertos, las emociones humanas positivas como la alegría, el buen humor, la bondad, la gratitud, el amor, la empatía y la esperanza, entre otras; pueden favorecer los aprendizajes de los alumnos en la escuela y en toda actividad humana de bienestar; en cambio, las emociones negativas como la ira, el miedo, la angustia, la tristeza, la vergüenza, la aversión, el egoísmo, la envidia, el mal humor y el odio, entre muchas otras; bloquean los aprendizajes de los estudiantes, muy a pesar de que el maestro haga grandes esfuerzos por explicar bien y detalladamente su clase. Póngase el caso de un alumno que está presente en la clase de Matemáticas, pero por una frustración, engaño, ofensa o agresión, que sufrió en alguna parte, este alumno está experimentando rabia, resentimiento, tensión, animadversión, hostilidad, violencia, enojo o impotencia; con estas emociones negativas, ¿el alumno atenderá a su maestro, aunque esté en el salón?, ¿el alumno estará escuchando y aprendiendo las explicaciones de Matemáticas? Evidentemente que no; porque, según los expertos, las emociones negativas bloquean los aprendizajes, toda vez que el estudiante está pensando en lo que le pasó; y hasta que se tranquilice, recobre su ecuanimidad o su equilibrio sentimental, podrá estar en condiciones para adquirir aprendizajes. Y este equilibrio emocional se logra o se recupera mediante la auto regulación.
Estas son las razones de por qué se requiere que todo maestro, primero, conozca las emociones más recurrentes de sus alumnos y que también haga lo necesario para que los propios alumnos reconozcan y acepten las emociones que los invaden; para que luego aprendan cómo auto regularlas. Un alumno que sabe autorregular o auto superar sus emociones, es un alumno que puede convivir sana y pacíficamente con sus compañeros, con sus maestros, con su familia, con el grupo social en el que se desenvuelve y puede aprender. Pero el maestro no puede sólo con esta labor; se requiere también la intervención de la familia. Juntos, familia y escuela, pueden hacer mucho.
Históricamente, a los alumnos se les viene atendiendo física y cognitivamente; ahora el gran reto es atender también su educación socioemocional si se quieren mejorar sus aprendizajes.