Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

“La memoria se asemeja a un vasto campo de ruinas.

Frágil, incompleta y laberíntica, como esas piedras

desgastadas y enmohecidas que azarosamente

 han pervivido del naufragio

 de los tiempos y las civilizaciones.”

Ignacio González-Varas Ibáñez.

En este mismo momento; mientras escribo estas líneas, debe estar terminando de cocinarse la Memoria de la Primaria Marista, antes Instituto Aguascalientes, correspondiente al ciclo escolar 2018-19, o quizá ya hasta se entregó y yo ni cuenta me he dado.

Si es este último caso, le ofrezco una disculpa; hace ya muchos años que no tengo relación alguna con fines de curso de primaria, secundaria o bachillerato, así que ya no sé cuándo concluyen. Como sea, imagino los ejemplares, el aroma de la tinta y el papel nuevo esparciéndose por todas partes, el libro o cuaderno, como los libros de lectura de los niños: mucha imagen y poco texto, el recuento de las actividades realizadas durante el año, e imagino también a sus receptores, buscándose, o buscando a los amigos, etc.

Llegada la conclusión del ciclo escolar se organizaba una ceremonia de entrega de premios, que tenía lugar en el auditorio José Casillas del colegio, posiblemente el primer salón isóptico que hubo en Aguascalientes –aparte de los cines, claro. Terminada ésta, los alumnos pasaban a su salón, en donde recibían las calificaciones y la Memoria.

Sobre eso quiero escribir en esta ocasión, pero antes siquiera de comenzar con mi peroración, quiero aclarar un par de cosas. En primer lugar, estoy convencido de que la escuela no educa…La escuela instruye; ilustra y puede capacitar a la persona que se somete al procedimiento civilizatorio para desenvolverse en su medio ambiente pero, insisto, no educa. La diferencia no es menor: se puede ser la persona más ignorante, pero más educada, o la más ilustrada, un conocedor de todos los temas habidos y por haber, pero ser un rufián. Ahí tiene usted el caso de… Bueno, pero, ¿quién sería yo para realizar semejantes juicios? Ya usted conocerá más de algún caso.

La verdadera educación, para bien o para mal, la recibimos en casa, procedente de padres, madres, hermanos, otros parientes y amigos que nos acompañan, a nosotros y a nuestros parientes. En más de algún caso hay que agregar a la sirvienta o nana, y en todos a la televisión y el cine.

Claro que cualquier escuela que medianamente se precie de serlo y sea digna de semejante término, promoverá una serie de valores relacionados con la responsabilidad, la honestidad, el desarrollo personal y comunitario, etc., aparte de que la convivencia que nos ofrece la escuela, con los compañeros, con los maestros, también será educativa.

Por otra parte, siempre puede uno encontrarse entre los mentores a alguna profesora o profesor cuya personalidad sea lo suficientemente atractiva, y su generosidad tal, como para seguirle el paso y aprenderle algo. Yo, por ejemplo –cito únicamente un par de ejemplos; por fortuna tengo más–, le debo una parte de mi gusto por la literatura; gusto inagotable, siempre vigente, a mi profesor de ídem en primero y sexto semestres de bachillerato del Colegio Portugal, el profesor Humberto Pedroza Romo… También recuerdo con afecto a mi profesor de primero de primaria –¡hace tanto tiempo! –: el maestro Roberto Loera Perea, en el Instituto Aguascalientes; el Colegio Marista, pues, y esta era la segunda cosa que debía aclarar.

Para los efectos a que haya lugar, declaro que estudié mi educación primaria –1963-69– y dos años de secundaria –1969-72– en esta institución, que está en la convergencia de las calles Aquiles Elorduy, 26 de marzo, Federico García Lorca y Tlaxcala, pero que entonces eran únicamente Uruguay y Brasil, porque aquello era una isla que estaba en medio de la nada, con puro campo al norte y al poniente, y una terracería que conducía a la actual calle de Campeche –continuación hacia el sur de García Lorca– para desembocar en una arboleda, al lado de la terminal de los camiones azules. Entonces también existía únicamente el edificio ubicado en la parte sur; precioso edificio, ejemplo de ¿arquitectura funcionalista?, aunque ciertamente debo decir que me tocó en suerte estrenar los salones del lado contrario hacia el oriente, todavía con perfume de materiales de construcción y pintura fresca.

Estudié, digo, si cabe lo que este tiempo verbal expresa; todo ello, del desciframiento de estos signos misteriosos que son las letras; las palabras, a los rudimentos de la abstracción matemática, pasando por la desgraciada Historia Patria –desgraciada por trágica, terrible, injusta, la Suave Patria siempre en tensión, en peligro, y nosotros en medio, de un lado a otro, más pobres que ricos, más salvajes que civilizados; más ignorantes que ilustrados. Por eso desgraciada, no por otra cosa–, la gramática y aquel poema de Ramón de Campoamor que debí aprender para pagar una falta; aquel que dice No me mueve, mi Dios, para quererte, ni el cielo que me tienes prometido, ni el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte, y desde luego me acuerdo del hermano Benjamín Murillo, que tuvo la virtud de perseverar, el libro de gramática en mano, escuchando mi versión para ver si lo había aprendido y dejarme ir a comer, el hombre con una seriedad tremenda, pavorosa.

El poema, ahora lo sé, es más largo y es un soneto, pero el libro de Gramática del que lo aprendí, supongo que el de quinto, o sexto grado, sólo traía este fragmento. También sé que no es de Campoamor, un poeta español del siglo XIX –¿de dónde rayos habré sacado esto? –, sino de autor anónimo del siglo de oro. Finalmente, en mi memoria omito un fragmento de la última oración, que en el original dice ni me mueve el infierno tan temido, etc.

Confieso que aun hoy me asombra haber aprendido el verso, tan solo para salir del paso de un castigo por una falta cometida, alguna indisciplina, no sé. Quizás ahora, con la efervescencia de tecnologías didácticas, pedagógicas, etc., esta clase de métodos serían reprobados, pero igual yo aprendí un poema del siglo de oro español. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).